Blog de José Peñín

Los mejores vinos del mundo nacen de la influencia de los océanos. Son las grandes masas de agua que se desplazan en forma de corrientes de latitudes de diferentes temperaturas y que afectan a las zonas vitivinícolas cercanas a ellas. Hago un resumen actualizado de un post de febrero de 2013 hackeado y, por lo tanto, desaparecido de mi blog sobre la influencia térmica de las corrientes marinas en la calidad de los vinos.

Para el español de a pie Ribera y Rioja es la solución fácil en la elección de un vino, no por su condición geográfica sino porque estos nombres se han convertido en marcas recurrentes e incluso refugio. Se sabe que sus vinos pueden encontrarse en cualquier tienda o carta de vinos en número suficiente para elegir. ¿Cuál ha sido la evolución en los últimos treinta años en cuanto a la rivalidad entre ambas? La dicotomía entre estas dos zonas ha suscitado los más encendidos debates entre los consumidores más o menos avezados. ¿Son mejores los vinos de la Ribera o los de la Rioja?  

Aprovechando el revuelo merecido sobre la concesión del título de Master of Wine a Almudena Alberca, hago un balance sobre el papel de la mujer en el vino a nivel profesional. Lo que más me crispa de esta noticia es la machacona relevancia de ser la primera fémina de nacionalidad española en recibirlo, como si la mujer no tuviera la misma anchura profesional que el hombre. Es más, en alguna de las últimas promociones del MW ha habido más mujeres tituladas que varones. En España, sospecho que en este sector la diferencia salarial es evidente, ellas no han tenido las mismas oportunidades que los hombres, pero no por menor capacitación, repito.

Hoy la palabra terroir o terruño está en boca de todos como el principal elemento de identificación de un vino a partir del lugar de cultivo, sus suelos, su clima y su microclima, presuponiendo el factor humano, tan evolucionado en los conocimientos de la vitivinicultura. Se dice que el elemento más determinante que interviene en la personalidad de los vinos, además de utilizar las variedades de uva más adecuadas, un cultivo poco intervencionista y el control del ciclo vegetativo, es la edad de la cepa.

“Nadie sabe de lo que es capaz hasta que lo intenta”. Esta frase es de Publio Siro, escritor de la Roma imperial, y viene a decir que el talento se demuestra cuando uno tiene coraje para emprender sin temor una aventura de cualquier género en medio de la incertidumbre. Para ello, como indica la Real Academia de la Lengua, es fundamental la inteligencia y como segunda característica la aptitud, con todo ello es imprescindible el tesón y trabajo.

De toda la vida, el rosado ha sido un vino más para beber que para catar. Su explosión aromática de frutos rojos, su frescura, ligereza y bajo precio lo convertían en el rey del verano y de los restaurantes chinos. La elaboración estaba tocada y retocada con mezclas de blanco y tinto, algún aromatizante artificial y levaduras industriales específicas. Su situación como vino tecnológico garantizaba un correcto paladar. Hasta hace tan solo 8 años, era raro que este vino alcanzara la gloria de los 90 puntos, abonándose los mejores a la horquilla de 86-88 puntos.

Durante cuatro décadas he viajado a  Jerez en incontables ocasiones. Mis visitas y las de la prensa, tanto la generalista como la especializada, siempre se han centrado en las históricas y grandes casas y la “obligada” al Consejo Regulador, pero nunca hemos prestado atención a los viticultores y cooperativas, substrato productor de las legendarias marcas jerezanas y cuyos vinos beben los gaditanos. Después de tantos años, decido por vez primera entrar en este colectivo tan escasamente mediático y éste es el resultado.

Desde el siglo XIX un determinado grupo de personas se reúnen para otorgar medallas a los vinos. Eso sucede todos los años porque los vinos nacen cada año y mueren en los estómagos de los que los beben. Las medallas decimonónicas servían para ilustrar las primeras etiquetas pegadas al vidrio y otorgaban al vino un rango superior. Las grandes marcas llevaban un verdadero empaste de medallas con ocasión de las suntuosas Exposiciones Mundiales. Eran las verdaderas relaciones públicas de las primeras marcas de la revolución industrial. A principios del siglo XX no estaba bien visto que un vino no luciera una medalla en su etiqueta. Los concursos coincidían con estos magnos acontecimientos, los cuales otorgaban un aval de prestigio y, obviamente, no eran anuales.

Han pasado más de 25 años desde que estuvieron en boga los blancos fermentados en barrica. Fue el heredero más aseado de la antigua expresión vino con “madre”, es decir, con lías y en algunos casos con hollejos mantenidos más tiempo. Sobre esta novedad entonces, publiqué en 1995 un artículo en la revista Sibaritas que el tiempo todavía no ha marchitado y que reproduzco más abajo. 

Hasta hace un cuarto de siglo, el vino se hallaba en manos de los que lo elaboraban para ellos y de los que lo hacían para venderlo. Los primeros representaban el campesinado del autoconsumo como producto de primera necesidad y los segundos seguían y siguen representando la marca comercial. Estos últimos continúan igual, pero los primeros han dejado el autoconsumo como necesidad alimentaria para convertirse en afición. Hoy es más caro hacer vino para casa que comprarlo en la tienda. Podemos afirmar que, en este siglo, elaborar vino fuera de las pasarelas de las tiendas, restaurantes, críticos y guías de vinos es casi un refinamiento.