Blog de José Peñín

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Uno de los motivos de la huida o rechazo de la cultura del vino de muchos es la farragosa terminología descriptiva de la cata. Un metalenguaje que para los demás significa una élite aparte. “No entiendo de vinos pero sé el vino que me gusta y el que no me gusta”. Una frase que se repite hasta el infinito entre los neófitos como si para beber o gozar el vino sea necesario ser un experto. En cambio, se admite como algo muy natural el difícil vocabulario de la informática o de la mecánica del automóvil.

E & J Gallo Winery es la firma vitivinícola más grande del mundo. Su producción es de 840 millones de litros que, convertidos en botellas, alcanza la friolera de 1.200 millones, cinco veces más que la de Félix Solís, la más grande de España.

Hace unos días se presentó la Guía Michelin 2021 con las limitaciones que impone el virus famoso. Como era de esperar, el acontecimiento no tuvo las luminarias hollywoodienses de anteriores ocasiones, pero lo importante era el nuevo contenido de la célebre guía roja. No voy a entrar en la justicia o injusticia en la concesión de sus estrellas. Para ello ya están otros colegas más capacitados que yo para el empeño, sino en la dimensión mediática, la tensión que provoca la concesión de estrellas y una pequeña historia de las guías patrias.

Bajo el título “El vino ideal para la Navidad” todos los años por estas fechas, dominicales, revistas generalistas y algún periódico solo se acuerdan del asunto para publicar un “especial de vinos”. En algunos casos, resulta ser un catálogo complaciente, generalmente sugerido por el departamento de publicidad para que las bodegas inserten anuncios y hacer caja. No obstante, sea bienvenido que los medios de más tirada convengan con la cultura que nos incumbe, aunque haya contraprestación publicitaria.

Hace 40 años no me podía imaginar el panorama actual de la sumillería española. Lo primero que subrayo es el interés de gran parte de la juventud en ser sumiller como una entrada culta en la hostelería. También es cierto que algunos pusieron solamente el pie sin terminar los cursos ejerciendo prematuramente sin base sólida mientras otros se han convertido en excelentes comunicadores del vino.

Nunca he sido un apasionado de la syrah española.  Esta casta muestra sus encantos en el norte del Ródano, su lugar histórico de cultivo al igual que la pinot noir en la Borgoña. Sus valores son una frescura y una nítida expresión varietal fruto de una climatología fresca sin dejar de ser mediterránea. En cambio, en nuestro país, con unas temperaturas más elevadas, se convierte en una vinífera que, aunque para mezclas funciona mejor que la tempranillo, no da vinos grandiosos.

La cata ha sido la tarea que más tiempo me ha llevado desde que tengo uso de razón enográfica. Una actividad que me ha obligado a profundizar en la materia no tanto por las percepciones sino por su relación con el cerebro, la memoria sensorial, la complicidad entre el ojo y el olfato e incluso en el modo de ser de cada catador.  De los que más me han inspirado destaco la precisión técnica de Ramón Viader con su obra Vino, Cuerpo y Cerebro, y los más divulgativos Frederic Brochet y Alexandre Schmitt.

Poca gente está al tanto de que Carlos Águila cuenta en Twitter con el mayor número de seguidores del vino de este país sin contar a Josep “Pitu” Roca. El apellido Águila obviamente no se lo puso él, pero su ojo panorámico es de un águila que vuela muy alto oteando todo lo que se asoma en el campo audiovisual vitivinícola del planeta, recogiendo para sus seguidores los videos más brillantes gracias a su olfato didáctico. Conoce como pocos todas las técnicas de optimización de redes sociales, editando imágenes en movimiento de todas las secuencias del vino desde la cepa hasta la botella.

Facebook, Instagram y Twitter son las tres vías más importantes de las redes sociales y las que trazan el verdadero perfil del español a la hora de predicar sus gustos, tendencias, filias y fobias hacia el vino.

Se dice que el vino es un lujo asequible. Un pequeño lujo cuando el vino ha dejado de ser una bebida cotidiana en el universo de lo alimentario. Todos los lujos son inútiles (excepto para los que los venden), a no ser que, indirectamente, la adquisición del lujo permita al acaudalado codearse con la exclusiva casta de los poderosos para otros fines. Ya lo dijo Vicenzo Gioberti, político italiano del Diecinueve: “El lujo es todo aquello que debe considerarse superfluo para la felicidad del hombre”.