Blog de José Peñín

Desde el siglo XIX un determinado grupo de personas se reúnen para otorgar medallas a los vinos. Eso sucede todos los años porque los vinos nacen cada año y mueren en los estómagos de los que los beben. Las medallas decimonónicas servían para ilustrar las primeras etiquetas pegadas al vidrio y otorgaban al vino un rango superior. Las grandes marcas llevaban un verdadero empaste de medallas con ocasión de las suntuosas Exposiciones Mundiales. Eran las verdaderas relaciones públicas de las primeras marcas de la revolución industrial. A principios del siglo XX no estaba bien visto que un vino no luciera una medalla en su etiqueta. Los concursos coincidían con estos magnos acontecimientos, los cuales otorgaban un aval de prestigio y, obviamente, no eran anuales.

Han pasado más de 25 años desde que estuvieron en boga los blancos fermentados en barrica. Fue el heredero más aseado de la antigua expresión vino con “madre”, es decir, con lías y en algunos casos con hollejos mantenidos más tiempo. Sobre esta novedad entonces, publiqué en 1995 un artículo en la revista Sibaritas que el tiempo todavía no ha marchitado y que reproduzco más abajo.