Blog de José Peñín

El vino español de prestigio vive agazapado entre pequeñas y notables iniciativas individuales. Todas ellas ensombrecidas por el resto del grueso exportador por la escasa confianza y seguridad en el producto recurriendo a la tarifa. A esta realidad se añade una larga historia de granel de más de 150 años cuyos precios a la baja fueron marcados por los compradores y no por los vendedores. Muchas bodegas lo achacan al pobre conocimiento del vino español de los importadores e incluso críticos foráneos y no es verdad. Están más al tanto de lo que nos creemos. Tanto es así, que las primeras llamadas a la bodega de la gran mayoría de los vinos, no solo los mejores sino también los más singulares y originales, fueron hechas por ellos.

Hace dos semanas se presentó en Madrid el programa La Cata del Barrio de la Estación que se celebrará el próximo 20 de junio. Una jornada de “puertas abiertas” del conjunto de bodegas que componen el llamado Barrio de la Estación de Haro con nombres tan señalados como CVNE, Rioja Alta, Muga, Gómez Cruzado, Roda y López de Heredia, que, en su mayoría, construyeron sus bodegas junto a las vías del tren. En la convocatoria faltaba el que primero izó la bandera en esa “Vila Nova de Gaia” jarrera que no fue otro que las Bodegas López de Heredia y que comentaré más abajo.

Todavía quedan terruños por descubrir. Lugares donde la Naturaleza reside con toda su fuerza. Lugares en donde la viña olvidada y sola se esconde y se protege entre el matorral.  Algunos rincones de Matarraña en Teruel, Montanchez o Cañamero con sus islotes pizarrosos y los granitos atormentados de Ceclavín, todos ellos en Cáceres, pueden ser escenarios de vinos insólitos de un inspirado viñador o enólogo friki que sepa destilar su inteligencia. Hoy ya hay realidades.

Para hacer buenos vinos no es necesario contar con una tradición familiar. Últimamente, los empresarios son los que se llevan el gato al agua en proyectos vitivinícolas con una exigencia de calidad sin dejar de ser un negocio. Me refiero a Gonzalo Antón (1950), que desde que en 1987 fundara la bodega Izadi continuó con Vetus en Toro, Orben en la Rioja y Villacreces en la Ribera del Duero. Lo que ya no es corriente es que todos sus vinos alcancen en la Guía Peñín cotas de valoración de 90 puntos para arriba.

En estas últimas semanas hemos leído en los periódicos las tumultuosas y audaces protestas de los agricultores demandando precios acordes con los tiempos. El problema de los bajos precios de la uva y de la aceituna, que nos toca más de cerca, se extiende al resto de los productos agrícolas. En mi ya larga vida vinológica he presenciado estas lágrimas. Siempre ha habido estas reyertas que, en tiempos del Invicto, cuando se regulaban los precios por arriba en vez de por abajo y la cosa se ponía fea, se solucionaba con ayudas a la producción cuando lo razonable hubiese sido subvenciones a la comercialización. Hoy este recosido lo prohíbe Bruselas y, por lo tanto, que cada palo aguante su vela.

En los últimos tiempos se habla insistentemente sobre las cualidades nutricionales del vino. Que si hasta el siglo XVIII era más sano el vino que el agua, que si el resveratrol es el mejor antioxidante, que si el vino consumido con moderación previene en un 50% las enfermedades coronarias, etcétera. Está claro que el vino contiene toda una serie de bondades, pero para que hagan cierto efecto, la sombra del 12 o 14 por ciento de alcohol planea de tal modo que su impacto puede más que las ventajas de sus propiedades salutíferas.

Hace unas semanas vi que los estucos y las fastuosas lámparas de un edificio histórico no se inmutaron cuando un americano presentaba un vino americano. El Casino de Madrid fue un lujoso y desmesurado escenario para un vino que, desde la óptica europea, pertenece a una joven historia de un vino californiano. Pero es que el anfitrión español no se anda por las ramas a la hora de envolver con elegancia la puesta en escena de un vino.

Después de contar en el primer capítulo los vaticinios que se cumplieron en los últimos 30 años, en esta segunda entrega es posible que me exponga demasiado en adelantar lo que en esta década se va a producir en el vino español.   

Comenzaré diciendo que no me voy a tirar a la piscina con mis pronósticos sobre el vino español sin contar con los vaticinios ya cumplidos que relataré en esta primera entrega. Esta realidad gozosa me sirve de inspiración para cometer la osadía de adelantar lo que va a ocurrir al vino español en los próximos 10 años. Hace poco oí que la inspiración es la forma artística de la intuición, aunque en mi caso pervive la razón y el sentido común sobre la intuición. Por lo tanto, es un ejercicio que debe basarse en lo que pasó para poder calcular lo que va a pasar.

Este pasaje no trata de los vinos que más me gustaron porque esta sensación abarca a un gran número de marcas y posiblemente coincide con la mayoría de los profesionales, de los buenos aficionados y, sobre todo, con las evaluaciones de la Guía Peñín. De lo que voy a tratar es de citar aquellos vinos que, presintiendo lo que, copa en mano, voy a llevar a mis sentidos, el resultado, aunque a mejor, no me lo esperaba, no tanto por su calidad, que la doy por muy buena, sino por su diferencia.