Los concursos enológicos: la ONU del vino

Desde el siglo XIX un determinado grupo de personas se reúnen para otorgar medallas a los vinos. Eso sucede todos los años porque los vinos nacen cada año y mueren en los estómagos de los que los beben. Las medallas decimonónicas servían para ilustrar las primeras etiquetas pegadas al vidrio y otorgaban al vino un rango superior. Las grandes marcas llevaban un verdadero empaste de medallas con ocasión de las suntuosas Exposiciones Mundiales. Eran las verdaderas relaciones públicas de las primeras marcas de la revolución industrial. A principios del siglo XX no estaba bien visto que un vino no luciera una medalla en su etiqueta. Los concursos coincidían con estos magnos acontecimientos, los cuales otorgaban un aval de prestigio y, obviamente, no eran anuales.

Hoy ya no es lo mismo. Cada año los concursos de vinos se extienden por toda la geografía planetaria como un negocio más, pero no para legitimar un gran vino, sino como acicate para salir del anonimato a las marcas de los lineales de los supermercados lo cual, dicho de paso, les es muy necesario. Los vinos presentados la mayoría oscilaban entre 3 y 6 euros la botella.

Esta fue la impresión que saqué del último Concours Mondial de Bruxelles celebrado –en ejecutoria itinerante- en Beijing hace unos días. Es el concurso más importante del mundo por el número de muestras enviadas, creo que alcanza las 9000 marcas. Más de 300 catadores de un sinfín de países, el descomunal escenario montado por los auspiciadores chinos, los discursos, las cortinas musicales y los patrocinios de grandes empresas. Era todo un show que dejaba convertido al protagonista enológico (el vino) en un mero pretexto. Para los catadores el suceso representaba un acto social, reencontrándose con viejos compañeros de otros certámenes, lo cual no invalidaba este encuentro tan mundano. Movilizar a tal número de jurados representa para la organización todo un reto, no solo para el propio desarrollo del certamen, sino también por las visitas técnicas a las bodegas ubicadas en la misma región de la capital china. Me impresionaba más la precisión militar del concurso que los propios vinos. Toda una movilización de sumilleres sirviendo copa a copa, personal auxiliar pendiente del más mínimo detalle de la cata, e incluso el nivel tecnológico de las fichas de calificación integradas en pequeños Ipads individuales con conexión en tiempo real con cada presidente de mesa.

Los vinos

El nivel medio de calidad de las marcas presentadas en las últimas ediciones me ha parecido inferior a los certámenes de antaño. Recuerdo el primer concurso de vinos de Vinexpo al que asistí en 1980, donde los catadores íbamos solemnemente trajeados y muchas bodegas suspiraban por presentar sus mejores galas. Sin embargo, cuando en aquellos años irrumpen los críticos americanos como Robert Finnigan, John Winroth, Gerald Ashe y, sobre todo, Robert Parker y la revista Wine Spectator, las medallas quedan minimizadas por las puntuaciones otorgadas, por lo general, a los vinos de alta gama o a sugestivas novedades, pero no a los lineales de los hipermercados. Hoy, los importadores ponen mayor interés en la valoración mediática que en las medallas.

Lo más curioso es que los vinos presentados por los países emergentes o poco habituados a estos concursos fueron mejores que los exhibidos por los históricos, como Francia, Italia, España y Portugal. Para aquellos cualquier medalla era bien recibida. Es la forma más barata para darse a conocer, al menos a los catadores asistentes.

Me tocó catar vinos de Rioja, de algunos de los cuales no había oído hablar en mi vida por no tener la costumbre de enviarlos a las guías y otras son marcas propiedad de los importadores o cedidas a ellos por las bodegas. Vinos descarnados, algunos con indiscretas notas de chips sin armonizar. También de la zona del Algarve portugués, una región que, por el momento, no se halla entre lo más florido del país vecino y que no estaban bendecidos por el equilibrio. Los llamados Vins de France, pomposo título de los vinos galos de batalla, no llegaban a los 85 puntos en mi ficha. Pinots noir de la raya del Loira, flacos, ligerísimos y sin lucidez varietal.

Gran número de vinos de la cosecha 2017 sobrellevaban embotellados apresurados para el concurso con falta de precisión varietal y frutal y con taninos inconexos.  En cambio, los blancos alineados en el mismo nicho de calidad, respondían mejor. Mientras que los tintos de este nivel comercial, o bien pecan de verdores del hollejo (elaboraciones de vendimias no totalmente maduras que permiten más producción), o de sobremaduraciones por una falta de selección en viñedo; los blancos podían infringir, si acaso, de exceso de acidez, lo que no les impedía mantener la frescura que se busca principalmente. Lo más curioso es que los mejores vinos procedían de países emergentes, desconocedores de la picaresca de quienes conocen las lides de los concursos y no deja de ser una plataforma para darse a conocer con el mejor vino que ellos consideren. Excelentes los tintos chinos y los blancos que me soplaron algunos colegas de otras mesas. También me tocaron algunos blancos moldavos bastante decentes.

Uno de los aspectos a revisar es la puntuación con derecho a medalla. Menos mal que la de bronce se ha eliminado de los concursos avalados por la OIV. Pero lo que no es de recibo es que para obtener una medalla de plata baste con una puntuación de 84,5 cuando, desde hace 10 años, la mayoría de los vinos industriales se mueven en torno a esta evaluación, lo cual obliga a descender de esa cota para hacer una selección decente de galardones. Otro tanto en lo referente a la medalla de oro con un mínimo de 86,6 puntos lo que, a todas luces, me parece injusto.  Lo razonable es adecuar a 88 puntos la de plata y 91 la de oro y mantener la Gran Medalla de Oro a partir de los 94. Sospecho que no resultará fácil elevar el listón por parte de los organizadores, ya que los premios no pueden quedar desiertos si un vino no alcanza estos valores. Tengo la impresión de que esta evaluación sea debida a que los vinos más señeros no se inscriben en el Concurso, no vaya a ser que alguna marca de renombre obtenga tan solo una medalla de plata. Es mejor oro o mantener el anonimato si no la obtienen. Mis colegas de mesa eran mas parcos que yo en las puntuaciones (entre 78 y 83 puntos la mayoría de los vinos). A ese ritmo y condicionados por ese nivel, no sé qué pasaría si se colase anónimamente un Chateau Margaux o un Angelus, seguro que no les darían más de 89 puntos. Para otra ocasión, buen tema este el de la sugestión o “reflejo condicional” de Pavlov.

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