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“Nadie sabe de lo que es capaz hasta que lo intenta”. Esta frase es de Publio Siro, escritor de la Roma imperial, y viene a decir que el talento se demuestra cuando uno tiene coraje para emprender sin temor una aventura de cualquier género en medio de la incertidumbre. Para ello, como indica la Real Academia de la Lengua, es fundamental la inteligencia y como segunda característica la aptitud, con todo ello es imprescindible el tesón y trabajo.

De toda la vida, el rosado ha sido un vino más para beber que para catar. Su explosión aromática de frutos rojos, su frescura, ligereza y bajo precio lo convertían en el rey del verano y de los restaurantes chinos. La elaboración estaba tocada y retocada con mezclas de blanco y tinto, algún aromatizante artificial y levaduras industriales específicas. Su situación como vino tecnológico garantizaba un correcto paladar. Hasta hace tan solo 8 años, era raro que este vino alcanzara la gloria de los 90 puntos, abonándose los mejores a la horquilla de 86-88 puntos.

Durante cuatro décadas he viajado a  Jerez en incontables ocasiones. Mis visitas y las de la prensa, tanto la generalista como la especializada, siempre se han centrado en las históricas y grandes casas y la “obligada” al Consejo Regulador, pero nunca hemos prestado atención a los viticultores y cooperativas, substrato productor de las legendarias marcas jerezanas y cuyos vinos beben los gaditanos. Después de tantos años, decido por vez primera entrar en este colectivo tan escasamente mediático y éste es el resultado.

La Fundación para la Cultura del Vino es una asociación sin ánimo de lucro cuyos patrocinadores son bodegas tan prestigiosas como Vega Sicilia, La Rioja Alta S.A., Marqués de Riscal, Muga, Terras Gauda y, naturalmente, el Ministerio de Agricultura.

He leído con agrado en un artículo publicado por Jancis Robinson sobre su pasmo ante una novedad de Peter Gago, de la famosa bodega Penfolds, en donde este excelente y reputado enólogo australiano mezcla tres cosechas para crear un vino singular. Con agrado porque no deja de ser una vieja práctica riojana de combinar añadas que yo viví hace unas décadas y cuyo defensor principal fue mi admirado Pedro Lopez de Heredia (Viña Tondonia).  

Hace 11 años dije que la globalización y el comunismo tienen algo en común. El primero es, desde arriba, la generalización capitalista del mercado y consumo. El segundo, desde abajo, la generalización y colectivización de los medios de producción.

El próximo día 25 de septiembre, organizado por la cadena de supermercados Lidl, se celebrará un debate sobre qué armas utilizar para la recuperación del consumo del vino en España. Una loable iniciativa que temo abordará el trillado asunto del bajo consumo del vino en nuestro país a través de la búsqueda de una solución que no existe porque -me he cansado de repetirlo- estamos en un cambio de ciclo.

Con esta tercera entrega termino la ronda de tópicos del vino hasta que algún lector o nuestra memoria afloren algún otro tópico más.

No podía imaginarme hace 25 años cuando el roble nuevo iniciaba su apogeo, que hoy volviéramos a los tiempos vencidos cuando la barrica vieja, oscurecida por las tinieblas de la bodega, polvo y telarañas, era de uso común. Es cierto que las telarañas y el polvo han pasado a mejor vida y el roble usado, que no viejo, hoy se convierte casi en la joya de la corona. La nueva generación de jóvenes enólogos ha comprendido que el vino debe saber a vino y que la barrica debe proporcionar valores excepto su sabor.

Desde hace siete años se está produciendo un repunte de los vinos clásicos, de largas crianzas en madera, la mayoría bajo el reglamentario “Gran Reserva”. Alguien pensará que son los dientes de sierra de las modas: ahora toca hablar de Tondonia, Rioja Alta o Murrieta cuando veinte años atrás nadie se acordaba de estas marcas. Pues no. La razón principal es que estos vinos hoy son mejores, ya que se aplica un mayor rigor en la conservación de las barricas, cuando antes era normal que estos vinos se “olvidaran” en los viejos toneles con algunas duelas en mal estado, que dejaban rezumar el goteo negruzco de un vino alquitranado.