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Hace unos días falleció Fernando Chivite, la última víctima de una maldición que se ha cernido sobre esta familia navarra. De los cuatro hermanos Fernando, Carlos, Mercedes y Julián, este último como único superviviente, todos los demás fallecieron de tres enfermedades diferentes: leucemia, tumor cerebral y cáncer de pulmón respectivamente. Que alguien me rebata si no es una maldición.

El COVID-19 vuelve a llevarse a otro hombre del vino, Alfonso Cortina, que, con su amigo Carlos Falcó, desgraciadamente nos dejó hace pocos días. Un personaje afable, cortés y muy amante del abrazo y del saludo a diestro y siniestro. Estos días me comentaba Isabel Mijares que se libró de asistir a un almuerzo de la Academia de Gastronomía el día 11 pasado donde estos dos personajes sí acudieron, por lo que se supone que aquel encuentro podría haber sido la causa del contagio.

Hace unos días falleció Carlos Falcó, más conocido como Marqués de Griñón. Pocos ejemplos existen en los que un aristócrata haya alcanzado una dimensión profesional mucho mayor y trascendente pero mediáticamente desconocida que por su título nobiliario, hasta el punto en que, en los obituarios publicados en la prensa, figura como padre de la ultra mediática Tamara Falcó como referencia. Algunos párrafos de este artículo están recogidos de la entrevista que hice a Falcó en diciembre de 2003 con motivo de nombrarle el “Hombre del Año” 2003 en la revista Sibaritas como un homenaje al gran hombre del vino y amigo.

En estas últimas semanas hemos leído en los periódicos las tumultuosas y audaces protestas de los agricultores demandando precios acordes con los tiempos. El problema de los bajos precios de la uva y de la aceituna, que nos toca más de cerca, se extiende al resto de los productos agrícolas. En mi ya larga vida vinológica he presenciado estas lágrimas. Siempre ha habido estas reyertas que, en tiempos del Invicto, cuando se regulaban los precios por arriba en vez de por abajo y la cosa se ponía fea, se solucionaba con ayudas a la producción cuando lo razonable hubiese sido subvenciones a la comercialización. Hoy este recosido lo prohíbe Bruselas y, por lo tanto, que cada palo aguante su vela.

Con la edición 2020 de la Guía Peñin de los Vinos de España, se cumplen los 30 años de vida de la que, con el tiempo, se ha convertido en el verdadero termómetro de la salud del vino español, aunque solo sea por el mayor número de marcas catadas y, en su mayor parte, desconocidas. Treinta años reseñando nombres y apellidos de bodegas y marcas es el gran hito que ha protagonizado la Guía Peñín.

Estas reflexiones me atraparon la semana pasada, después de varios años asistiendo a este mercadeo fino del vino bordelés en el “campus” de los chateaux. Allí, donde las bodegas de postín se ponen las mejores galas para presentar, mejor dicho, vender el vino bebé de la última cosecha, en este caso la 2018. Se compra, se paga por adelantado a un precio lógicamente más barato, pero no se lleva.  Al vino le falta pasar la pubertad de dos años en barrica y botella encerrado en el silencio del chateau antes de ser físicamente exportado en contenedores.

Aprovechando el revuelo merecido sobre la concesión del título de Master of Wine a Almudena Alberca, hago un balance sobre el papel de la mujer en el vino a nivel profesional. Lo que más me crispa de esta noticia es la machacona relevancia de ser la primera fémina de nacionalidad española en recibirlo, como si la mujer no tuviera la misma anchura profesional que el hombre. Es más, en alguna de las últimas promociones del MW ha habido más mujeres tituladas que varones. En España, sospecho que en este sector la diferencia salarial es evidente, ellas no han tenido las mismas oportunidades que los hombres, pero no por menor capacitación, repito.

“Nadie sabe de lo que es capaz hasta que lo intenta”. Esta frase es de Publio Siro, escritor de la Roma imperial, y viene a decir que el talento se demuestra cuando uno tiene coraje para emprender sin temor una aventura de cualquier género en medio de la incertidumbre. Para ello, como indica la Real Academia de la Lengua, es fundamental la inteligencia y como segunda característica la aptitud, con todo ello es imprescindible el tesón y trabajo.

Desde el siglo XIX un determinado grupo de personas se reúnen para otorgar medallas a los vinos. Eso sucede todos los años porque los vinos nacen cada año y mueren en los estómagos de los que los beben. Las medallas decimonónicas servían para ilustrar las primeras etiquetas pegadas al vidrio y otorgaban al vino un rango superior. Las grandes marcas llevaban un verdadero empaste de medallas con ocasión de las suntuosas Exposiciones Mundiales. Eran las verdaderas relaciones públicas de las primeras marcas de la revolución industrial. A principios del siglo XX no estaba bien visto que un vino no luciera una medalla en su etiqueta. Los concursos coincidían con estos magnos acontecimientos, los cuales otorgaban un aval de prestigio y, obviamente, no eran anuales.

Han pasado más de 25 años desde que estuvieron en boga los blancos fermentados en barrica. Fue el heredero más aseado de la antigua expresión vino con “madre”, es decir, con lías y en algunos casos con hollejos mantenidos más tiempo. Sobre esta novedad entonces, publiqué en 1995 un artículo en la revista Sibaritas que el tiempo todavía no ha marchitado y que reproduzco más abajo.