Blog de José Peñín

El próximo día 25 de septiembre, organizado por la cadena de supermercados Lidl, se celebrará un debate sobre qué armas utilizar para la recuperación del consumo del vino en España. Una loable iniciativa que temo abordará el trillado asunto del bajo consumo del vino en nuestro país a través de la búsqueda de una solución que no existe porque -me he cansado de repetirlo- estamos en un cambio de ciclo.

El vino de Colares y yo nos encontramos por vez primera el 23 de febrero de 1981. El intento golpista me pilló en Barcelona durante el cierre del número 5 de la revista Bouquet. Tenía la intención de volver a Madrid esa noche, pero el aeropuerto del Prat estaba cerrado.

Con esta tercera entrega termino la ronda de tópicos del vino hasta que algún lector o nuestra memoria afloren algún otro tópico más.

No podía imaginarme hace 25 años cuando el roble nuevo iniciaba su apogeo, que hoy volviéramos a los tiempos vencidos cuando la barrica vieja, oscurecida por las tinieblas de la bodega, polvo y telarañas, era de uso común. Es cierto que las telarañas y el polvo han pasado a mejor vida y el roble usado, que no viejo, hoy se convierte casi en la joya de la corona. La nueva generación de jóvenes enólogos ha comprendido que el vino debe saber a vino y que la barrica debe proporcionar valores excepto su sabor.

Desde hace siete años se está produciendo un repunte de los vinos clásicos, de largas crianzas en madera, la mayoría bajo el reglamentario “Gran Reserva”. Alguien pensará que son los dientes de sierra de las modas: ahora toca hablar de Tondonia, Rioja Alta o Murrieta cuando veinte años atrás nadie se acordaba de estas marcas. Pues no. La razón principal es que estos vinos hoy son mejores, ya que se aplica un mayor rigor en la conservación de las barricas, cuando antes era normal que estos vinos se “olvidaran” en los viejos toneles con algunas duelas en mal estado, que dejaban rezumar el goteo negruzco de un vino alquitranado.

En esta segunda entrega continuamos con los tópicos que aquejan al vino español. Si alguno de mis lectores pudiera refrescar mi memoria con otros tópicos será bienvenido.

El vino español no ha tenido, incluso hoy no tiene quien le lea. En nuestra historia de la taberna y de la mesa familiar, el vino se instaló en nuestra rutina del beber, pero hemos sido incapaces de llevarlo a nuestra “retina” del leer. Una cosa marcó la otra. Hoy con las prisas, aunque nos lleven a beber mejor, apenas dedicamos unos minutos más allá de la puntuación, a conocer quién está detrás de cada botella, sus autores, su tierra, su viña…

Nunca como ahora el vino riojano se ha alejado del estigma bordelés de la elaboración y crianza que ha perdurado desde la mitad del siglo XIX hasta hace tan solo ocho años. Los nuevos enólogos, jóvenes con conocimientos aprendidos en todo el planeta, dirigen su mirada hacia el terruño, al reencuentro con los modos de los abuelos, la viticultura orgánica, espíritu de sostenibilidad, barricas de diferentes tamaños y, si acaso, por francés que es, se va implantando el modo borgoñón en los encubados y malolácticas.

Los tópicos en el vino han sido una constante en su historia por esa pereza española del análisis y recurrir a la comodidad del mimetismo.

Bajo este título, voy desmenuzar en varios capítulos, los diferentes enunciados que aquejan a esta bebida que, por su historia y dimensión sociológica, conviene examinar.

Hace unas semanas participé en Salamanca en un foro sobre el enoturismo, y lo primero que dije es que el enoturismo no existe, solo existe el turismo y punto. Esta sentencia no es de mi coleto, sino de mi admirado y buen amigo Paul Wagner, curtido consultor de marketing y comunicación, residente en Napa Valley y, con una vasta experiencia en el asunto en el modelo californiano.