El talento

“Nadie sabe de lo que es capaz hasta que lo intenta”. Esta frase es de Publio Siro, escritor de la Roma imperial, y viene a decir que el talento se demuestra cuando uno tiene coraje para emprender sin temor una aventura de cualquier género en medio de la incertidumbre. Para ello, como indica la Real Academia de la Lengua, es fundamental la inteligencia y como segunda característica la aptitud, con todo ello es imprescindible el tesón y trabajo.

La historia del vino español no está muy curtida de talentos porque gran parte de los emprendimientos bodegueros vienen heredados desde las labores agrícolas de subsistencia. Las bodegas, como uno de los negocios más antiguos del mundo, pertenecen a las sagas familiares que, durante centurias se limitaban a ser meros proveedores de materia prima. Desde el momento en que aparecen las marcas, nace la competitividad y la necesidad de aprender las fórmulas para producir el mejor vino e, incluso, saber venderlo y es ahí cuando aparece el talento de algunas figuras en el universo del vino español.

Benjamín Romeo, el genio que elevó a los cielos Artadi y más tarde Contador, es un ejemplo de talento. Extrajo el sentido común de las prácticas vitícolas tradicionales de su padre para crear vinos excepcionales que nada recuerdan al de sus antepasados. Telmo Rodríguez, hijo de un empresario de la construcción que fundó la Granja Remelluri, quiso volar solo sin la interferencia paternal. Tuvo el acierto de juntarse con Pablo Eguzkiza, en un principio para “hacer caja” embotellando vinos de gama media de excelente calidad-precio, para después poder financiar el proyecto vocacional como era explorar terruños, escarbando en el paisaje y en las tradiciones agrícolas, para alcanzar hoy un prestigio internacional. Igualmente hay que señalar a Álvaro Palacios que, de vendedor de barricas y comenzando en un cuchitril de Gratallops, formó un equipo de lujo con el “artenólogo” Joan Asens. Pero la dimensión de Álvaro va más allá de la enología. Tuvo el genio y olfato para encontrar las mejores joyas del viñedo español. Supo estar en el sitio adecuado de los mercados de prestigio internacional para convertirse en la bandera del vino de calidad de nuestro país. Miguel Ángel de Gregorio, Vicente Cebrián, Enrique Forner Juan Gil y otros tantos se podrían añadir a la lista, y sería interesante continuarla en otra ocasión.

    

Talento es el valor innato en el que más atención ponemos cuando se refiere a alguien. Término que se fusiona con emprendimiento, o sea, aquél que acomete una aventura incierta, pero que le divierte o apasiona asumir el reto. Hace unos meses, me llamó Juan Luis Cano (la mitad de Gomaespuma) para proponerme asistir como su invitado a un evento muy especial, que se celebraría el 10 de julio, con el nombre de Talentya. Me aseguró que viviría unas jornadas de felicidad, amistad y…pasión sin contarme más cosas. Pensé, como pensaría cualquiera, que exageraba si la cosa, bajo el agraciado cielo de Palma, iba a consistir en un cenáculo a base de fastuosos currículos. Pero, ante tanto “ya verás, te va a sorprender”, me invadió la curiosidad, más cuando supe que el acto no sería una mesa redonda sectorial, presentación o congreso. El solo nombre de Talentya como rótulo del encuentro, la heterogeneidad de los participantes, la experiencia repetida durante diez años y la duración de tres días acrecentaba mi interés. 

La idea fue pergeñada por Juanjo Fraile (www.hipermediafactory.com) y su mujer Belén Blanco, anfitriones en el más amplio sentido del término, que ofrecieron su imponente casa de estilo gótico en el casco antiguo de Palma como escenario íntimo de las jornadas. Los invitados eran todos primerísimas figuras de los sectores más diversos. Para que os hagáis una idea, en este enlace de ediciones anteriores, podéis calibrar el nivel de los ponentes. Es lo que se llama un think tank o laboratorio de ideas, meditación y debate sobre los diferentes géneros profesionales. Pero lo que más me llamó la atención fue el clima de amistad y empatía que se respiraba, como si los conocieras de toda la vida, sin egos, con la alegría y desenfado de ponentes e invitados, con vestimenta casual y algunos en bermudas, sin intercambiar tarjetas ni cruzar negocios, como en una tertulia de amigos en la tarde de un domingo.

La “sorpresa” que me adelantaba Juan Luis la percibí cuando se sobreponía el continente emocional sobre el contenido de cada intervención. Esa inteligencia emocional que no trata de “vender el producto”, sino contar cada escalón de la ascensión profesional plagada de resistencias, amarguras y satisfacciones hasta alcanzar el éxito. La emoción de las historias personales y profesionales desde diferentes actividades y responsabilidades, pero con un punto en común: el talento y la pasión en la lucha. Se palpaba la llamada Inteligencia Interpersonal que, como es bien sabido, es la capacidad de empatizar, comprender a los demás y entender sus estados de ánimo. Sensaciones que llevan a algunos de los ponentes e invitados a tareas solidarias y compromisos sociales sin ánimo de lucro en paralelo a su actividad profesional.

Pues bien, esta experiencia personal me ha hecho reflexionar sobre la importancia del paisaje humano en el sector del vino. No es tan importante contar cómo el autor hace el vino, como conocer sus emociones y su lucha para alcanzar el triunfo. Hoy me interesan más las historias personales de quienes abandonan la comodidad de una actividad lucrativa y se introducen en uno de los negocios más difíciles, más tardíos y más cargado de emociones del mundo: la bodega y el viñedo. Me parece que sería un valor añadido que estos personajes contasen los temores e inseguridades ante la incertidumbre de la próxima cosecha; el momento de las ilusiones perdidas cuando los elementos se ceban con su viñedo, pero sin cundir el desánimo; qué han sentido cuando el retorno de la inversión se eterniza e, incluso, nunca llega, pero perseveran en su lucha; lo que sienten cuando ven que una fruta del campo llega a convertirse en un vino excepcional; sus sensaciones cuando contemplan la naturaleza que alimenta sus viñas. Si uno profundiza en el alma del personaje se adentra aún más en el alma del vino. Y es que hacer vino no es un modo de vida, sino una filosofía de vida.

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