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Hasta hace un cuarto de siglo, el vino se hallaba en manos de los que lo elaboraban para ellos y de los que lo hacían para venderlo. Los primeros representaban el campesinado del autoconsumo como producto de primera necesidad y los segundos seguían y siguen representando la marca comercial. Estos últimos continúan igual, pero los primeros han dejado el autoconsumo como necesidad alimentaria para convertirse en afición. Hoy es más caro hacer vino para casa que comprarlo en la tienda. Podemos afirmar que, en este siglo, elaborar vino fuera de las pasarelas de las tiendas, restaurantes, críticos y guías de vinos es casi un refinamiento.

Si a nadie le extraña que Vega Sicilia tenga la categoría de mito por su carisma, por su cierto misterio cerrado al ojo del curioso, por haber sido durante muchas décadas un vino inaccesible por precio y oferta, la bodega R. López de Heredia alcanzaría esa misma categoría por ser la única que elabora el vino idéntico al que se hacía en la Rioja en el último tercio del siglo XIX y con las herramientas de aquella época.

En el siglo XIX, elaborar champán en Cataluña era el mejor camino para modernizar la vitivinicultura catalana, cuando su extensión antes de la filoxera alcanzaba las 450.000 hectáreas, el viñedo más grande de España. Se trataba de rescatar las variedades blancas de la tierra un tanto agazapadas ante el auge productivista del tinto con la cariñena, sumoll y garnacha, principalmente.  

Si el noroeste parece estar de moda (Galicia y Bierzo) con vinos de una gran riqueza varietal autóctona y de terruño, en la otra punta diametral del sureste aparecen figuras ya consolidadas como Toni Sarrión, Rafa Bernabé, Pepe Mendoza, Pablo Calatayud, El Angosto y Rafael Cambra. Son vinos de noventaimuchos puntos capaces de descifrar la expresión del paisaje y de las cepas. En mi último paseo por aquellas tierras de horizontes luminosos, nítidos y limpios solo me dio tiempo para reencontrarme con algunos de ellos y probar un fondillón desconocido para mí.  

Con la diferencia de horas, acaban de fallecer Paul Bocuse y Cristino Álvarez. No sé si será una casualidad o una contingencia del destino. Lo cierto es que esta noticia me conmueve y me mueve a contar lo que sé de estos personajes.

ProWein Düsseldorf es la feria alemana que en cada marzo se convierte en la mayor demostración vinícola del momento, en donde las transacciones comerciales satisfacen a unos y a otros. Este certamen extiende sus tentáculos en los principales mercados asiáticos como Hong Kong, Singapur y Shanghai con sendas ferias que permiten a los compradores de este continente ahorrarse el viaje a Düsseldorf. De este última, que se celebró la semana pasada os comento aprovechando mi presencia en el stand de la Guía Peñin.

 

Bajo este título de sobresalto hace unas semanas se celebró una mesa redonda sobre qué hacer para recuperar el consumo de vino en España. En general no suelo acudir a manifestaciones de este género porque sé de lo que se va a hablar después de tantos años con la misma cantinela. En esta fue menos de lo que esperaba si nos atenemos al nombre.

El próximo Salón de los Mejores Vinos de España de la Guía Peñin se viste de largo. No es una edición más de las 18 contabilizadas hasta la fecha, sino una magna exposición y cata de los mejores vinos de España. La Historia de este Salón Guía Peñín camina en paralelo a la evolución del vino español y en consecuencia con la evolución de la Guía.

El Manifiesto de Matador se ha convertido el primer clamor escrito del sector a favor de la defensa de la personalidad de los vinos en su relación con suelo, geoclima y la práctica humana frente a la, hasta ahora, única voz colectiva de las D.O. Todo ello, coincidiendo con el primer abandono de una bodega de la Denominación de Origen Rioja: Artadi.