Catas

Nunca he sido un apasionado de la syrah española.  Esta casta muestra sus encantos en el norte del Ródano, su lugar histórico de cultivo al igual que la pinot noir en la Borgoña. Sus valores son una frescura y una nítida expresión varietal fruto de una climatología fresca sin dejar de ser mediterránea. En cambio, en nuestro país, con unas temperaturas más elevadas, se convierte en una vinífera que, aunque para mezclas funciona mejor que la tempranillo, no da vinos grandiosos.

En mayo de 2008, por invitación de Lavinia París, tuve la magnífica ocasión de catar la cosecha 2005 (una de las tres mejores de los últimos 20 años) de 45 Grand Cru Classè repartidos entre Medoc, Pesac-Leognan, Saint Emilión y Pomerol. Una cata inolvidable con la siempre reconfortante compañía de Juan Manuel Bellver y Federico Oldenburg. Pero no estuvimos solos, demasiado honor para unos humildes informadores españoles, sino también asistió la “creme” del periodismo especializado europeo.

Hace unas semanas vi que los estucos y las fastuosas lámparas de un edificio histórico no se inmutaron cuando un americano presentaba un vino americano. El Casino de Madrid fue un lujoso y desmesurado escenario para un vino que, desde la óptica europea, pertenece a una joven historia de un vino californiano. Pero es que el anfitrión español no se anda por las ramas a la hora de envolver con elegancia la puesta en escena de un vino.

Este pasaje no trata de los vinos que más me gustaron porque esta sensación abarca a un gran número de marcas y posiblemente coincide con la mayoría de los profesionales, de los buenos aficionados y, sobre todo, con las evaluaciones de la Guía Peñín. De lo que voy a tratar es de citar aquellos vinos que, presintiendo lo que, copa en mano, voy a llevar a mis sentidos, el resultado, aunque a mejor, no me lo esperaba, no tanto por su calidad, que la doy por muy buena, sino por su diferencia.

Se habla mucho de los “vinos emoción”, palabra de la que se abusa muchísimo. Pero, ¿qué hace que unos vinos nos emocionen y otros no?

De toda la vida, el rosado ha sido un vino más para beber que para catar. Su explosión aromática de frutos rojos, su frescura, ligereza y bajo precio lo convertían en el rey del verano y de los restaurantes chinos. La elaboración estaba tocada y retocada con mezclas de blanco y tinto, algún aromatizante artificial y levaduras industriales específicas. Su situación como vino tecnológico garantizaba un correcto paladar. Hasta hace tan solo 8 años, era raro que este vino alcanzara la gloria de los 90 puntos, abonándose los mejores a la horquilla de 86-88 puntos.

Hasta hace un cuarto de siglo, el vino se hallaba en manos de los que lo elaboraban para ellos y de los que lo hacían para venderlo. Los primeros representaban el campesinado del autoconsumo como producto de primera necesidad y los segundos seguían y siguen representando la marca comercial. Estos últimos continúan igual, pero los primeros han dejado el autoconsumo como necesidad alimentaria para convertirse en afición. Hoy es más caro hacer vino para casa que comprarlo en la tienda. Podemos afirmar que, en este siglo, elaborar vino fuera de las pasarelas de las tiendas, restaurantes, críticos y guías de vinos es casi un refinamiento.

Si el noroeste parece estar de moda (Galicia y Bierzo) con vinos de una gran riqueza varietal autóctona y de terruño, en la otra punta diametral del sureste aparecen figuras ya consolidadas como Toni Sarrión, Rafa Bernabé, Pepe Mendoza, Pablo Calatayud, El Angosto y Rafael Cambra. Son vinos de noventaimuchos puntos capaces de descifrar la expresión del paisaje y de las cepas. En mi último paseo por aquellas tierras de horizontes luminosos, nítidos y limpios solo me dio tiempo para reencontrarme con algunos de ellos y probar un fondillón desconocido para mí.  

La variedad moscatel con la malvasía son las dos uvas más legendarias por su antigüedad y por su “belleza” gustativa que, en general, se mantiene cuando se convierte en vino. Su complejidad se expresa, sobre todo, en los vinos dulces los cuales alcanzan las máximas puntuaciones en las guías y en las reseñas de los críticos. Sin embargo, no todos los moscateles son iguales.

El Larousse dice: “rancio es el vino y comestible que con el tiempo adquieren un sabor y olor más fuerte mejorándose o echándose a perder”, así de lacónico. Un tipo de vino netamente español hasta el punto que su nombre no tiene traducción. Una palabra que pertenece al léxico vinícola de nuestro país para establecer un tipo de vino que solo se hace aquí, o al menos nació aquí.