Ribera frente a Rioja

Para el español de a pie Ribera y Rioja es la solución fácil en la elección de un vino, no por su condición geográfica sino porque estos nombres se han convertido en marcas recurrentes e incluso refugio. Se sabe que sus vinos pueden encontrarse en cualquier tienda o carta de vinos en número suficiente para elegir. ¿Cuál ha sido la evolución en los últimos treinta años en cuanto a la rivalidad entre ambas? La dicotomía entre estas dos zonas ha suscitado los más encendidos debates entre los consumidores más o menos avezados. ¿Son mejores los vinos de la Ribera o los de la Rioja?  

Hasta los primeros años Ochenta, el tinto bajo el nombre de Ribera del Duero no existía. La zona se llamaba extraoficialmente Ribera de Burgos, especializada en claretes, en cuyo viejo y desordenado viñedo se intercalaba la tinto fino o “tinto Madrid” (tempranillo) con el albillo, algo de bobal, garnacha y verdejo. Los tintos que bebían los burgaleses eran los riojanos. Poco a poco, los modos de elaboración y crianza de la ya famosa zona del Alto Ebro se fueron imponiendo, como un siglo antes de que la Rioja adoptara este patrón de Burdeos. La zona vallisoletana de la DO se conformaba con la identificación “tintos de Peñafiel” si bien la tempranillo solo representaba un 20% frente a un 40% de la garnacha y un 10% entre verdejo, palomino, albillo y malvasía.

36 años de rivalidad

En 1982 se crea la Denominación de Origen Ribera del Duero con unos precios superiores a los riojanos. Comienzan los primeros aldabonazos (más mediática que otra cosa) de competitividad con la Rioja por similitud de variedades, tipo de cultivo y modos de envejecimiento. En abril de 1997 escribí un artículo sobre lo que representaban Rioja y Ribera del Duero para el aficionado español. Comenzaba a despertar una curiosidad sobre cuál era el mejor a partir de una cata a ciegas con los vinos más representativos de ambas zonas.  El resultado fue favorable a la Ribera.

Aquel examen no fue improvisado, pues en el equipo de cata había participantes diversos: aficionados, sumilleres, comerciantes, enólogos y periodistas. Todos coincidieron en puntuar mejor a los Ribera. Un tinto de color intenso, carnoso, con una chispa de acidez, con buena expresión a pesar de la mayor madurez de los racimos que, en su mayoría, procedían de viñedos viejos y todavía sin predominio del roble nuevo. Un modelo que capitaneaba Pesquera, que llegó a convertirse en el “santo y seña” de la Ribera con el contrapunto de los primeros señuelos de elegancia que comenzaban a aflorar con la escuela de Peter Sissek.  Vega Sicilia estaba fuera de esta medida como un oasis mítico debido a sus largos envejecimientos que lo acercaban a los clásicos “gran reserva” riojanos.

Viñedo en la Ribera del Duero

Por el contrario, en la Rioja, un tanto adormecida, los tintos todavía heredaban esos colores abiertos y con el preceptivo sabor a roble americano que surgieron en los años Setenta. Sus vinos pecaban de una acidez baja debido al viñedo replantado un tanto atropelladamente en los Ochenta en suelos infectados de potasio y de elevados rendimientos.  En medio de este maremágnum de inexpresividad varietal, aparecieron los llamados “tintos de gran expresión”, un eufemismo que dejaba a las claras que los “otros” no tenían expresión, con el aditamento de “gran” para remediar el entuerto del término.

Sobre este asunto, hace 5 años escribí otro artículo en este blog que un demoníaco hacker fulminó como todos los publicados desde 2011 a 2016.  En él señalaba que la Rioja había mejorado en cuanto a fineza y menor pujanza del roble, mientras que La Ribera acusaba las fuertes maduraciones de los racimos, exceso de roble y los problemas de un viñedo relativamente nuevo en su mayoría plantado durante los últimos 20 años y, por lo tanto, con rendimientos algo elevados. Un síndrome semejante al que se cernió a finales de los Ochenta en la Rioja como ya expliqué.

No obstante, mientras que el boom en los Noventa de la Ribera era una realidad en el mercado español, en el internacional no llegaba a cuajar por sus precios más elevados, falta de identificación varietal debido a la mayor madurez de la uva y, por ende, vinos carnosos, alcohólicos y con menor finura que su “alter ego” riojano.

Por otro lado, en aquellos años de fama desmedida de la DO castellana, gran número de viticultores de naturaleza rural, que durante décadas vendían solo la uva, se pasaron al embotellado sin mejorar sus conocimientos de viticultura de selección y sin experiencia en las prácticas de elaboración y crianza de calidad. En el año 1986 había 7 embotelladores frente a los 90 del 2000, cifras que se quedaron cortas con el espectacular aumento del número de bodegas y embotelladores hasta alcanzar la cifra de 271 en 2018. Es evidente que este fenómeno originó un cultivo desmesurado de tempranillo, cuadruplicándose el número de hectáreas de la anterior década y duplicándose desde entonces hasta hoy. Se repetía lo mismo que en la Rioja de los Ochenta, pero afortunadamente sin el arranque de gran número de hectáreas de viñas viejas plantadas en vaso y su sustitución por nuevas, tal y como hizo desgraciadamente su rival. Muchas de las plantas procedían de viveros navarros e incluso italianos, que en nada se parecían a los esquejes de “tinto fino” autóctono.

Este hecho coincidió con la entrada de bastantes firmas vitivinícolas de otras zonas a la búsqueda de mayor rentabilidad, con producciones entre 300.000 y un millón de botellas, sin tener en cuenta que la oferta de uva no es tan homogénea como en la Rioja.  El “palo” que dio en 2013 al vino de la Ribera el delegado de Robert Parker, Neil Martin en su despedida de España, no fue un suceso aislado. Reprochaba la excesiva maduración de las uvas, falta de expresión y el fuerte sabor a roble.  Y no le faltaba razón a la vista del gran número de añadas sin relevancia durante aquellos años que se sumaba a la juventud del viñedo y sin haber adquirido el terruño de las cepas viejas en vaso.

Viñedo en Rioja

Ribera-Rioja 2018

Hoy la Ribera, en el ámbito de la elaboración y crianza y prácticas vitícolas, está más consolidada y con una mayor identificación de la variedad y menor incidencia de la madera, color y madurez de los racimos. El resultado se puede ver en la estadística que aparece más abajo sobre el estado actual de la de calidad y precio entre estas dos zonas. Acudo a la base de datos de la Guía Peñin donde el equipo de cata evalúa ambas zonas con diferencias dignas de mención. Para la edición 2019 cataron 1.499 vinos riojanos, de los cuales 559 estaban calificados en el segmento de 90-100 puntos y 28 marcas entre 95-100. Si nos vamos a la Ribera del Duero son 752 vinos calificados de los cuales 403 alcanzan una valoración entre 90-100 puntos y 27 marcas entre 95 y 100 puntos. Como puede apreciarse, las distancias en cuanto a calidad a favor de la Ribera del Duero son evidentes. La Rioja casi con el doble de marcas que la Ribera solo supera a su rival en 42 vinos entre 90-100 y solo en ¡¡un vino!! entre 95 y 100 puntos.

¿A qué se debe esta diferencia? Al hilo de lo que dije antes sobre el espectacular aumento de embotelladores, viñedos y bodegas en la Ribera del Duero, en los últimos treinta años hubo un mayor número de emprendimientos vinícolas que en la Rioja partiendo de cero con un nivel tecnológico superior. Carlos González, responsable de las catas de la Guía, señala que los ribera se han mantenido en un estadio más definido con vinos más elegantes que antes, con menores distancias entre las puntuaciones de los de arriba y de los de abajo.

 En cambio, en la Rioja aparecen mayores distancias entre estos dos extremos y con una diversidad de estilos que impide definir a la Rioja con un retrato concreto. Ello es debido al peso del modelo de grandes volúmenes de bodegas establecidas en la década de los Setenta con un mercado consolidado. A su vez, este modelo nada tiene que ver con los vinos históricos y estos con los vinos de culto nacidos de los Noventa. Entre estos aparecen los de cosechero alavés en su mayor parte elaborados con maceración carbónica y una mayor incidencia del cooperativismo. Un dato: en la Rioja afloran 176 marcas con precios entre 1 y 5 € mientras que en la Ribera con la mitad de marcas, solo se contabilizan 36 vinos, lo que indica el esfuerzo de esta última D.O. por hacerse notar en el mercado por la parte de arriba.  

Si hoy repitiera la cata de hace 20 años el resultado sería muy desigual. En la actualidad, el perfil de los vinos es menos geográfico que entonces. Muchos riberas se pueden asemejar a riojas y viceversa. Los vinos de culto o de terroir de ambas zonas están al mismo nivel debido más al impacto creativo de sus enólogos.  En global, es difícil detectar a ciegas si se trata de un Ribera o Rioja. Esta menor identidad geográfica se repite también en otras muchas zonas a favor del estilo que impone más el autor del vino que la geografía. 

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