Vuelve el clarete

De toda la vida, el rosado ha sido un vino más para beber que para catar. Su explosión aromática de frutos rojos, su frescura, ligereza y bajo precio lo convertían en el rey del verano y de los restaurantes chinos. La elaboración estaba tocada y retocada con mezclas de blanco y tinto, algún aromatizante artificial y levaduras industriales específicas. Su situación como vino tecnológico garantizaba un correcto paladar.

Hasta hace tan solo 8 años, era raro que este vino alcanzara la gloria de los 90 puntos, abonándose los mejores a la horquilla de 86-88 puntos. Vinos que podían ser potentes de sabor y aroma, pero nunca complejos y elegantes. A nadie se le ocurría aplicar los métodos de crianza, bien con un ligero pase por barrica vieja (como eran los claretes antiguos), crianza con lías finas o fermentación en barrica y, menos aún, que no fuera de la última cosecha. Lo que normalmente era una práctica con el tinto y con el blanco, con el rosado se creía que la crianza reduciría su principal virtud: la frutosidad.

Pues bien, todo esto ha cambiado. El rosado ha ingresado en el sacrosanto nicho de los vinos “premium” gracias a los que pensaron que, si para el blanco las lías y el roble lograron elevar su calidad y complejidad ¿Por qué no podía ocurrir lo mismo con el rosado? Existen ejemplos notorios de este nuevo tiempo con Chivite Colección 125 2016 (93 puntos Guia Peñin) fermentado en barrica, pionero con esta fórmula y merecedor de un precio como 20 €, insólito para este tipo de vino. La Lomba 2017 (93 puntos GP 18 €) de Ramón Bilbao es un ejercicio de delicadeza con las lías de la tempranillo y viura. Ambos vinos se han convertido en los rosados más puntuados de la Guía Peñin 2019. Otro vino espectacular es Le Rose y Roselito 2017 (92 puntos GP 10 €) de Bodegas Antídoto que elabora Bertrand Sourdais en la Ribera soriana del Duero. Todos ellos inmersos en la nueva estética del llamado “rosado provenzal” que, al margen de la moda por el color, no es otra cosa que macerar menos las uvas tintas o mezclarlas con mayor proporción de blancas, con objeto de suavizar o evitar totalmente los taninos de las tintas.

Pero no quería hablar del rosado, sino de la nueva moda del clarete.  Un término nacido de la esencia campesina española y borrado del mapa en los primeros años de los Ochenta al irrumpir el rosado como tipo de vino. Durante los últimos treinta años, hemos denominado rosado a todos los tonos del clarete, que en España son diferentes. Alguno de ellos podía parecerse al rosado, es decir, a pétalos de rosa. Por lo tanto, hubiese sido mejor mantener el término tradicional clarete, donde caben todos los matices de estos vinos, que imponerse la palabra rosado, importada de Francia (rosé), donde prácticamente todos los rosados son de matiz rosa y rosa pálido. 

Sin embargo, el detalle principal de esta tendencia no es el color, sino la utilización de viñedos viejos y la composición “anárquica” de su ensamblaje.  Es volver al antiguo retrato del clarete castellano, identificado por los antiguos de Aranda y Cigales a partir del viñedo clásico del vidago o vidueño, donde en una misma hilera se cultivaban diferentes castas de tintos y blancos. Hoy este retrato es muy difícil encontrar, pero queda la voluntad de los nuevos enólogos de mezclar las variedades de diferentes viñas. Dominio del Águila, de la mano de Jorge Monzón, el enólogo de moda de la Ribera del Duero, ha explorado los confines de las variedades residuales de la zona. Su Pícaro del Águila 2015 (92 puntos GP 24,10 €) combina la tempranillo y la tempranillo gris, con la “blanca del país”, que podría ser la albillo o la valenciana y también garnacha y bobal. De color cobrizo, por la elaboración “antigua” de racimos enteros con pisa en el lagar y fermentado en pequeños depósitos de hormigón, posee una complejidad mas allá de lo que transmite un rosado al uso.

Otro ejemplo del clarete tradicional es Carmen by Comenge 2017 (91 puntos GP 17 €). En su composición varietal cuenta con la tempranillo, albillo, valenciana y garnacha, criado en barricas de roble francés de 500 litros con sus lías. Un dechado de especias finas, menta, lavanda e hinojo de chocante personalidad. Quien más rescata el tradicional clarete de Cigales es Alfredo Maestro con su etiqueta Rosado Clásico de Valladolid 2015 (12 €), procedente de una parcela concreta de nombre Sobrecasa y hecho con las variedades garnacha, moscatel, verdejo y palomino. Un clarete suave, con cierto cuerpo, mineral, complejo y que fermentó en barricas de roble francés. Salvueros 2017 (92 puntos Guía GP 4,80 €) en esta misma zona es otra sorpresa añadiendo a la tempranillo las blancas albillo y verdejo. Un rosado fluido, fresco y frutal con la suavidad de los claretes cigaleños. Los hermanos Raul y Rafael Gómez Panedas han heredado desde hace tres años esta brillante tradición iniciada en 1930 por sus abuelos.

Otro clarete tradicional es el leonés de la variedad prieto picudo madreado con racimos enteros. Al igual que la Ribera del Duero de la provincia de Burgos y Cigales, la actual zona que conforma la D.O. Tierra de León, fue un territorio exclusivo de claretes. Quienes más se afanan en mantener esta tradición son Antonio Morales y Angel Peláez, con su vino Albanto 2017 (7,80 €), en cuyo depósito de fermentación se introdujeron racimos enteros de la variedad prieto picudo para provocar un carbónico natural. Un vino que se vende en su totalidad en León. De gran potencia frutal, con cierto cuerpo, sabrosidad y un ligero toque silvestre que lo hace diferente.

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