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¿Cuáles eran los modos de publicidad del vino en el pasado? ¿Cómo mostrar a los españoles un producto que, como el vino, pertenecía al firmamento de la tradición cotidiana y a la cultura costumbrista y por lo tanto muy alejado de la sorpresa?  Hace 18 años escribí un artículo sobre la cartelería publicitaria del vino español creada sobre todo en la primera mitad del siglo XX y del que rescataré algunos párrafos para este post.

Desde hace 11 años, esta casa organiza el Salón Selección Peñín Nueva York en el mes de las flores. En esta ocasión, no hablaré de vinos. Este artículo no trata de lo que beben sus habitantes sino de su escenario urbano.

En este segundo capítulo, hablamos del nacimiento Vega Sicilia, un mito esculpido en una historia de penurias. 

En 2002, cuando escribí el libro “Vega Sicilia, viaje al corazón de la leyenda”, me di cuenta de que la leyenda de esta bodega comenzaba a declinar cuando su calidad alcanzaba las más altas cotas de toda su historia. Dejaba de ser aquel vino misterioso y fascinante para convertirse en algo más cercano.

Los retratos de la historia nos muestran los momentos cuando la uva, en manos de la Naturaleza, deja de vegetar a manos de la inteligencia: la vendimia. Hoy, este acto, para algunos entre religioso y planetario, se hace bajo el dictado de la ciencia y la inteligencia artificial. Ya no cuenta el santoral para fijar una fecha. La determina el refractómetro y el ordenador.

Cada verano, no hay amigos, lectores y entrevistadores que no me hayan flagelado esperando una respuesta displicente de cuál es mi opinión sobre el llamado “tinto de verano”. La respuesta es tan clara como decir que me encanta. Para mí, con esta mezcolanza, el vino no queda deshonrado porque no es “vino con gaseosa”, sino “gaseosa con vino” que parece que es lo mismo, pero no lo es.

Se habla mucho de los “vinos emoción”, palabra de la que se abusa muchísimo. Pero, ¿qué hace que unos vinos nos emocionen y otros no?

Esta es mi pequeña contribución al homenaje que, en el cuarto aniversario de su fallecimiento, sus amigos, profesionales y discípulos del Bulli han organizado hace unos días. Rescato una entrevista que hice a Juli Soler en 2006 que muestra la dimensión del personaje que nunca quiso serlo.

En los últimos treinta años, los vinos de Madrid han pasado de ser esencia y músculo de otros vinos más débiles a tener hoy identidad propia. En esta ocasión, no hablaré de lo que hoy se cuece en las campiñas madrileñas. Contaré algún fulgor que tuvo en el pasado: los “preciosos” moscateles provinciales y el “caro” de San Martín. El resto eran el exponente más clamoroso del vino corriente.

Si el río Duero no existiese, los vinos del territorio serían mesetarios, muy maduros y ácidos, pero sin la magia edafológica que proporciona el arrastre de las aguas del río y, por lo tanto, con toda una sucesión de suelos diferentes, además del refugio térmico que proporciona el valle y los recodos. Esto es lo que ilustran los ríos y que hacen grandes a los vinos europeos.