Blog de José Peñín

No podía imaginarme hace 25 años cuando el roble nuevo iniciaba su apogeo, que hoy volviéramos a los tiempos vencidos cuando la barrica vieja, oscurecida por las tinieblas de la bodega, polvo y telarañas, era de uso común. Es cierto que las telarañas y el polvo han pasado a mejor vida y el roble usado, que no viejo, hoy se convierte casi en la joya de la corona. La nueva generación de jóvenes enólogos ha comprendido que el vino debe saber a vino y que la barrica debe proporcionar valores excepto su sabor.

Desde hace siete años se está produciendo un repunte de los vinos clásicos, de largas crianzas en madera, la mayoría bajo el reglamentario “Gran Reserva”. Alguien pensará que son los dientes de sierra de las modas: ahora toca hablar de Tondonia, Rioja Alta o Murrieta cuando veinte años atrás nadie se acordaba de estas marcas. Pues no. La razón principal es que estos vinos hoy son mejores, ya que se aplica un mayor rigor en la conservación de las barricas, cuando antes era normal que estos vinos se “olvidaran” en los viejos toneles con algunas duelas en mal estado, que dejaban rezumar el goteo negruzco de un vino alquitranado.

En esta segunda entrega continuamos con los tópicos que aquejan al vino español. Si alguno de mis lectores pudiera refrescar mi memoria con otros tópicos será bienvenido.

El vino español no ha tenido, incluso hoy no tiene quien le lea. En nuestra historia de la taberna y de la mesa familiar, el vino se instaló en nuestra rutina del beber, pero hemos sido incapaces de llevarlo a nuestra “retina” del leer. Una cosa marcó la otra. Hoy con las prisas, aunque nos lleven a beber mejor, apenas dedicamos unos minutos más allá de la puntuación, a conocer quién está detrás de cada botella, sus autores, su tierra, su viña…