LA INCULTURA DEL BEBER

LA INCULTURA DEL BEBER

Desde 1995 poco ha cambiado la cultura del saber beber. Recupero este editorial de Sibaritas de 1995 en el que ya hablaba del papel de la educación sensorial como clave en la prevención del alcoholismo.

21 años han pasado y los no educados en el disfrute de los matices de sabor, generalmente los más jóvenes, siguen bebiendo pensando más en los efectos sociales que en los secundarios para la salud, sin apreciar las diferencias entre un buen destilado y uno malo, y, además, sin el interés por aprender a beber.

Hay una pequeña excepción, una pequeña luz: el “movimiento del gin tonic”, que pretende poner en valor los matices de esta bebida acentuados con los distintos aderezos, engalanando tanto la ginebra combinándola con un sinfín de tónicas, que termina perdiendo su esencia. ¿Podríamos aprovechar esta moda para abrir el camino a otros destilados?

La incultura del beber (Sibaritas, 1995)

A los escritores y periodistas especializados, bodegueros, enólogos, catadores, sumilleres y gourmets todavía no nos han dado la palabra sobre el alcoholismo. Un discurso hoy en manos de los prohibicionistas, autoridades sanitarias, alcoholicos conversos -los enófobos fundamentalistas-, los de Tráfico, alcaldes y tenientes de ídem. La razón de no contar en esta tertulia, quizá se deba a que nos colocan al otro lado de la trinchera, defendiendo todo eso tan sobado de los valores de la cultura mediterránea del vino y del aguardiente.

Es una falacia. No hay cosa que mas nos irrite que el alcoholismo y la bebida desmesurada. No nos gusta porque el alcoholismo es una perversión de la incultura del beber, casi una ordinariez. En cambio, sus consecuencias prohibicionistas sí va con nosotros, porque con medidas fiscales y recortes en la difusión del buen vino y el buen espirituoso, nos hace mas difícil la ilustración del beber, cuando sabemos que es la mejor fórmula para disminuir esta plaga. Un tema que en estas páginas se ha abordado en otras ocasiones por su persistente actualidad..

Al margen de consideraciones de tipo depresivo, carencias e inhibiciones familiares que facilite el camino a la bebida y contra esto solo existe la fórmula psicológica, la principal causa del desastre del alcoholismo juvenil -el más visible- es la ausencia de un clima lúdico en el seno de la familia actual. Paradójicamente en el hogar se bebe hoy mucho menos que antes, si acaso solo bebe el abuelo, pero los jóvenes ni hablar. De este modo no van preparados para beber en el fin de semana, verbo imprescindible -según dicen- para el ligue o por lo menos para la desenvoltura y no por el gusto. Las curdas y vómitos la protagonizan los cocacoleros (hoy mas abundantes que nunca), ya que con este calzador burbujeante es más fácil que entre el destilado. Así se convierten en bebedores novatos, escandalosos y agresivos, frente a los experimentados más ingeniosos o más silenciosos. El coma etílico de esas dos niñas, no sé si de Alicante o de Málaga, da igual, es el resultado de la falta de una educación en la bebida. Falta el sosiego y el ritual del sabor y por consiguiente un desconocimiento de la anatomía del gusto.

De pequeños lo primero que nos enseñan es a andar y a utilizar la cuchara y el tenedor pero no al conocimiento de los sabores. No se educan los sentidos del olfato ni del gusto porque la nariz y la boca se han utilizado para una necesidad alimentaria. El hombre comenzó a beber para saciar su sed con el agua y el gesto mas primitivo es el trago. Este gesto instintivo es natural en un joven de 15 años que, al repetirlo en el vino y en el espirituoso (y aún más fácil si se diluye con refrescos) las consecuencias son nefastas.

Se dice que las autoridades sanitarias y de orden público están preocupadas por el incremento del número de jóvenes que beben. Ahora se bebe menos pero se bebe peor con consecuencias mas escandalosas (peleas y vehículos a motor al alcance de todos) y por consiguiente su reflejo en la prensa.

Los que sabemos beber no somos moderados por una disciplina (somos carne de tentaciones como cualquiera), sino porque hacemos trabajar el paladar. Cuando uno percibe en el sentido del olfato y del gusto una riqueza de aromas y sabores se siente una maravillosa plenitud y saciedad que medido en centilitros de alcohol no solo es inapreciable sino que saludable. Esta es la forma de lucha contra el alcoholismo. Este es el mensaje que las autoridades deben difundir y abandonar ese pudor de que la sociedad lo va a malinterpretar. Existen pruebas de grupos afines a esta cultura donde no se da ni un ápice de dependencia alcohólica. La Ley Seca americana y la ley Even francesa de limitar la publicidad del alcohol no han dado ningún resultado.

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