Colares: viñedos del viento y arena

El vino de Colares y yo nos encontramos por vez primera el 23 de febrero de 1981. El intento golpista me pilló en Barcelona durante el cierre del número 5 de la revista Bouquet. Tenía la intención de volver a Madrid esa noche, pero el aeropuerto del Prat estaba cerrado.

El recuerdo de ese día pertenece a esa frase de muchos: ¿Qué estabas haciendo tú cuando sucedió aquello? En casa de mi socio, Enrique Peribáñez, pasé las largas horas de incertidumbre pegado al transistor cuando el anfitrión apareció con una botella de Colares Chitas de los años Cincuenta del pasado siglo, no recuerdo la añada. Una botella de hombros pronunciados llena de medallas, un vino viejo y antiguo. Lo bebimos para olvidarnos por un momento de la aciaga situación. El tinto era suave como una pluma, aterciopelado, sutil, como esas añadas memorables de un Côte D’Or borgoñón. No sé si en aquel momento tenía los sentidos afilados o era que cualquier copa me hubiera emocionado como sedante de aquella contingencia desgraciada.

Fue un territorio pequeño cuando nació y sigue siéndolo hoy. Su prestigio comenzó a dar sus primeros aldabonazos durante el reinado de Fernando I en el siglo XIV.  Algunos notables escritores lusitanos del Diecinueve hablaron maravillas de estos vinos. Incluso, expertos como el portugués Ferreira Lapa, prestigioso investigador de la técnica agrícola del siglo XIX, afirmaba de Colares que tenía todos los requisitos y cualidades de los vinos del Mèdoc y, desde entonces, circula la especie de que Colares es el vino más “francés” de Portugal. Alguna relación pudo tener esta frase cuando ciertos e insignes sabios de la enología bordelesa llegaron a decir en voz baja que este vino duraba más que un medoc. Algo preocupante, cuando la hermética sociedad girondina ha presumido de contar con los vinos más longevos. Por otro , respiraron tranquilos al ver un vino inerte en el tiempo cuya fama no sobrepasaba las alusiones literarias ni las fronteras lisboetas. Me sorprendió que esta zona estuviera dormida ante los grandes cambios enológicos de los nuevos y jóvenes emprendedores del terruño que no reparan en instalarse en los territorios más olvidados. 

La Cooperativa de Colares, la histórica Adega Regional de Colares luce su vieja fachada como el símbolo de la historia de este municipio. Se edificó en 1931, aunque la zona ya fuera Denominación de Origen desde 1908, cuando Rioja y Jerez desconocían totalmente ese concepto.  Se puede decir que esta cooperativa fue una necesidad del llamado “Estado Novo” de Oliveira Salazar de proteger los orígenes y las tradiciones. Por ello, concedió el monopolio del vino de Colares a la Adega Regional con la “responsabilidad” de tener un control de los viticultores y, por ende, de la producción, como una extraña forma de evitar la incursión de vinos foráneos con garantía estatal. Un pequeño destello de las formulas soviéticas del monopolio de producción. Todavía se pueden ver las viejas vías del tren que penetran en la Adega como reflejo de un pasado de gran ajetreo vinícola. Hoy, la bodega se retrata con los grandes bocoyes y toneles entre 2000 y 19.000 litros para construir un vino clásico, como los de antes. 

Si en 1938 había 1800 hectáreas, de las cuales 1.600 se cultivaban en arena, hoy solo son 20 en “areia” y 60 en arcilla. ¿Cómo es posible este descenso cuando el vino es una rareza? En primer lugar, por el desparrame urbanístico y en segundo lugar, por la timidez de situar el precio en el rango de la rentabilidad. Los vinos de la Adega Regional son de tarifa de cooperativa, alrededor de los 20 euros el mejor, el ramisco Arenae 2008, con casi diez años de edad, como el más “joven”. Con estos datos, la rentabilidad no cuadra si la bodega no se gana la vida con un enoturismo despistado a través de Tripadvisor. Francisco Figueiredo, director gerente y enológico de la entidad, me dijo que desde 1980 cualquier particular puede comprar viñas, siempre que entregue la uva a la cooperativa para su elaboración. La mayor parte de la producción sigue siendo el granel como proveedor de los criadores-comerciantes que embotellan con sus marcas. El resto, la entidad lo embotella con etiquetas propias.

Pienso que la expansión urbanística lisboeta y los elevados costes de producción no han podido ser los únicos culpables del inmovilismo de estos vinos, cuando en mi opinión, pudiera haber sido la singular mecánica monopolista de una cooperativa como la Adega Regional que, si bien impedía la entrada de vinos foráneos, también era un foco de dificultades a la independencia empresarial. Las cooperativas son entidades del vino más alejadas de la investigación y del emprendimiento. Algo parecido sucedió en el Priorat de los años Setenta cuando mandaban estas entidades sociales proveedoras de los desaprensivos comerciantes del puerto de Tarragona para embotellar vinos baratos, insulsos y comerciales. Solo cuando se creó el  grupo de los “clos” con Álvaro Palacios, José Luis Pérez y René Barbier, pudo salir el Priorat del marasmo latente desde los tiempos de Scala Dei. En fin, no nos desviemos del asunto.

¿Cuál es la peculiaridad del vino de Colares?

El pasado mes de julio fui a visitar la zona aprovechando unos días de descanso en Cascáis. Todo sigue igual desde mi primera visita en 1984. En aquellos años, las D.O que más sonaban eran Dao, Bucelas, Ribatejo, naturalmente Colares y un poco Carcavelos, mientras que Alentejo y Douro no figuraban en el listado del renombre. Los vinos portugueses siempre han sido hechos desde la mixtura de variedades en viña y nunca destacando de un modo singular una cepa concreta. La única excepción ha sido la incomprensible ramisco, siendo un enigma el que esta zona no haya corrido la misma suerte del boom de los últimos 20 años del Douro, Vinhos Verdes y Alentejo como he comentado antes.

El ramisco, la arena y el viento son los tres elementos naturales que definen a este vino. El ramisco es una variedad de bayas azuladas con una piel fina y con una proporción de pepitas mayor, que le transmite un tacto tánico que se mantiene solo en los primeros años. Una estructura muy cercana a la pinot noir por su ligereza y a la vez por su tanicidad. La arena sobre la que se cultiva esta cepa es el secreto para alcanzar una graduación bebible entre 12 y 13 grados. Algunos (poco informados) dogmatizan que la arena hace aumentar el grado cuando, en realidad, es la capacidad de absorber el agua de este suelo, de tal modo que la hidratación de la planta es baja, alimentándose desde el subsuelo de arcilla que se halla entre 1 y 2,5 metros y, por lo tanto, al tener bajo rendimiento y cierto estrés la maduración es más segura. Por último, el viento fresco del atlántico casi permanente, evita de alguna forma las enfermedades fúngicas y genera la limpieza de nubes, que solo se estancan en la vecina sierra de Sintra, asegurando una buena insolación, aunque con menos horas diarias debido a las nieblas mañaneras y vespertinas. Además, la temperatura en verano difícilmente sobrepasa los 25 grados, diez menos que en Lisboa. Con estas condiciones climáticas sería difícil la maduración total de la ramisco si no estuviera plantada en arena. Para cultivar esta variedad es necesario hacer un agujero profundo hasta encontrar el suelo de arcilla, en donde se deposita la raíz, tapando el agujero con arena, por cuya superficie los sarmientos rastreros reptan con total libertad. Cuando los racimos comienzan a madurar se sostienen con pequeñas estacas, al igual que en la zona de Tacoronte-Acentejo tinerfeño. El viento se modera con cañizos y el suelo se aprovecha también para cultivar manzanos.

 Sus vinos

Los vinos son blancos y tintos. Y, aunque parezca un contrasentido, tiene la modernidad de reflejar los tipos de suelos en la etiqueta de tiempo inmemorial. El ramisco y la malvasía se cultivan con pie franco desde antes de la filoxera y por lo tanto el insecto no le afectó, proceden de suelos arenosos, que son los mejores. La mayoría de las cepas son prefiloxéricas.  En los suelos arcillosos, reseñados en la etiqueta como Chao Rijo, se envasan otras variedades como castelao, arinto, fernan pires y tinta roriz,  cuyos vinos pertenecen a la Denominación Lisboa en los que sobresalen el carácter atlántico y balsámico frente a la fruta más madura de estas mismas variedades cultivadas en otras zonas de Portugal.

Francisco me presentó a José Baetas, propietario de la bodega Viuva Gomes, una de las más señeras de la zona, quien me contó que las mejores cosechas de Colares fueron las del 65, 67 y 69. De esta bodega probé el Colares Viu Gomes 2008, con dos años en tonel y tres en botella. El tinto presentaba un color cereza granate vivo, con un aroma donde destacaban los rasgos clásicos de la madera vieja pero limpia, con recuerdo a cera y cuero. Todavía la fruta roja y las notas balsámicas de la maduración de la uva estaban presentes. Al compararlo con el Colares 2008 de la Adega, éste me pareció más vinculado al colares que recuerdo por el toque de mueble viejo con un tanino ligeramente marcado entre la ligereza y fluidez del vino. El color era más abierto.

   

En la imagen de la izquierda, José Baetas, propietario de Viuva Gomes

Por último, probé el Colares Viu Gomez de 1969, una de las mejores cosechas de la zona con un color abierto, con tono teja de aroma sutil, complejo, todavía con el tanino del raspón (en aquellos años llevaba 100%), que el largo tiempo en botella le ha proporcionado un tacto elegante. En boca es aterciopelado, suave, complejo, recuerdos a cera e incienso que me evocó el grato trago de aquel ingrato 23F.

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