El vino en la mujer

Aprovechando el revuelo merecido sobre la concesión del título de Master of Wine a Almudena Alberca, hago un balance sobre el papel de la mujer en el vino a nivel profesional. Lo que más me crispa de esta noticia es la machacona relevancia de ser la primera fémina de nacionalidad española en recibirlo, como si la mujer no tuviera la misma anchura profesional que el hombre. Es más, en alguna de las últimas promociones del MW ha habido más mujeres tituladas que varones. En España, sospecho que en este sector la diferencia salarial es evidente, ellas no han tenido las mismas oportunidades que los hombres, pero no por menor capacitación, repito.

El mérito de Almudena ha sido sin duda el poder compaginar su apretada agenda como enóloga, manteniéndose ajena a lo medios de comunicación mediática durante sus estudios y también, por qué no decirlo, hacer frente al elevado coste de la inscripción y viajes a Londres con una inversión que no baja de los 20.000 euros. Pero también creo que, al ocupar el cargo de Directora Técnica de las bodegas Viña Mayor de Grupo Palacio 1894, convertirse en MW era más un reto que una necesidad, midiéndose su capacidad de perseverancia, esfuerzo, y la lucha por compaginar su profesión como enóloga con la durísima formación académica en donde algunos aspirantes varones se han quedado en el camino. Sin duda es un título inventado por los ingleses para los ingleses. Basta observar el elevado número de nacionalidad británica, nada menos que 207 MW frente a los 49 de USA, 24 de Australia y la rareza de 16 franceses y curiosamente: ¡¡ningún italiano!!

No me extraña. Italia es un mundo aparte. El vino italiano es un auténtico cosmos en el que sus hombres están hondamente imbuidos en su propio vino. Son capaces de ponerse el mundo por montera a la hora de vender sus marcas con un profundo respeto a la profesión de enólogo tanto como no poner el más mínimo interés por obtener titulaciones foráneas de menor alcance científico. Crearon en 1966 la feria de vinos más antigua del mundo, Vinítaly, y que sigue siendo la más potente exhibición planetaria del vino propio. Posee una larga tradición en la edición de publicaciones periódicas sobre el vino. Es el único país en no seguir los dictados vinícolas del mercado americano con la excepción de la aventura del wine cooler de Enzio Rivella en los Ochenta y los supertoscanos en los Noventa que tanto gustaron a los americanos.

La realidad del Master of Wine

Tengo que reconocer que la materia académica del Instituto de Master of Wine es bastante completa y, en cierto modo, lógica para llegar a ser un profesional del vino de amplio espectro. A diferencia de ayer, la capacitación de un enólogo al servicio de una bodega, mientras no sea un investigador puro, no es perfecta si no posee los conocimientos de marketing, estilo, consumo, comunicación y cata, cualidades que son precisamente los de los MW. Sin embargo, es una titulación que, como la de sumiller, no está homologada por ningún estamento estatal ni siquiera por la OIV. No es una carrera universitaria como Químicas, Agrónomos o la relativamente reciente de Enología. Como su propio nombre indica, es un master típico de perfeccionamiento y generalización académica.

Como dije al principio, esta titulación fue establecida por los comerciantes ingleses para mejorar la capacitación del departamento de compras. El Reino Unido tiene una larga tradición como compradores de materias primas con empresas muy profesionalizadas. No debemos olvidar que los vinos históricos fueron diseñados por los compradores o comerciantes británicos y no por las bodegas. Los MW son herederos técnicos de esos negociantes tanto en origen como en destino capaces de seleccionar e incluso diseñar el vino adecuado para sus clientes. Es normal que algunas empresas inglesas cuenten con uno o dos masters of wines.  

Pero también hoy los mejores y más creativos enólogos españoles son auténticos master of Wine sin poseer el título (que no necesitan) ya que poseen un conocimiento de marcas del vino universal más allá de lo científico. Y es que en la actualidad se han convertido en los mejores vendedores de cada firma porque los compradores están más instruidos en lo esencial de la enología y con una tremenda experiencia en la cata. El mejor director de marketing sería un MW que sepa enfrentarse -con idioma inglés mediante- a todos los mercados.  

Cuando un enólogo o enóloga se propone estudiar para MW no es para saber más sobre enología, sino para poseer un conocimiento de los vinos del mundo y una capacidad para saber el estilo del vino adecuado para cada nicho de mercado. Una profesión útil para mejorar la actividad de enseñar a los que empiezan, consultoría para bodegas y empresas de importación-exportación y ser unos comunicadores seguros. Pero lo más importante del título es el prestigio que le dota el filtro de 3 años de aprendizaje y un riguroso examen que impone el Instituto.  Es cierto que he conocido a varios de estos profesionales con un conocimiento muy limitado y otros muy brillantes. Es una cuestión de talento y talante.

El vino en la sensibilidad femenina

Conocí a Almudena en el año 2005 a raíz de un reportaje que publiqué en Sibaritas, cuando trabajaba en la Cooperativa zamorana de Villanueva de Campeán. Fundida con el paisaje duro e inclemente de la antigua Tierra del Vino, fue la mano derecha de Amy Leigh Hopkinson, la enóloga neozelandesa contratada por Oro Wines, el grupo formado por Jorge Ordoñez, Víctor Rodríguez y Javier Alen.

No voy a hacer una reseña de su historial profesional que ya algunos medios han publicado, sino dejar muy claro que el vino en su faceta sensorial, es una materia mas cercana a la mujer que al hombre. Con los años que llevo implicado en esta santa bebida, puedo contar la evolución de la mujer en los últimos 40 años. Se decía que el vino es una bebida masculina por su componente alcohólico, y no por su capacidad de cata, para lo cual la sensibilidad, el sosiego, lejos de las exhibiciones competitivas es inherente en la mujer. Recuerdo que en las sesiones de cata a ciegas para la revista Sibaritas donde participaban periodistas, sumilleres y enólogos, pude comprobar al tabular los resultados, que las féminas arriesgaban menos en sus diagnósticos, eran más coherentes y regulares que los hombres.

Las primeras mujeres del vino

Yo aprendí a catar en el año 1975 gracias a una mujer, Isabel Mijares, cuando se convertía en la primera consultora enológica externa de España. Fue algo así como la Michel Rolland ibérica, con laboratorio propio en el madrileño barrio de Tetuán, igual que este bordelés desde sus comienzos en el laboratorio homónimo en Libourne. Venía de estudiar en Burdeos, algo insólito en aquellos años cuando el término enólogo no se conocía en España confundiéndose a veces con etnólogo. Los “enólogos” de entonces eran capataces bodegueros procedentes en su mayor parte de la Escuela de Requena y la Escuela de la Vid de la Casa de Campo madrileña. Más tarde Isabel se convertiría en la primera mujer presidenta de una D.O., la de Valdepeñas, con gran estupor entre los bodegueros de la zona.

En aquellos años, la mujer, tocada con la bata blanca, estaba confinada en los laboratorios de las bodegas como química con probeta y pipeta en mano. Isabel, como mujer, tuvo muchas dificultades para proyectar sus conocimientos y que le hicieran caso. No obstante, para que ellas tuvieran eco en los años Setenta, era necesario estar en aquella época a la altura de insignes damas investigadoras del vino como Clara Díez de Betancourt, Concha Llaguno o Lola Cabezudo que, con la Mijares, componían la primera avanzadilla de la gran capacidad de la mujer en esta materia.

El papel de la mujer en trabajos de elaboración dentro de la bodega, y no tanto en el laboratorio, no comenzaría hasta los años Noventa. La primera vez que vi a una fémina en labores de producción, moviendo mangueras y conduciendo una carretilla elevadora, fue en 1986 en Sudafrica. Jamás imaginé que ellas pudieran moverse por espacios más industriales del sector. En España las bodegas apenas intentaban mostrar a una enóloga como técnico. Pocos sabíamos que Elena Adell fue en el año 1985 responsable de calidad de Bodegas Age y que Ana Martín sería posiblemente la primera consultora volante unos años después.

En aquellos años, la mujer como cabeza visible en las empresas vitivinícolas, entró de puntillas como consultora vinícola y como sumiller. Los dos ejemplos más notorios que recuerdo son: primero, como consultora externa, Sara Pérez Ovejero, hija de Josep Lluis Perez Verdú que logró redescubrir el potencial de la bobal para vinos de fuste con Toni Sarrión en las bodegas Mustiguillo. Con su padre descubrimos un novedoso perfil de la monastrell en Bullas, además de sorprendernos con el diseño de los espectaculares vinos de Dominio do Bibei. Y como sumiller Kasia Romanska, que en aquellos años comenzaba a ser relevante su presencia después de ser la primera dama en ganar el premio La Nariz de Oro en 1996. Unos años más tarde aparece otra sumiller de postín Gemma Vela llevando los quehaceres del vino en el hotel Ritz. 

Hoy la mujer ha logrado que el vino deje de tener el sambenito de “machista” y alcance un nivel profesional envidiable. Almudena Alberca, como flamante Master of Wine, es la culminación.

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