Bodegas R. López de Heredia: recuerdos y sensaciones de un nuevo mito

Si a nadie le extraña que Vega Sicilia tenga la categoría de mito por su carisma, por su cierto misterio cerrado al ojo del curioso, por haber sido durante muchas décadas un vino inaccesible por precio y oferta, la bodega R. López de Heredia alcanzaría esa misma categoría por ser la única que elabora el vino idéntico al que se hacía en la Rioja en el último tercio del siglo XIX y con las herramientas de aquella época.

Vuelvo a Tondonia con la emoción repetida y con la aspiración de que todo siga igual. Y así ha sido. Desde el año 1982, he visitado esta santa casa unas seis veces. Para muchos cronistas, bastaría el primer artículo o el último para contar lo mismo. Ese "igual que siempre" se acaba convirtiendo en algo original. La sorpresa es que no hay sorpresa.  No obstante, en cada una de mis visitas he encontrado algún detalle que pasó desapercibido, que ha ido enriqueciendo mi memoria. La Bodega R. López de Heredia es la única del mundo en donde el tiempo se ha detenido en el siglo XIX. En cambio, sus compañeros de viaje en la historia riojana, como Murrieta, Cune, Riscal, Rioja Alta o Bilbaínas han introducido algunos elementos técnicos actuales, sin alejarse del retrato enológico de antaño.

“El tiempo se detiene”, “El valor de lo antiguo”, “Un viaje al pasado” y “La sagrada familia” fueron titulares de los reportajes que escribí en ese largo periodo de 35 años, siempre con el sentimiento de encontrarme en otro tiempo.  Para cualquier visitante no dejaría de ser un museo dinámico de la historia vinícola riojana.  Para mí es un paseo nostálgico porque todo lo que vi en ese tiempo sigue intacto. Ninguna bodega, menos la de Tondonia, ha podido resistirse a los cambios y mejoras técnicas en el vino que en estas tres últimas décadas fueron las más revolucionarias en todo el mundo.  

Hoy se sigue cumpliendo estrictamente el modelo de elaboración y crianza que impuso el fundador. La bodega todavía sostiene una plantilla de empleados que era normal hace 80 años. Los trasiegos se siguen haciendo como antes: las barricas viejas pero limpias y reparadas por un tonelero propio, el olor inconfundible del moho de las húmedas paredes que evoca el champiñón y la trufa otoñal, y la producción calcada de aquella primera visita. Gran parte del daguerrotipo riojano fue alimentado por los fotógrafos que plasmaban el retrato de barricas superpuestas de las entrañas de las bodegas López de Heredia. Hasta hace 25 años, casi todas las fotos publicadas en libros, reportajes y catálogos genéricos procedían de sus calados.

 Mi primera visita no fue fácil, ya que me costó el alma y la vida citarme con Pedro López Heredia: “está en el campo, ha ido a ver una viña, está en el Consejo Regulador, … etc.”

En aquellos años, este cronista había dejado de ser un advenedizo, pues dirigía la primera revista enteramente vinícola que se vendía en los quioscos, y que se llamó Bouquet. Estábamos entonces preparando un número dedicado íntegramente a la Rioja. Pero también sabía que Pedro era capaz de decir lo mismo al mismísimo rey España.

En 1982, dije que la Bodega López Heredia era fiel a sí misma, a sus convicciones, muy por encima de corrientes renovadoras. Embarcado en una lealtad al origen que le ha llevado, como única casa riojana, a lograr del Consejo Regulador una contraetiqueta distinta que acredita su genuino origen riojano, cuando los fraudes de origen estaban a la orden del día. Y terminé diciendo que cualquier hecho es imaginable en La Rioja, excepto que las bodegas Rafael López Heredia dejen de ser de López Heredia.

Dos años más tarde, en 1984, me di una vuelta más concienzuda, sobre todo para transmitir el clima y las sensaciones y perfiles de esos habitantes familiares. Fue precisamente en el primer número de la revista Sobremesa. Pedro López Heredia, ya más cercano a mí, me dijo que unos días antes dio un portazo a Televisión Española cuando, con 20 personas y los bártulos de rodaje, iban a rodar en su bodega, negándoles la entrada simplemente porque no habían anunciado su visita. "Mira Peñin -exclamó con vehemencia- a la televisión le tengo una manía visceral, te corta del diálogo a la primera de cambio, te manipulan porque el vino les interesa un pito, muchas veces aparece nuestra bodega hablando, por ejemplo, de Ruíz Mateos echando mano a nuestro archivo fotográfico, caiga quien caiga".

En aquella ocasión tuve la suerte de conocer al padre de Pedro, es decir, al hijo del fundador, Rafael López de Heredia Aransáez y padre de Pedro que, a sus 93 años, se paseaba en una entonces sofisticada silla de ruedas por una lesión en la cadera. Incluso, mandó construir un ascensor que le llevaba a las entrañas de sus posesiones. Dos justificadas excepciones que le hicieron claudicar ante los encantos de la técnica. Por supuesto, no recibía nadie y menos se dejaba fotografiar. De rostro limpio y sonrosado marcado por dos ojos pillos que delataban buen humor y una humanidad campesina, tocado con su boina vasca en contraste con ese porte distinguido y sereno del fundador.

Lo que no tiene desperdicio es lo que me contó Pedro: "en una época en que se permitía la entrada de vino foráneo en La Rioja, sobre todo blanco, para mezclar incluso con los tintos, pedimos al Consejo Regulador que nos concediera un certificado o un diploma de garantía que asegurarse que nuestros vinos son íntegramente de La Rioja"

En el año 1994 escribí el capítulo de la bodega en el libro “12 Grandes Bodegas”. En él reseñé que López Heredia era una antimoda, aunque sea capaz de crear moda sin intención, todo lo contrario de los promotores de las nuevas tendencias. Una frase que detalla la singularidad de estos vinos es cuando se evoca algo parecido a la nobleza de los muebles de época dejados en el desván. La familia ha llevado de un modo ecléctico una política diferente al resto de las bodegas. Admirado y con carisma, sus tesis han sido reconocidas, pero no imitadas ante el temor de que las nuevas tendencias enterraran totalmente a las clásicas.

En el artículo que escribí en la revista Geo en 1997, añadía la sensación del paisaje arquitectónico como un Eiffel de un París vinícola, donde despuntaban los tejados modernistas con una geometría arquitectónica que guarda el mismo aire misterioso de aquella mansión surrealista de la película Ciudadano Kane. A la vista de semejante decorado, el visitante espera encontrar un escribiente con manguitos y visera. En ese escenario me encontré con la última generación, entonces veinteañera, de Maria José, Mercedes, Julio César y Rafael, los cuales apuntaban una extraña simbiosis entre el respeto a la tradición y un talante moderno.

En la visita que hice en el año 2002 dije: “La Bodega López de Heredia no solo es la Sagrada Familia del vino riojano, como el templo gaudiano que aún sigue en construcción, sino también la sagrada y respetada familia volcada a una vocación heredada desde 1.877. No es una bodega que se amplía o remodela como es orden en todos los negocios. Es un proyecto que, posiblemente, se cumplirá en su totalidad en el tercer milenio. Es el testamento del fundador, Rafael López Heredia y Landeta, cuyos planos van pasando de padres a hijos y cada uno va colocando las piedras que le corresponden a su generación”   

Febrero 2018

Maria José Lopez de Heredia cumplirá muy pronto los 50 años y sigue con el rostro de niña traviesa. Extrovertida, incansable en el dialogo, es un torrente de sabiduría que raya en el saber de una bibliotecaria. Hoy es la voz cantante de sus hermanos, a los que siempre llama para la foto familiar. Su tarjeta de visita dice “biznieta” que es un homenaje a su bisabuelo fundador de la saga vitivinícola. No defiende la tradición enológica como una obligación familiar, sino porque está convencida de que el universo López de Heredia ya está en la modernidad. Tan pronto se pone un mono de trabajo y se remanga para trasegar, como se pone de largo para recibir en Londres el título de la Gran Orden de Caballero del Vino. En esta casa no hay enólogos de plantilla ni “fly winemakers” externos. El vino siempre lo ha hecho la familia.

Esta visita ha servido para saber las condiciones de esta cuarta generación, más preparada que sus predecesoras para llevar el timón de esta casa histórica, y bien que lo llevan. Me interesaba escuchar de Maria José Lopez de Heredia Montoya, más experimentada con los años, su visión retrospectiva de la bodega, con la sorpresa de encontrarme con una réplica femenina de aquel Benito Perez-Galdós capaz de conciliar lo clásico de la herencia recibida con la modernidad de su pensamiento, y que se eleva más alto de su menuda figura. Me dice que todavía hay legajos sin desatar de la historia familiar, pero su curiosidad por el pasado llega más lejos de lo que me contaba su padre. Pequeños fragmentos de la historia de este apellido voy añadiendo a mi cuenta personal, como la intención del padre de María, que quiso instalar en el lugar que ocupan las actuales oficinas una réplica de alguna capilla de la iglesia de San Manuel y San Benito, que se erige en la madrileña calle Alcalá esquina a Lagasca, sobre un encargo de los tiempos de su bisabuelo. O también del panteón que la familia posee en el cementerio de Haro, diseñado por el hermano del creador del racionalismo arquitectónico, Fernando García Mercadal, con ciertas vinculaciones familiares con los López de Heredia. En el cementerio reposan varios discípulos de Mariano Benlliure en grandes mausoleos, como algunos que se pueden contemplar en los egregios cementerios parisinos. A la pregunta sobre el origen de sus dos apellidos de relación gitana, como Heredia por padre y Montoya por madre, me respondió que ambos proceden de los nombres de dos pueblos alaveses de los tiempos de la Reconquista que distinguían a la nobleza anteponiendo la preposición “de” y que adoptaron como apellidos la raza gitana que, al parecer, gran número de ellos entraron en España por aquellas tierras vascas apadrinados por algunos próceres.  

Bien. Con esta sexta visita he satisfecho mi dosis de evocación de mis primeros viajes a las bodegas riojanas, cuando casi todas eran como las de Lopez de Heredia. Es posible que vuelva cuando se me pase el efecto.

 

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