Alfredo Maestro Tejero: el viñador de las parcelas

Alfredo Maestro Tejero es un viñador libre. Enfundado en el ancho ropaje del IGP Castilla y León, tiene la osadía de elaborar vinos de la Ribera del Duero sin escudarse con su contraetiqueta. Él prefiere ser autónomo en sus decisiones enológicas con libertad de movimientos varietales, sin el corsé de los reglamentos de una Denominación de Origen estricta como la Ribera, pero también sin beneficiarse de su promoción genérica. Pero no le importa, se queda con su propio rigor y autoexigencia porque conoce la dimensión de sus suelos y viñas como para lograr objetivos más audaces.  Así lo entendió desde un principio cuando decidió huir de la cibernética como director financiero de una empresa. Su cultura urbana le permitió utilizar el sentido común para aprender lo que su ojo veía en el paisaje y lo que leía en los libros del vino, convirtiéndose en un autodidacta.

A quienes, como este cronista, han recorrido los caminos más transitados de la Denominación, como Peñafiel, Roa, La Horra o Aranda, les quedaba por “descubrir” los pequeños valles de sus afluentes del margen izquierdo del Duero. Uno de ellos es el escondido rio Botijas. Un paisaje inédito y salvaje que se expresa a lo largo de este afluente, formando un estrecho valle nada más entrar en la provincia de Segovia. En pocos kilómetros sube de los 750 metros de Peñafiel a los casi mil del páramo de Valtiendas.

Valle del río Botijas

Aunque su cuartel general está en Peñafiel, donde nació, para la libertad de Alfredo Maestro no existe frontera entre la Ribera del Duero y la IGP Valtiendas. Aunque tiene algunas parcelas en la Ribera, para él lo importante es el terruño del valle de Botijas que, en su parte más sugestiva, se halla en la provincia de Segovia.

Su bodega es pragmática, sin alardes y sin intereses por exhibir una estética que presione su objetivo de hacer un vino diferente. Es un hombre de campo, con la mirada puesta en los mensajes de los abuelos y tatarabuelos. Su anhelo es buscar las viñas de trazado tradicional e invertir en ellas. Con su talante curioso, es capaz de extraer de la naturaleza más intrincada todos sus valores, gran parte ocultos a los ojos de quienes su intención es únicamente hacer vino. “He hecho mucho trabajo de recuperación de suelo con su viña y ambas han vuelto a revivir. Ha venido gente de muchos países a conocer esta zona y quedaron alucinados. Después de haber visto los viñedos formales de la Ribera del Duero, llegan aquí y ven la diversidad, viñas que se pierden entre la maleza y en donde, de vez en cuando, te puede saltar un corzo por aquí o un conejo por allá”.

Las diferencias entre parcelas son mayores que en las zonas llanas y enlomadas de la DO. Las colinas y los desniveles, con tiempos de insolación distintos, con suelos de arrastre desiguales, la influencia silvestre de los matorrales y, sobre todo, la voluntad de Alfredo de no utilizar productos químicos dentro de la filosofía biodinámica, originan vinos diferentes. Las vendimias son una semana más tardía que en la Ribera del Duero por la mayor altitud y, por tanto, con una mayor amplitud térmica. Un retrato medieval de cepas desordenadas, algunas raquíticas, como a punto de morir.

Le gusta el cultivo ancestral del vidago, o sea, el viñedo clásico donde se entremezclaban en la misma hilera variedades blancas y tintas de diferentes ciclos de maduración. Viñas que permiten un cierto equilibrio ante las variables climáticas y, de alguna forma, expresan mejor el lugar arraigado con el paisaje. Es el mismo cultivo que este cronista encontró en gran parte de la Ribera burgalesa hace 40 años cuando la tinto fino (tempranillo) se denominada tinto Madrid en los documentos y catastros. Una uva que iba mezclada con garnacha y albillo cuando gobernaban las cooperativas. “Tengo garnacha tintorera, tempranillo, albillo, malvasía riojana y garnacha negra, aunque trabajo principalmente con tempranillo aragonés, garnacha y albillo. Algo de bobal y monastrell también hay. La mezcla de variedades venía hecha, pero yo separo, me llevo el tempranillo, me llevo el albillo… Hago un rosado con la garnacha tintorera y un vino envejecido de garnacha tinta”.

Probé el tinto Viña Almate Tempranillo 2016. Procede de viñas viejas de tempranillo de Peñafiel y Valtiendas.  Un tempranillo más silvestre, pero rico en expresión frutal roja.  Viña Almate Olmera 2016 nace de una viña situada en Bocos del Duero y saldrá embotellado a partir de enero. Suelo calizo. Tiene una nota terrosa de terruño, del paisaje que se percibe en el vino e incluso con una pizca de elegancia. Posiblemente, sea un pelín más complejo que el Viña Almate La Guindalera 2016 de suelo de arcilla, más corpóreo y maduro. Hay una cierta expresión de la variedad, y una nota de la madurez, pero también con una cierta frescura que no pierde con la maduración más intensa.  Me gustó el tinto La Asperilla 2015 procedente de una finca en Peñafiel hecho con un 75 por ciento de tempranillo y el otro 25 con una mezcla de bobal, monastrell y albillo. Todo elaborado de modo natural y envejecido en bocoy de castaño de 2000 litros. Percibí ciertas notas de leña cortada seca, notas de humedad de tierra y sotobosque. Sus vides están plantadas el 50 por ciento en zonas de arcilla y el resto en suelos arcillo calcáreos, muy expresivos. Casi todos elaborados con raspón. Viña Almate Garnacha 2016, tiene 9 meses en barrica que no se notan, y con el matiz de esta variedad que transmite cierta dulzura y frutosidad.

Valtiendas

Cuevas de Provanco es el primer pueblo segoviano después de la DO Ribera de Duero. Situado también en el valle del Arroyo Botijas, con sus laderas pintadas de los tonos rojizos de arcilla y algunas vetas calizas en las cotas más altas.  Cuevas de Provanco pertenece a la IGP Valtiendas.  

“En esta zona hay muchos majuelos abandonados que he ido recuperando. Cuando me vine aquí busqué los mejores viñedos antes de que llegaran los buscadores de viñas perdidas. Estas cepas exigen el tener que trabajar con animales porque no entran tractores”.  

 

En el páramo de la localidad de Valtiendas, a 998 metros de altitud, Alfredo trabaja un viñedo ajeno de canto rodado y subsuelo de arcilla. “No ha sido tarea fácil, dado que las viñas, hasta ese momento, estaban contaminadas con productos químicos que la cultura campesina utilizó para sobrevivir con una mayor producción. Cuando se han usado productos químicos, hasta tres años después aún quedan restos. Yo utilizo productos para acelerar la vida de microorganismos en el suelo. Eso es lo que hace que sea más rápido el proceso de desintoxicación. En cuanto la planta empieza a comer y beber de un suelo limpio, se viene arriba, la viña es muy agradecida. El vino de aquí es un vino más corpóreo que el de los majuelos. Es diferente”.

Viendo el retrato silvestre del viñedo que trabaja Maestro, resulta sorprendente que sus botellas se hallen en las mejores tiendas de Nueva York y que la escritora norteamericana Alice Feiring, conocida por su particular guerra con Robert Parker y por su devoción por los vinos naturales, suspire por sus etiquetas.

Asociación Garnacha de Gredos

Buscando un paisaje similar al del Valle de Botijas, Alfredo lo encontró en Gredos. Solo cambiaba el suelo, que es de granito. Fue uno de los artífices de la Asociación Garnacha de Gredos, creada con la intención de agrupar un colectivo de cosecheros de Toledo, Madrid y, principalmente, Ávila, tres provincias que se tocan en el portentoso macizo montañoso. “En un principio nos planteamos una DO multi-comunidad autónoma, pero era muy difícil llevarlo a cabo porque no solo convergen tres provincias, sino también tres comunidades autonómas. Tenemos un nivel de exigencia mayor al de una DO en cuanto al cultivo de viñedo, de selección de viñas, de los vinos, etc. Estamos certificados por una empresa externa. Hemos desarrollado el reglamento, y lo hemos tenido que hacer a través del Ministerio de Agricultura. Nuestra idea es que los que estamos certificados vamos a llevar el sello “Albillos y garnachas de Gredos”. Solo entran una serie de pueblos, y hay que utilizar levaduras autóctonas no seleccionadas, el cultivo debe ser ecológico o más. Una DO no habría regulado este punto, simplemente se preocuparía de la procedencia del vino. Nosotros queremos mantener la esencia de la sierra de Gredos. Son todo suelos de granito, salvo una parte de terraza. Ahora mismo somos ocho cosecheros -prosigue- con bodegas conocidas como Cuatro Monos, Comando G, Marañones y Uvas Felices, entre otros”.

El Marciano 2016 es un tinto de garnacha de Gredos de un viñedo cara sur de Navarredondilla, en el extremo occidental de la zona, a 1100 metros de altitud. “Es un vino sin barrica, con un poco más de color que los tintos de otras zonas de Gredos porque, al estar a tanta altitud, el periodo de madurez es más largo y más lento, Estoy vendimiando 20 días más tarde que los que están en el Valle. Posee un color cereza oscuro, con un borde granate con cierta viveza. Hay un aroma de hollejo maduro, sin que eso signifique que la uva está super madurada. Con un aroma de fruto rojo, ligero toque salvaje de matorral, de la tierra, de la piedra…

El tinto Rey del Glam 2016 es una maceración carbónica hecho con garnacha, para hermanar las dos grandes zonas en las que trabajo: la sierra de Gredos y la Ribera del Duero. He cogido garnacha de ambos sitios y la he metido en varios tanques para hacer maceración carbónica, al estilo como se hace en la Rioja”.

Cigales

Hace décadas que este cronista no prueba el clarete de Cigales que conoció en los Setenta. Todos, hasta la fecha, son simples rosados tecnológicos de frutos rojos (caramelos de fresa). Hasta que pruebo el Rosado Clásico de Valladolid 2015, este clarete de Cigales de la parcela Sobrecasa. El clarete histórico, el único vino que bebía Valladolid y su Corte hasta el siglo XVIII a base de mezclar uvas tintas de tempranillo y garnacha con las blancas verdejo, moscatel y palomino. “Quería recuperar ese clasicismo, ese estilo de Cigales… Cogí una parcela plantada en 1932, y me informé de cómo se fermentaba, qué madera se usaba… y lo hice. Compré madera de castaño, hice una barrica, y en tres-cuatro años he llegado a acercarme a ese clarete clásico”.  Un rosado (me gusta decir clarete) profundo, con cierto cuerpo, pero de gran expresión mineral y frutal con una fluidez acariciante gracias a la sabia combinación de un 20% de uvas blancas.

La albillo de Moradillo de Roa

Por la tarde, Alfredo me llevó a Moradillo de Roa. Un pueblo situado a 950 metros de altitud, desconocido para el enófilo, pero muy acreditado entre los bodegueros de la Ribera del Duero, de tal modo que es el proveedor de lujo de las firmas más señeras de la Denominación. El municipio cuenta con 600 hectáreas de viejas viñas, algunas de albillo mayor, las cuales han perdurado posiblemente por su altitud. Alfredo muestra una gran simpatía hacia esta casta: “La albillo de aquí no es la Real de Gredos. Es una uva muy delicada, muy tímida, aromáticamente hablando. Por eso, lo que busco en esta variedad es el aroma del hollejo, que mantengo durante una semana en contacto con el mosto. Incluso obtengo más color, cierta tonalidad amarilla con recuerdos a manzana, sidra, a veces el melón maduro…  De hecho, esta uva blanca tradicionalmente se acompañaba en un 2 o 3 por ciento con la tinto fino, proporcionándole acidez a la mezcla. Este vino se ha hecho en el lagar de este pueblo, en un proyecto en el que estoy participando por segundo año. Estamos recuperando lagares del siglo XVIII y haciendo vino en ellos. Todo el dinero que ganamos lo destinamos a recuperar el barrio de bodegas de esta localidad”.  

El pueblo posee algunas calles con un encanto rural, como los que visitaba hace bastante tiempo. Hoy, la presencia de viejas casas de piedra se alterna con algunas edificaciones actuales de ladrillo visto sin gracia.  Lo primero que me llamó la atención fue la colina que domina al pueblo agujereada de gran número de bodegas rurales subterráneas.

Alfredo me presentó a su alcalde, Javier Arroyo: “Hay 157 bodegas censadas y 8 o 10 lagares. Son propiedad municipal, pero, por tradición, nadie las toca. No existe título de propiedad, ni pagan IBI, ni nada. Lo usa todo el pueblo. Cada bodega tiene su nicho o apartado y cada nicho es de uno”.  

El barrio de bodegas subterráneas ha obtenido el Premio Nacional de Enoturismo. “Para visitarlas -añade- hay que ponerse en contacto con el Ayuntamiento. También existe la posibilidad de que preste a los visitantes un merendero, con mesas, luz, calefacción, etc.” El vino representativo del pueblo es blanco de albillo, cuyas uvas las regalan sus habitantes al municipio como aportación enoturística.

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