Los desconocidos bodegueros aficionados

Hasta hace un cuarto de siglo, el vino se hallaba en manos de los que lo elaboraban para ellos y de los que lo hacían para venderlo. Los primeros representaban el campesinado del autoconsumo como producto de primera necesidad y los segundos seguían y siguen representando la marca comercial. Estos últimos continúan igual, pero los primeros han dejado el autoconsumo como necesidad alimentaria para convertirse en afición. Hoy es más caro hacer vino para casa que comprarlo en la tienda. Podemos afirmar que, en este siglo, elaborar vino fuera de las pasarelas de las tiendas, restaurantes, críticos y guías de vinos es casi un refinamiento.

Hace algunos meses recibí una llamada telefónica de Carlos Martín, de profesión empresario de chapa y mecánica, pero enófilo de sentimiento. No tenía el gusto de conocerle. Con un humilde tono de voz, como inculpándose de ser osado, me preguntó si tenía interés en acudir a un encuentro con bodegueros aficionados. “¿De los de chalet de fin de semana”? Le pregunté, ya que vive en Guadarrama. “No, somos elaboradores, la mayoría con viñedo propio, que hacemos vinos para compartirlos entre nosotros”. No sé cómo se enteraría de mi perenne interés por los vinos de pueblo anónimos, pero acudí encantado, aunque fuera un sábado, ya que cada uno tiene sus ocupaciones profesionales y el vino como pasión privada es el nexo que les une. El lugar era la propia vivienda de Carlos, en cuyo garaje instaló una pequeña bodega con los brillos inoxidables y alguna barrica, al tiempo que muchos viernes se va a podar a su viña de Cigales para no perder sus raíces. En una pequeña sala me esperaba un grupo de 8 bodegueros de diferentes puntos de España, al que al final de la mañana se unió Alfredo Maestro, viticultor consagrado y que se inició en este grupo.

Javier Gómez Felipe, además de profesor de Lengua y Literatura que imparte a chicos de secundaria y bachillerato, es elaborador de vinos en la localidad onubense de Gibraleón fue quien, al principio, pareció llevar la voz cantante: “El grupo nació en un foro enológico de internet que lleva un enólogo gallego: Marcos C. De Souto y que está funcionando desde 2003. A partir de 2010 organizamos todos los años un encuentro el primer fin de semana de julio.  Lo hacemos porque, después de tanto tiempo participando en el foro, queríamos probar aquello de lo que tanto hablábamos. Nos reunimos en las zonas donde habitan los foreros: Peñafiel, Trigueros del Valle, Castellón, Huelva, Montsant, La Rioja, Galicia, Valencia… Este año toca La Mancha. Es una excelente oportunidad porque conoces gente y compartes directamente una conversación mucho más fluida, catando los vinos de los demás.  Todos tenemos nuestro oficio particular, pero después acabamos robando tiempo a nuestra vida personal para dedicárselo a nuestra pasión, que es el vino, y a compartirlo porque beber solo es muy triste. En el foro nos identificamos con un alias, yo soy “Pizarra, otros son “Corcos”, “BBB” (bueno, bonito y barato también), Cabernet, Asterix… Salvo dos o tres que venden algunos vinos localmente, el resto producimos para nosotros y gente de nuestro entorno”.

A la pregunta de si existe una tipología de vinos y una forma de hacerlo común, Javier me respondió que cada uno es libre de hacer lo que quiera, pero siempre con la menor intervención humana posible. “Somos autodidactas y jugamos al método prueba-error. Cuando nos caemos tratamos de levantarnos para no volver a caer en el mismo error. Hasta tenemos alambique por si hay que destilar. Estamos fuera de la onda de las D.O. evitando que nos impongan lo que tenemos que hacer, cómo y cuándo porque, al final, el producto nos lo tenemos que beber nosotros y no vamos a hacer nada que, siendo para compartir con los amigos, no quisiera beber yo”.

Comienza la cata

La producción de Javier Gomez Felipe de Gibraleón se embotella con monovarietal de zalema con algún corte de la también autóctona garrido fino. Es una variedad de maduración media. Este año ha sido muy temprana, en Huelva particularmente este vino se vendimió el 12 de septiembre y debería haberse hecho antes. Tiene 11,5º de alcohol con madurez absoluta. El problema es que tiene muy poca acidez. Probé un blanco hecho con la variedad garrido fino, muy pálido, fermentado a 14º, fresco, ligero, algo floral, aunque con una baja acidez. “A unos cosecheros que conozco les compré un lote de uvas muy escogidas porque quería hacer un experimento con espumoso. No llegué a terminarlo, pero me salió un vino joven, con un tratamiento completamente distinto al que ellos hacen en sus bodegas, macerando las uvas en frio durante 24 horas, algo impensable en esta zona”.  Después caté un chardonnay elaborado en damajuanas de cristal con 4 meses de lías con un sabor y aroma terroso y fruta blanca madura, con terruño. Elabora un tinto que lleva como nombre su apodo “Pizarra” y además porque procede de una viña con este suelo. Un vino muy mediterráneo hecho con levaduras autóctonas, con cuerpo, cuya fruta de cabernet sauvignon y merlot al 50% compite con el gusto tostado del roble.

De Castellón llegó Victor Bellmunt, un bodeguero semi profesional y además secretario de la IGP Castellón, del que probé un espumoso rosado Marenostrum 2017 tipo ancestral de garnacha procedente de una pequeña viña caliza en Cabanes, a 6 kilómetros del mar y a 330 metros de altitud. Me sorprendió su excelente carbónico integrado, su finura y elegancia inesperada. Otro vino, Maestro & Bellmunt 2017 hecho con pinot noir, pinot meunier y garnacha tintorera. También ha rescatado la variedad autóctona bollicaire para un vino con maceración carbónica quizá algo reducido todavía.

El anfitrión Carlos Martín, por razones climáticas obvias, no tiene el viñedo en la sierra madrileña, sino en Cigales. Cuenta con una hectárea de tempranillo sobre suelo calizo del que probé un rosado de 2017 muy varietal, limpio y delicado. También caté un rosado de syrah del mismo suelo, quizá el mejor que haya probado de esta variedad. También un tinto con tan solo 600 botellas, de color intenso, rico en fruta madura y con 24 meses en barrica que apenas se notan.

José Guillamón es ferretero en Castellón. Posee una viña de 4000 m2 de cabernet sauvignon, con el que elabora un tinto 100% de esta variedad, Subarra 2016, pero con una punta excesiva de roble y cierta astringencia. De esta misma casta produce un rosado que me pareció muy ligero, sin carácter varietal, pero muy limpio y correcto.

De Toledo se presentó Félix Sáez, de la localidad de Manzaneque. Trabaja como informático y cuenta con una viña de 2500 m2 de tempranillo y cabernet sauvignon. Su rosado de garnacha me pareció interesante, ligeramente velado y muy cercano a los del Jura francés. También me dio a catar un tinto de garnacha tintorera de intenso color y muy expresivo en boca.

De Badajoz es Carlos Fernández Carriles, funcionario, pero sin viñedo. Compra uva la suficiente para elaborar 300 botellas de syrah tinto con 12,5º que me pareció ligeramente evolucionado, pero bebible. Me dio a probar un tinto 2014 con un 20% de garnacha tintorera y 80% de tempranillo, con 4 meses de roble de cinco usos y un mes en una barrica de castaño gallego sin envinar. Tenía ciertos rasgos terrosos muy extremeños, con una punta tostada que recuerda al del whisky bourbon.

Emiliano Martínez, de la localidad riojana de Autol fue uno de los dos ausentes, pero no su vino. Se gana la vida con los graneles, pero hace una excepción con la marca “Sin Ton ni Son” que embotella con las añadas 2014, 2015 y 2016. Un tinto de garnacha potente, cálido, con una madera integrada que alcanza la friolera de 16, 1º en la cosecha 2015, precisamente, el que más me gustó. A pesar de tener una perceptible confitura la fruta negra, tenía expresión, casi como un oporto destinado a vintage.

Cuenca quedó representada por José Manuel Vieco quien, junto a su mujer, posee una bodega en la localidad alcarreña de Mazarulleque. Utiliza una cueva natural donde vinifican con la menor intervención posible, con ciertos modos biodinámicos, respetando sus ciclos naturales. Combinan la modernidad del acero con la tradición de la tinaja.  Probé un tinto con un 50% de cabernet sauvignon y el resto syrah con encubados con sus hollejos de 40 y 46 días seguido de una crianza de 10 meses en barrica de roble americano. Sus 15,75º alejaba cualquier identificación varietal de la cabernet, pero su concentración no anulaba su gran expresión frutal con recuerdos de regaliz y el fondo mineral de terruño.

comments powered by Disqus