Blog de José Peñín

No sé a quién se le ocurrió bautizar “tinto de verano” al vino con gaseosa cuando en las tres cuartas partes de la España de hace más de 35 años se bebía en todas las estaciones del calendario. Unos le echan gaseosa y otros refresco de limón carbonatado pero ambos se toman la bebida como un refresco veraniego. La primera opción llegó a ser una bebida nacional entre la clase trabajadora y campesina como una forma de hidratación frente al agua sospechosa.

Ninguna denominación de origen del mundo como el Priorat ha pasado en tan solo 30 años de sufrir el mayor atraso de su aislada economía vitivinícola de garrafón y granel de oscuras mezclas, a ser un modelo de concienciación ecológica y pundonor con el paisaje respetando la identidad enológica de municipios y terruños. El resultado es ser la D.O., después de Jerez, con mayor número porcentual de vinos de alta puntuación.

Hoy Cataluña puede exhibir con orgullo todas las variables del vino por suelos, microclimas, orografía y gente ilusionada dedicada a esta profesión. La calidad y variedad de estilos les sitúa en los primeros lugares del vino mediterráneo. Desde grandes empresarios comerciantes como Torres, Codorniu y Freixenet que pusieron el vino español en el mapa mundial, hasta payeses que pasaron de ser meros proveedores de uvas a convertirse en abanderados del terruño catalán. Hoy son 12 denominaciones de origen y más de 2600 marcas de vinos.

Repasando algunos de los libros editados en los últimos 200 años se puede ver que hubo tiempos mejores sobre la reputación de nuestros vinos a nivel mundial. La fama y prestigio de nuestros vinos del pasado se concedía a los vinos generosos tanto dulces como secos. En cambio, los vinos de mesa eran desacreditados por su mediocre calidad.

Hace más de treinta años entrevisté para El País a Christian Moueix, el propietario de Chateau Petrus, para indagar qué tiene de valor para ser el vino más caro de Burdeos sin llegar a pertenecer a la sagrada lista de los Grand Cru Classè. Un artículo al que hoy no se le quita ni se añade una coma porque Petrus sigue igual, como los grandes misterios indescifrables.

Como continuación al primer capítulo en esta segunda entrega cierro las impresiones sobre lo que vieron mis ojos antes de iniciar mis primeros pasos en el vino.

¿Cuál era el paisaje del vino español que me encontré a finales de 1974? En esta fecha comencé a trabajar en el vino. Pero antes voy a contar una intrahistoria de mis días abstemios que viví antes de esta fecha. Recuerdos lejanos en el tiempo, pero cercanos en la memoria que voy apuntando y que, como estos pequeños fragmentos que vienen a continuación, forman parte de un legado que devolveré al vino en un libro sobre lo que esta bebida me concedió en estos últimos 45 años.

En los últimos tiempos los nuevos viñadores y enólogos están recuperando variedades indígenas en un afán de descubrir nuevos sabores no solo porque la novedad pueda ser un elemento que revele el ego personal, sino por la buena conciencia de trabajar las viñas con pasaporte español y, sobre todo, impulsados por la curiosidad.

En este confinamiento, más cruel para unos y menos para otros, me he permitido dedicar más tiempo a ordenar papeles y recolocar libros. Entre los primeros me encuentro con un artículo escrito por este cronista en 1997 sin recordar donde se publicó, al menos no fue en los medios escritos en los que colaboré en aquellos años. Lo rescato porque todavía está vivo en un momento en el que hoy escribir de vinos se ha globalizado de tal manera que a los periodistas, escritores y enólogos se han sumado toda una suerte de blogueros, tenderos, comerciantes, sumilleres y buenos aficionados con tanta pasión y acierto como los que nos hemos ganado la vida con la pluma. El vino es de todos.

La variedad bobal se halla en un tiempo de luces gracias a las maneras de regeneración que establecieron en las últimas dos décadas Toni Sarrión (Bodegas Mustiguillo), los hermanos Ponce (Bodegas y Viñedos Ponce) y Víctor de la Serna (Finca Sandoval). Sin embargo, esta variedad tuvo un antecedente de sombras cuando hasta hace 20 años se le culpaba la escasa calidad de sus tintos para ser embotellados. Incluso los bodegueros del altiplano valenciano preferían entonces comercializar el rosado como la única opción de calidad.