¿Vuelven los vinos de pueblo?

Desde hace algo más de 5 años está cundiendo entre la clase vinatera el interés por retomar los antiguos vinos municipales, o sea, los que producen los viticultores de un municipio. Reedito con las actualizaciones pertinentes mi artículo desaparecido del blog editado en 2013.

Este retorno al vino municipal fue auspiciado por el Consejo Regulador de la D.O. Priorat en 1999. Se tuvieron en cuenta, sobre todo, las variables ambientales, históricas, culturales y económicas de cada municipio. Es decir, se podrían contemplar diferentes priorats en función de la situación geográfica del pueblo además de las variables citadas. En definitiva, subzonas municipales. Un retorno muy tímido al vino municipal fue propiciado por los bodegueros de esta D.O. con el “vi de vila”, de la mano de Álvaro Palacios y José Luis Pérez. Más tarde se sumaron las tentativas que en La Rioja está llevando a cabo, sobre todo, Telmo Rodríguez y, más recientemente, los nuevos planteamientos del Bierzo en los que Ricardo Pérez Palacios, precisamente sobrino de Álvaro Palacios, ha influido en la normativa de la próxima zonificación del territorio, donde se tiene en cuenta el vino de municipio. Esto forma parte de un reencuentro con la tierra, con los espacios reducidos, donde la viña transmite una personalidad que nada tiene que ver con los del entorno. De ahí el vino de pago, que, en general, no deja de ser la traducción un tanto “sui generis” de los “crus” franceses.

¿Qué razones existen para el retorno de esta antigua denominación municipal del vino? No cabe duda que la complicidad entre unos cosecheros tan cercanos, la utilización de las mismas prácticas de elaboración, las escasas diferencias entre el terruño de sus viñas y, sobre todo, una mejor localización geográfica dentro de la D.O. Un hecho que inspira a los nuevos y punteros enólogos que, en los últimos años, buscan la enodiversidad sin contradecir el concepto de vino de viña, de pago o de finca.

No se trata de sustituir por este concepto a las denominaciones de origen como territorios válidos de promoción colectiva, sino de que estas permitan reseñar en las etiquetas los orígenes locales de un vino en el marco de la denominación de origen. Tampoco hay que entender que el vino de un municipio tenga una categoría superior y de mejor calidad que el procedente de varias localidades, o que todos los vinos de ese pueblo sean iguales de buenos. En el pueblo de Margaux, por ejemplo, el mítico Chateau Margaux puede valer cuatro veces más que  Chateau Rauzan-Segla, que se halla también en el mismo.

¿Por qué digo lo de rescatar el concepto del vino municipal? Los vinos de municipio o de pueblo fueron demarcaciones vinícolas, antes de crearse las D.O., como defensa de los intereses de sus habitantes que, por su limitada dimensión, poseían una personalidad común. Los vinos se conocían por su localidad, pues no existía otra forma de identificar un vino geográficamente. No existían vinos comarcales o regionales. El poder de los ayuntamientos sobre cuestiones económicas de sus ciudadanos era mayor que hoy en cuya jurisdicción vinícola les pertenecía. La historia nos cita los vinos de San Martín de Valdeiglesias, Alaejos, Rivadavia, Chinchón, Noblejas y otros muchos. Cuando se instalaron las D.O. en la primera mitad del siglo XX, los únicos nombres de pueblos vinícolamente históricos que se respetaron fueron Málaga, Tarragona, Valencia y Alicante, famosos principalmente como puertos de embarque; mientras que Jerez, Rueda, Jumilla, Valdepeñas, Alella, Toro, Cigales y Cariñena destacaron como municipios vitícolas. No necesariamente hacía falta que sus vinos procedieran exclusivamente de estas localidades ya que recogen también los de los pueblos cercanos que comulgan con la batuta del pueblo famoso, convirtiéndose en una D.O. comarcal pero todavía con una identidad vinculada sobre todo a una cepa común.

Los escritores y el vino local

No estoy seguro de que aquellos vinos municipales, alabados por nuestros escritores del Siglo de Oro y los de los siglos siguientes, fueran una calificación sensorial, sino fruto de una moña muy inspiradora. Sus citas se referían a los vinos que bebían de las localidades cercanas que eran los únicos abastecedores urbanos. Los que residían en la capital del reino bebían los de la zona centro, generalmente de la provincia de Madrid, algo de Toledo y Ciudad Real. Los escritores sevillanos hacían alusión a los vinos de Guadalcanal y Cazalla de la Sierra y los de la Corte de Valladolid a los de Toro, Madrigal, Alaejos y Coca. Cualquier intermediario tenía muy claras las diferencias de estilo de vino de cada municipio. Si el vino de Noblejas e Illescas, entre otros, tenían enjundia en Madrid, los moscateles de Carabanchel y Fuencarral tenían su predio entre los forofos del vino dulce. Los elaboradores no se planteaban la posibilidad de transportar y vender sus vinos más allá de su área próxima de influencia.  

Antes, los vinos eran de pueblo-pueblo. Las Ordenanzas Reales del siglo XV imponían ciertos deberes a los municipios y que cada cual defendiera sus intereses. A partir de las Ordenanzas Municipales, creadas como consecuencia de las pautas establecidas por las Ordenanzas Reales, los municipios fueron quienes más defendieron el vino propio. En ellas se prohibía el consumo de vino foráneo en tanto hubiera stock del vino local, y quien transgrediera esa normativa podía llegar incluso a entrar en prisión. Las tabernas estaban reguladas por leyes municipales y solo permitían a algunas vender vino foráneo que, por sus características, no obstaculizara el vino propio.  La colectividad funcionaba entre los cosecheros del mismo pueblo y generaba un tipo de vino que defendían los lugareños incluso en sus emigraciones a las grandes ciudades. Hasta los años Ochenta del siglo XX era corriente la frase “nada mejor que el vino de mi pueblo”, expresión esculpida por los que residían en Madrid volviendo con una garrafa de vino después de pasar el fin de semana en su patria chica. Y, en general, hasta entonces el concepto de “vino de mi pueblo” estaba constituido por los vinos de la cooperativa local que recoge la esencia del vino local o, por lo menos, de un territorio próximo. El cooperativismo mantuvo el viñedo español y las familias de viticultores que, gracias a la venta de la uva a la cooperativa y del resto de su producción agrícola a los almacenistas-criadores (como en el caso de la Rioja) pudieron sobrevivir de sus tierras. 

Municipio versus denominación de origen

A comienzos del siglo XX, por mimetismo con Francia, se ponen de moda las denominaciones de origen como ya dije antes. El objetivo era crear un modelo socioeconómico que protegiera del intrusismo a una serie de localidades con tradición vinícola pero sin buscar la personalidad global. Las denominaciones de origen fueron el resultado de colectivizar los vinos de municipios diluyéndose la personalidad de cada una debido al mayor tamaño de la D.O. Una extensión que, en Francia e Italia sobre todo, era menor que las demarcaciones españolas. La Rioja es una zona contemporánea por más que los historiadores intenten reflejar una voluntad colectiva bajo ese nombre. Su perímetro se trazó en los años Veinte pasados sobre aquellos municipios que fueron proveedores de los negociantes franceses ubicados, sobre todo, en el Barrio de la Estación de Haro desde 1852 hasta 1878. Cosecheros que abastecían a los galos desde municipios extremos como Olite y Tudela de Ebro. Por esta razón, un gran número de localidades navarras fueron invitadas a pertenecer a la D.O. Rioja, pero algunos desistieron para no perder ciertos privilegios forales.

La Rioja como D.O. nace en 1926, pero solo comenzó a aparecer en las etiquetas a  comienzos de los Setenta a raíz de crearse su primer Reglamento. Hasta estos años era más comercial y prestigioso reseñar el municipio en las botellas como Haro, Cenicero, Fuenmayor o Elciego que la palabra Rioja. Si nos fijamos en el mapa de las apellations d’ Origine francesas, podemos ver en Burdeos que, municipios como Saint Emilion, Pomerol, Margaux, Saint Julien o Pauillac, como también en Borgoña Meursault, Puligny-Montrachet o Vosne-Romanée, son pueblos que tienen categoría de D.O. y sus vinos son más reputados que los producidos en el territorio genérico donde se hallan ubicados.   

Madrid, Madrid, Madrid

Taberna San Ysidro, Madrid. Fuente: Wikipedia

Hay varios ejemplos del abastecimiento de vinos a Madrid procedentes de municipios. Un caso notorio de vino de pueblo fue Valdepeñas. En tiempos, fue la única localidad lejana que tuvo resonancia en las tabernas madrileñas del centro y sur de la ciudad. El éxito de este vino se debía a su precio imbatible, a la ligereza y frescura que no impedía repetir el vaso. La razón era que aquellos tintos procedían de mezclar un 90 por ciento de vino blanco airén con tintoreras y dobles pastas. Su producción alcanzó niveles que ni siquiera los viñedos de aquella localidad manchega podían abastecer, de modo que cuando se instauró la Denominación de Origen tuvo enormes dificultades para cuadrar sus cuentas de genuinidad valdepeñera y producción haciendo la vista gorda ante lo que era una evidencia: gran parte del vino manchego pasaba como “Valdepeñas”

Sin embargo, otras localidades cercanas como Arganda, Noblejas y Méntrida tenían sus espacios urbanos casi exclusivos. Arganda vendía su vino por las barriadas de Vallecas hasta Manuel Becerra, Noblejas distribuía los garrafones en una cuña abierta en los arrabales de Embajadores hasta Tirso de Molina y Méntrida cubría la Cava Baja, Calle Toledo hasta Sol. La excusa para comer en los mesones de Navalcarnero y Valdemorillo eran sus vinos oscuros y densos.  Por citar algún ejemplo, los negrales de Navalcarnero en Madrid nada tenían que ver con los preciosos albillos de San Martín de Valdeiglesias.

La difícil elección del nombre para la D.O.

Uno de los escollos para bautizar las flamantes D.O. con el nombre de la localidad de más fama es la rivalidad de los pueblos. Utiel-Requena y Montilla-Moriles solucionaron esa rivalidad poniendo un guion entre ambas localidades, y la de Ycoden-Daute-Isora y Tacoronte-Acentejo son el ejemplo más claro del desacuerdo para fijar un nombre común. En los años 70 el caso de Rueda, costó sangre, sudor y lágrimas para lograr que solo esa localidad representara a la histórica comarca que en otros tiempos se llegó a llamar Tierra de Medina.

"La elección del nombre se hizo a votación -apuntó en su día Paco Hurtado de Amézaga, el principal impulsor de la D.O.- ya que Rueda era una localidad más dentro de la zona. Pero ganó el nombre de Rueda por un voto. La adopción tuvo sus más y sus menos ya que algunos suponían que era un capricho mío. Realmente apoyaba el nombre por su fonética ya que es una palabra corta, sonora y que se pronuncia igual en todas las lenguas". Un nombre que vinícolamente costó mucho trabajo que superara la fama de localidades como Nava del Rey, Alaejos, Pozaldez y Serrada. Y todo porque Rueda, ubicada en la carretera nacional A6 y con menos tradición vinícola que las demás, ofrecía una ubicación estratégica para favorecer las comunicaciones. Por eso, salvo estas excepciones, los nombres de las DO suelen recoger accidentes geográficos como las riberas o nombres comarcales como el Penedés. No obstante, otros muchos nombres adoptaron el de la localidad más importante de la comarca o al menos con mayor viñedo como Valdeorras, Bullas, Méntrida, Almansa, Calatayud, Yecla, Uclés y, recientemente, Cebreros.

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