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Dos personajes fueron los artífices principales del apogeo actual del Bierzo: Raúl Pérez y Álvaro Palacios. Ambos han creado escuela y sus alumnos más relevantes y cercanos son sobrinos como César Márquez Pérez y Ricardo Pérez Palacios, a los que hay que agregar a Verónica Ortega. Maestros y alumnos, no solo ponen en el firmamento la variedad Mencía, sino que también se convierten en viticultores, retornando a las antiguas prácticas de hacer vino.

Después del primer capítulo, en este segundo y último expondré el fenómeno de la etiqueta de Viña Tondonia, Faustino y Tío Pepe como tres ejemplos distintos de iconografía. Cómo la estética de la botella delata una zona histórica. También saber cómo lo hacen en el Nuevo Mundo y algunas sugerencias sobre cómo inventar una marca y qué características debe tener para ser efectiva.

La etiqueta es la que identifica y presenta el vino con un simple golpe de vista. En ella se reflejan los datos como medio de comunicación entre el productor y el consumidor. En mis 44 años de convivencia con el vino y sus marcas he visto de todo. Sin embargo, España no ha sido el mejor ejemplo de cordura en el diseño de etiquetas.

La variedad tempranillo sigue siendo sagrada en España. Cualquiera respondería que la mejor cepa española es la tempranillo por esa relación histórica con la también intocable Rioja. No obstante, se pueden contar más sus fracasos que sus éxitos fuera de su hábitat natural, como es La Rioja, y no en toda La Rioja.

Los dos extremos de la tabla, los vinos corrientes y baratos del lineal del supermercado y los vinos de élite o excepcionales son los que más ríos de tinta generan entre los consumidores. ¿Sabéis cuáles son sus diferencias?

Estas reflexiones me atraparon la semana pasada, después de varios años asistiendo a este mercadeo fino del vino bordelés en el “campus” de los chateaux. Allí, donde las bodegas de postín se ponen las mejores galas para presentar, mejor dicho, vender el vino bebé de la última cosecha, en este caso la 2018. Se compra, se paga por adelantado a un precio lógicamente más barato, pero no se lleva.  Al vino le falta pasar la pubertad de dos años en barrica y botella encerrado en el silencio del chateau antes de ser físicamente exportado en contenedores.

Pocos terruños me han sorprendido como los del Valle del Jamuz. Lo incluyo en la lista mágica de los de Gredos, Ribeira Sacra, Sierra de Francia, zonas altas del Bierzo y, por supuesto, Priorat.

En esta segunda entrega detallamos la visita a las 14 bodegas principales de Uruguay, destacando los vinos que más me atrajeron y las formas de trabajo de cada una. Todas las mañanas me esperaban a la puerta del hotel Mariella Volppe, de MINTUR, el Ministerio de Turismo, y Martín López de INAVI (Instituto Nacional de Vitivinicultura de Uruguay) para acompañarme por las rutas del vino. Solícitos y muy preparados para el empeño, se entregaron a la dura tarea de oír a este cronista el metalenguaje enológico frente al discurso feliz y vocacional de las familias del vino.

El Uruguay vitivinícola no tiene la relevancia mediática de Chile y Argentina, no porque sea un vino menor. Simplemente porque no ha necesitado su proyección internacional porque prácticamente todo el vino se lo beben los propios uruguayos, cuya cota de consumo es la más elevada de América, incluida la del Norte.

Las Denominaciones de Origen, como su propio nombre revela, nacieron en un principio para proteger los intereses socioeconómicos de los vitivinicultores de cada uno de los territorios demarcados. Hoy, cuando la calidad está primando sobre todo lo demás, las nuevas realidades nos llevan a preguntarnos ¿hay que reinventar a las denominaciones de origen para adaptarse a los nuevos tiempos?