LA ENOLOGÍA ELEGANTE DE BURDEOS

Primeurs 2015

Hace unas semanas viajé a Burdeos a contemplar el espectáculo de la primera comunión de la cosecha 2015. Se llama Primeur, esto es, catar la última cosecha casi virgen en los diferentes châteaux en donde se arremolinan compradores y periodistas copa en mano con los dientes y comisuras teñidas del tinto todavía adolescente.


Desde que se implantó a comienzos de este siglo este “desfile de modelos” del vino con luz y taquígrafos para periodistas, y cuando en un principio era para los compradores profesionales, he aprovechado las buenas cosechas para acercarme a los territorios del mito bordelés. No obstante, en los últimos años tengo que reconocer que, tan pronto paso las primeras 5 horas catando, me ocurre lo mismo que a Antoine Lamothe, dramaturgo francés del Dieciocho, cuando dijo que el aburrimiento nace de la uniformidad. Aun así, no puedo evitar el viaje sabiendo lo que va a pasar antes de hacer la maleta: en las añadas discretas (que alguna vez por despiste me acerqué a verlas) las diferencias entre los de arriba (léase los Grand Cru Classé) y los de abajo (los deuxièmes, troisièmes, cru bourgeois, medocs y municipales) son más extractivos y fenólicos los primeros y más diluidos los segundos. En las añadas excelentes, como la última, los vinos iconos aparecen más cerrados y prometedores y los otros más frutosos y muy directos de sabor.  Pues bien, una vez más, eso ha ocurrido.

Sinceramente, no creo que vuelva más a este festival de “ver y ser vistos” en vez de ser una escuela  de aprendizaje. Tampoco quiero perturbar con este desencanto personal las ilusiones de los menos experimentados en estos lances, pero ya sabéis que el ser cascarrabias, es fruto del relativismo de la experiencia.

Bajo ese esquema de cómo se comportan los vinos bordeleses en las añadas discretas, buenas y excelentes, no voy a pormenorizar las diferentes pruebas papilares de probar y escupir durante las dos jornadas porque repetiría las sensaciones ya experimentadas y descritas en anteriores ocasiones. No quiero aburrir a mis lectores. Me voy a limitar a esbozar mi reflexión sobre la necesidad o no de este ejercicio sensorial y contar lo sociológico del evento.

Sin que hayamos acordado los periodistas un mensaje común de escepticismo sobre si merece la pena catar los vinos en su tránsito de crianza en barrica, (sobre todo los grandes del Medoc donde manda la tanicidad de su majestad cabernet sauvignon), lo cierto es que ya no soy yo el único que dice que catar un vino a futuros es una estupidez. Este ejercicio puede ser válido para importadores, comerciantes y detallistas que, en virtud de algunas señales del vino en este estado adolescente recién sacado de la barrica, les mueva a realizar una operación de compra, pero no a periodistas y a críticos más acostumbrados a valorar vinos puestos en el mercado. Algo he oído de que a este “festival de las carpas” o mercado de futuro, se va a cuestionar la presencia de periodistas o al menos, a los más puntillosos.

 

EL CARRUSEL DE PROBAR Y ESCUPIR

Caté alrededor de 50 vinos en la jornada y media. Apenas nada en comparación con las que hice en anteriores ediciones y, casi seguro con la mayoría de los circunspectos visitantes. En primer lugar, agradecer su invitación a Philippe Castéja, Presidente del Conseil des Grands Crus Classes y a mis viejos amigos Jean Luc Thunevin y Stepfane Derenoncourt.

Como si quisieran distanciarse del tono más agrícola y cercano del Libournais, las degustaciones en el Medoc eran más estiradas. Acostumbrado uno a los salones vinícolas del planeta donde te puedes topar con toda clase de vestimenta, en los exquisitos encuentros organizados por la Union des Grands Crus de Burdeos, la chaqueta o algo parecido era atuendo obligado entre los representantes de cada château parapetados detrás de las mesas y entre los no pocos visitantes. Llegas con tu coche y un sinfín de empleados te van recolocando en hileras militares de los improvisados aparcamientos. Las blancas carpas, las sendas señalizadas, los empleados impecables de negro y guantes blancos, como si te dibujaran una refinada boda campera. Esperamos a unos cochecitos eléctricos que nos conducirán al enjambre de copas y antocianos. Pero antes, otros empleados amables y serviciales, te limpian los zapatos de césped y de barro. Al menos, eso me ocurrió en la visita al Château Malartic-Lagravière. En algunos châteaux te prestaban unas batas negras para no mancharte la ropa. Todo perfectamente organizado, muy propio del sentido aristocrático del vino bordelés.

Cuando pides catar la botella te observan con elegante indiferencia y si preguntas por el precio te miran como si fueras de otro planeta, excepción hecha si tuvieras los ojos achinados, en cuyo caso, estaba permitido.

La impresión que me llevo es que las diferencias que yo veía hace más de treinta años entre los Grand Cru y el resto, son hoy menores. Los vinos de la orilla derecha de Dordoña, que antaño aparecían frescos, de medio color, agradables y sin madera, se han convertido en tintos potentes y oscuros, criados con buen roble pero continuando con unos precios de ensueño. Todos han adquirido la misma tecnología y los mismos elementos de conocimiento enológico y, por lo tanto, solo el suelo tiene la última palabra. Es evidente que los Grand Cru Classé más incomparables, siempre tienen un matiz que se valora con 3 o 4 puntos más por ese milagro del lugar, del suelo. Pero, en general, en las catas aprecio la gran calidad del 2015 en todos los vinos que he catado, ya sea los de mayoría merlot, que son de la zona de Pomerol y Saint Emillion, o los de predominio de cabernet del Medoc y Graves.

 

MILLESIME 2015



La cosecha 2015, a pesar de las insuficiencias de su rabiosa juventud, fue excelente
 

¿Cómo saber sin embargo si ese vino sacado de la barrica corresponde a la mejor barrica o la suma de varias? ¿Cómo se puede valorar un tinto con los taninos marcados, la fruta apenas fundida con el roble y en muchos casos hermética? Al tinto y al blanco todavía les falta barrica y botella ¿Cómo imaginarse su calidad dentro de dos o tres años cuando se comercialice?

Las transacciones comerciales en los últimos Primeur han descendido considerablemente, bien porque las cotizaciones al alza son mucho más moderadas, o también debido a algún desencanto que otro cuando aquel primeur nos fascinó y al embotellarlo no era para tanto. Los viejos tiempos de aquellos tintos muy crudos, tánicos y ácidos de 12º que los más experimentados compradores sabían que iban a mejorar, han dado paso a vinos de 13,5º con pH más altos y con menores cambios en su evolución. Los antiguos compradores sí sabían lo que iba a pasar al vino tres o cuatro años más tarde.

La cosecha no creo que alcance a la ya mítica del 2005 o incluso a la 2006. Dentro de la zona del Libournais (Pomerol y Saint Emilion) he percibido que, debido al cambio climático, algunos se han visto obligados a incluir pequeñas cantidades de cabernet sauvignon, además de la omnipresencia de la merlot y en menor grado la cabernet franc.  Como es previsible, en el imperio de la merlot de la “rive droite” del Dordoña, los tintos me han parecido más abiertos de sabor, expresivos, de fruta dulce y con el roble más fundido, con buena capa de color y persistentes, mientras que en los dominios de la cabernet sauvignon de la “rive gauche“del Garona, como uva más tardía, los vinos aparecen más austeros y herméticos,  cuyo tejido tánico era un muro infranqueable de la expresión frutal. Los tintos en ambas zonas, en la horquilla de los 8 hasta 30 euros se hallaban entre los 88 y 91 puntos, mientras que los de a partir de los 30 hasta los 100 €, muchos de ellos Grand Cru Classé, con 90-92 puntos.

 

Los mejores, como siempre, en Saint Emilión fueron Clos des Jacobins (92p) Cheval Blanc y Angelus (93 puntos), ricos, sabrosos, espléndidos. Aunque me sorprendió Chateau Barrail Saint Andre con 92 puntos y ¡10 € la botella! En el Medoc los grandes se percibían a la nariz por un tímido matiz más floral y frutal entre el entramado tánico de su estructura. Excelente Château Kirwan (93p), Château Palmer (94p), Château Giscours (93). Los blancos de Graves y Pessac-Leognan me parecieron más explícitos, sobre todo Domaine de Chevalier (90p) y Ch. Carbonnieux (91p), pero asomando algún matiz terpénico de fermentación, faltándoles botella. Cuando dentro de tres años los tintos  se presenten totalmente acabados y etiquetados, tendrán posiblemente tres puntos más de media. Aunque no estoy tan seguro.

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