ProWine Shanghai: paseo por los vinos milenarios

ProWein Düsseldorf es la feria alemana que en cada marzo se convierte en la mayor demostración vinícola del momento, en donde las transacciones comerciales satisfacen a unos y a otros. Este certamen extiende sus tentáculos en los principales mercados asiáticos como Hong Kong, Singapur y Shanghai con sendas ferias que permiten a los compradores de este continente ahorrarse el viaje a Düsseldorf. De este última, que se celebró la semana pasada os comento aprovechando mi presencia en el stand de la Guía Peñin.

En vez de organizar un salón con mesas dentro del recinto, aquí tocaba un stand propio bajo el formato de wine gallery. En nuestro país tiene el sombrío nombre de túnel del vino, o sea, botellas abiertas al catador sirviéndose él mismo, sin que tenga que sobrellevar el discurso del vendedor durante el trago. En los momentos más tranquilos me escapé para dar una vuelta al certamen y ver cómo se las componían los distintos países para vender sus botellas, o bien a la búsqueda de un importador. Me fijé en que, mientras en el pabellón español con sus repetidos “cajones” de 8 metros cuadrados por bodega, cada una se explaya con sus argumentos comerciales rodeada de tres paredes, los pabellones extranjeros, la mayoría, ofrecían sus vinos en mostradores abiertos sin divisiones molestas. Y de este modo también la Guía ofrecía sus botellas en un espacio diáfano y de fácil acceso.

Antes que nada, comentar que este catador se las ve y se las desea para encontrar algo que emocione cuando el nivel medio de calidad de todos los vinos mundiales se halla, más o menos, a la misma altura. Los matices quedan difuminados ante tanto ruido, temperatura del vino no siempre la adecuada y, probablemente, el líquido elemento cansado de un largo viaje. Matices más perceptibles cuando uno bebe con la calma y silencio de una sala de cata; un ejercicio al que está mucho más acostumbrado este cronista, en el que según Salvador Dalí “quien sabe degustar no bebe jamás el vino, sino que degusta secretos”. Secretos difíciles de descifrar en el escenario de las ferias del vino por esa mayor igualdad que comentaba.

Aún recuerdo los primeros Vinexpo de los Ochenta cuando copa en mano iba de stand en stand experimentando las 3 “M”: maravillosos (los pocos), mediocres (bastantes más) y malos (que entonces los había). Los impactos palatiales eran sonados por las diferencias entre los vinos los cuales iban desde los apenas 12º de los franceses hasta los apenas 13º del resto, o sea, vinos frescos, fluidos, más secos, con degustaciones fascinantes y variadas. Hoy, por el contrario, los vinos se parecen bastante más por la irrupción (y hasta casi obsesión) de la maduración fenólica total, con graduaciones que alcanzaban los 16º. Lo cierto es que en esta feria no había ningún vino mediocre ni tampoco malo, como en todas.

Mi intención era fisgonear los pabellones de países exóticos como Turquía, Georgia, Armenia y Uzbekistan. Antes, me detuve en el de Sudáfrica por aquello de ver a un enólogo de color que, con entusiasmo y sentido del humor, me dijo con ironía que el vino de Sudáfrica había cambiado de color. Se refería a que el negocio en los tiempos del apartheid era un monopolio de los blancos, hoy podemos toparnos con algún director de marketing zulú o un winemaker xoxa. Bebí un sauvignon blanc de cine, fresco, ligero, con una acidez casi neozelandesa y a 2,3 € la botella.

El interés por Georgia venía precedido de buenos comentarios que, de sus vinos, hizo Jancis Robinson y de alguna sugerencia de algunos expertos de la región rusa de Krasnodar que me aseguraron en mi última visita que los vinos georgianos eran mejores que los de ellos. Muy generosos en sus opiniones, pues en realidad ni eran superiores ni inferiores. Posiblemente el interés se base en el origen remoto de sus vinos por su distancia geográfica y por su leyenda milenaria que, según cuentan los libros, arranca 7.500 años ante de Cristo.

Algún recuerdo de la historia mediterránea del vino se manifiesta en ciertas prácticas antiguas con tinajas de barro, los quevri, que se mantienen en el ámbito de las tradiciones y a nivel familiar. A la feria no acuden las bodegas familiares, solo las comerciales con vinos globales posiblemente elaborados por enólogos franceses. Los ejemplos con variedades francesas no despertaban en mi pituitaria ningún interés. Incluso algunas variedades autóctonas que probé del Chateau Mukhrani como Saperavi 2014 (87p) que tenía cierta analogía con un petit verdot de maceración carbónica por su profundo sabor frutal, pero con la tanicidad rústica de la cepa francesa.

El blanco Goruli mtsvane (88 puntos) apenas asomaba algún destello silvestre, con la sospecha que el resto de su retrato lo proporcionaban las levaduras comerciales.

Después me fui a Armenia, cuyos vinos me parecieron más interesantes que los georgianos, al menos por su mayor identificación varietal, si bien el que más me gustó fue un blanco, Tariri, hecho con un 50% de la cepa indígena kangun y el resto aligote y chenin, muy elegante, con toques ahumados y con 12º de alcohol (88 puntos). Armenia, como todos los estados entre el Caspio y el mar Negro, cuenta con viñedos de gran altitud y por lo tanto con gran amplitud térmica que “cuece” los polifenoles de los tintos y retienen gran acidez. De aquí me llevé el recuerdo de las notas almizcladas del blanco Yerevan 2016 (89p) a base de un 70% de kangun y el resto de rkatsiteli y de un tinto de la misma marca semejante a un pinot noir con las cepas areni y karmrahyut (87p). Vinos más exóticos por el nombre de sus variedades que por las características de la cepa.

De la misma silueta son los vinos de Uzbekistán todavía a mayor altitud y con la misma sospecha de encontrarme con los típicos vinos de amplitud térmica: notas compotadas y acidez afilada, como así fue. Vinos cuyo perfil varietal quedaba diluido por los rasgos de maduración, los típicos “vins de soleil” como tildan los franceses a los vinos meridionales. Me parecieron los mejores los vinos de Chateau Hamkor, casi todos de cepas francesas. Para enjuagarme la boca me detuve en una bodega germánica probando un beerenauslese Schloss Schönborn del año 1995. Toda una explosión de miel, hidrocarburo, pedernal, denso, dulce y con un final de fruta escarchada, una delicia.

Cuando volví al stand de la Guía comprobé que los chinos saben lo que vale una puntuación, siendo las primeras botellas en vaciarse los 95 puntos de Finca Terrerazo, Aalto y los excelsos cavas de Gramona. La mayoría de los visitantes con la obsesión de hacerse selfis conmigo y entre ellos, eran jóvenes muy profesionales y algunos de ellos españoles residentes en China ocupados en la importación de los vinos patrios.

En resumen, los chinos, que en años pasados fueron muy dinámicos en generosas compras de vinos pero sin reposición, hoy son más cautelosos y conocedores. Con su retrato tradicional de no dar un no por respuesta, se van pareciendo a los japoneses de tal modo que las impaciencias del vendedor tienen mala acogida allí. Para vender en la tierra de Confucio se necesita mucha paciencia y muchos billetes de avión.

 

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