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En este confinamiento, más cruel para unos y menos para otros, me he permitido dedicar más tiempo a ordenar papeles y recolocar libros. Entre los primeros me encuentro con un artículo escrito por este cronista en 1997 sin recordar donde se publicó, al menos no fue en los medios escritos en los que colaboré en aquellos años. Lo rescato porque todavía está vivo en un momento en el que hoy escribir de vinos se ha globalizado de tal manera que a los periodistas, escritores y enólogos se han sumado toda una suerte de blogueros, tenderos, comerciantes, sumilleres y buenos aficionados con tanta pasión y acierto como los que nos hemos ganado la vida con la pluma. El vino es de todos.

La variedad bobal se halla en un tiempo de luces gracias a las maneras de regeneración que establecieron en las últimas dos décadas Toni Sarrión (Bodegas Mustiguillo), los hermanos Ponce (Bodegas y Viñedos Ponce) y Víctor de la Serna (Finca Sandoval). Sin embargo, esta variedad tuvo un antecedente de sombras cuando hasta hace 20 años se le culpaba la escasa calidad de sus tintos para ser embotellados. Incluso los bodegueros del altiplano valenciano preferían entonces comercializar el rosado como la única opción de calidad.

¿Cuáles fueron los vinos que estuvieron de moda en los últimos 50 años? Os contaré por propia experiencia vivida cuales fueron los vinos que desfilaron por los escaparates y mesas relumbrosas y los que fueron objeto de los más encendidos aplausos por parte de la crítica. Me centraré en el periodo más lejano y por lo tanto menos conocido: desde 1975 hasta el año 2000.

En mayo de 2008, por invitación de Lavinia París, tuve la magnífica ocasión de catar la cosecha 2005 (una de las tres mejores de los últimos 20 años) de 45 Grand Cru Classè repartidos entre Medoc, Pesac-Leognan, Saint Emilión y Pomerol. Una cata inolvidable con la siempre reconfortante compañía de Juan Manuel Bellver y Federico Oldenburg. Pero no estuvimos solos, demasiado honor para unos humildes informadores españoles, sino también asistió la “creme” del periodismo especializado europeo.

El COVID-19 vuelve a llevarse a otro hombre del vino, Alfonso Cortina, que, con su amigo Carlos Falcó, desgraciadamente nos dejó hace pocos días. Un personaje afable, cortés y muy amante del abrazo y del saludo a diestro y siniestro. Estos días me comentaba Isabel Mijares que se libró de asistir a un almuerzo de la Academia de Gastronomía el día 11 pasado donde estos dos personajes sí acudieron, por lo que se supone que aquel encuentro podría haber sido la causa del contagio.

Se ha hablado mucho sobre si catar más de 15 vinos diarios es nocivo para la apreciación sensorial, como si el trabajo de un catador de vinos fuera igual que el de un perfumista. Un especialista sensorial de la industria del perfume es un superdotado aún mayor que el mejor catador de vinos al tiempo que no sería el adecuado para el ejercicio enológico. El hecho de ser capaz de localizar muchos más matices que se pueden encontrar en una copa distorsiona el resultado ya que describiría gamas que ni el grupo de catadores apreciarían, sean profesionales o no, y menos aún los consumidores, lo que crearía cierta confusión. Los enólogos, sobre todo, han sido los que no comparten la opinión de sobrepasar el número de 25 muestras diarias. Es natural, cuando ellos catan varios depósitos o barricas del mismo vino resulta más difícil poder apreciar las diferencias cuando se sobrepasa ese número ya que esas diferencias son mínimas. Por otro lado, la cata técnica requiere más tiempo para precisarla ante un defecto.

Hace unos días falleció Carlos Falcó, más conocido como Marqués de Griñón. Pocos ejemplos existen en los que un aristócrata haya alcanzado una dimensión profesional mucho mayor y trascendente pero mediáticamente desconocida que por su título nobiliario, hasta el punto en que, en los obituarios publicados en la prensa, figura como padre de la ultra mediática Tamara Falcó como referencia. Algunos párrafos de este artículo están recogidos de la entrevista que hice a Falcó en diciembre de 2003 con motivo de nombrarle el “Hombre del Año” 2003 en la revista Sibaritas como un homenaje al gran hombre del vino y amigo.

El vino español de prestigio vive agazapado entre pequeñas y notables iniciativas individuales. Todas ellas ensombrecidas por el resto del grueso exportador por la escasa confianza y seguridad en el producto recurriendo a la tarifa. A esta realidad se añade una larga historia de granel de más de 150 años cuyos precios a la baja fueron marcados por los compradores y no por los vendedores. Muchas bodegas lo achacan al pobre conocimiento del vino español de los importadores e incluso críticos foráneos y no es verdad. Están más al tanto de lo que nos creemos. Tanto es así, que las primeras llamadas a la bodega de la gran mayoría de los vinos, no solo los mejores sino también los más singulares y originales, fueron hechas por ellos.

Hace dos semanas se presentó en Madrid el programa La Cata del Barrio de la Estación que se celebrará el próximo 20 de junio. Una jornada de “puertas abiertas” del conjunto de bodegas que componen el llamado Barrio de la Estación de Haro con nombres tan señalados como CVNE, Rioja Alta, Muga, Gómez Cruzado, Roda y López de Heredia, que, en su mayoría, construyeron sus bodegas junto a las vías del tren. En la convocatoria faltaba el que primero izó la bandera en esa “Vila Nova de Gaia” jarrera que no fue otro que las Bodegas López de Heredia y que comentaré más abajo.

Todavía quedan terruños por descubrir. Lugares donde la Naturaleza reside con toda su fuerza. Lugares en donde la viña olvidada y sola se esconde y se protege entre el matorral.  Algunos rincones de Matarraña en Teruel, Montanchez o Cañamero con sus islotes pizarrosos y los granitos atormentados de Ceclavín, todos ellos en Cáceres, pueden ser escenarios de vinos insólitos de un inspirado viñador o enólogo friki que sepa destilar su inteligencia. Hoy ya hay realidades.