Viajes

Ninguna denominación de origen del mundo como el Priorat ha pasado en tan solo 30 años de sufrir el mayor atraso de su aislada economía vitivinícola de garrafón y granel de oscuras mezclas, a ser un modelo de concienciación ecológica y pundonor con el paisaje respetando la identidad enológica de municipios y terruños. El resultado es ser la D.O., después de Jerez, con mayor número porcentual de vinos de alta puntuación.

Hoy Cataluña puede exhibir con orgullo todas las variables del vino por suelos, microclimas, orografía y gente ilusionada dedicada a esta profesión. La calidad y variedad de estilos les sitúa en los primeros lugares del vino mediterráneo. Desde grandes empresarios comerciantes como Torres, Codorniu y Freixenet que pusieron el vino español en el mapa mundial, hasta payeses que pasaron de ser meros proveedores de uvas a convertirse en abanderados del terruño catalán. Hoy son 12 denominaciones de origen y más de 2600 marcas de vinos.

Todavía quedan terruños por descubrir. Lugares donde la Naturaleza reside con toda su fuerza. Lugares en donde la viña olvidada y sola se esconde y se protege entre el matorral.  Algunos rincones de Matarraña en Teruel, Montanchez o Cañamero con sus islotes pizarrosos y los granitos atormentados de Ceclavín, todos ellos en Cáceres, pueden ser escenarios de vinos insólitos de un inspirado viñador o enólogo friki que sepa destilar su inteligencia. Hoy ya hay realidades.

Hace unas semanas vi que los estucos y las fastuosas lámparas de un edificio histórico no se inmutaron cuando un americano presentaba un vino americano. El Casino de Madrid fue un lujoso y desmesurado escenario para un vino que, desde la óptica europea, pertenece a una joven historia de un vino californiano. Pero es que el anfitrión español no se anda por las ramas a la hora de envolver con elegancia la puesta en escena de un vino.

Desde hace 11 años, esta casa organiza el Salón Selección Peñín Nueva York en el mes de las flores. En esta ocasión, no hablaré de vinos. Este artículo no trata de lo que beben sus habitantes sino de su escenario urbano.

Los retratos de la historia nos muestran los momentos cuando la uva, en manos de la Naturaleza, deja de vegetar a manos de la inteligencia: la vendimia. Hoy, este acto, para algunos entre religioso y planetario, se hace bajo el dictado de la ciencia y la inteligencia artificial. Ya no cuenta el santoral para fijar una fecha. La determina el refractómetro y el ordenador.

En esta segunda entrega detallamos la visita a las 14 bodegas principales de Uruguay, destacando los vinos que más me atrajeron y las formas de trabajo de cada una. Todas las mañanas me esperaban a la puerta del hotel Mariella Volppe, de MINTUR, el Ministerio de Turismo, y Martín López de INAVI (Instituto Nacional de Vitivinicultura de Uruguay) para acompañarme por las rutas del vino. Solícitos y muy preparados para el empeño, se entregaron a la dura tarea de oír a este cronista el metalenguaje enológico frente al discurso feliz y vocacional de las familias del vino.

El Uruguay vitivinícola no tiene la relevancia mediática de Chile y Argentina, no porque sea un vino menor. Simplemente porque no ha necesitado su proyección internacional porque prácticamente todo el vino se lo beben los propios uruguayos, cuya cota de consumo es la más elevada de América, incluida la del Norte.

Si a nadie le extraña que Vega Sicilia tenga la categoría de mito por su carisma, por su cierto misterio cerrado al ojo del curioso, por haber sido durante muchas décadas un vino inaccesible por precio y oferta, la bodega R. López de Heredia alcanzaría esa misma categoría por ser la única que elabora el vino idéntico al que se hacía en la Rioja en el último tercio del siglo XIX y con las herramientas de aquella época.

El vino de Colares y yo nos encontramos por vez primera el 23 de febrero de 1981. El intento golpista me pilló en Barcelona durante el cierre del número 5 de la revista Bouquet. Tenía la intención de volver a Madrid esa noche, pero el aeropuerto del Prat estaba cerrado.