Blog de José Peñín

Los dos extremos de la tabla, los vinos corrientes y baratos del lineal del supermercado y los vinos de élite o excepcionales son los que más ríos de tinta generan entre los consumidores. ¿Sabéis cuáles son sus diferencias?

Estas reflexiones me atraparon la semana pasada, después de varios años asistiendo a este mercadeo fino del vino bordelés en el “campus” de los chateaux. Allí, donde las bodegas de postín se ponen las mejores galas para presentar, mejor dicho, vender el vino bebé de la última cosecha, en este caso la 2018. Se compra, se paga por adelantado a un precio lógicamente más barato, pero no se lleva.  Al vino le falta pasar la pubertad de dos años en barrica y botella encerrado en el silencio del chateau antes de ser físicamente exportado en contenedores.

Pocos terruños me han sorprendido como los del Valle del Jamuz. Lo incluyo en la lista mágica de los de Gredos, Ribeira Sacra, Sierra de Francia, zonas altas del Bierzo y, por supuesto, Priorat.

En esta segunda entrega detallamos la visita a las 14 bodegas principales de Uruguay, destacando los vinos que más me atrajeron y las formas de trabajo de cada una. Todas las mañanas me esperaban a la puerta del hotel Mariella Volppe, de MINTUR, el Ministerio de Turismo, y Martín López de INAVI (Instituto Nacional de Vitivinicultura de Uruguay) para acompañarme por las rutas del vino. Solícitos y muy preparados para el empeño, se entregaron a la dura tarea de oír a este cronista el metalenguaje enológico frente al discurso feliz y vocacional de las familias del vino.

El Uruguay vitivinícola no tiene la relevancia mediática de Chile y Argentina, no porque sea un vino menor. Simplemente porque no ha necesitado su proyección internacional porque prácticamente todo el vino se lo beben los propios uruguayos, cuya cota de consumo es la más elevada de América, incluida la del Norte.

Las Denominaciones de Origen, como su propio nombre revela, nacieron en un principio para proteger los intereses socioeconómicos de los vitivinicultores de cada uno de los territorios demarcados. Hoy, cuando la calidad está primando sobre todo lo demás, las nuevas realidades nos llevan a preguntarnos ¿hay que reinventar a las denominaciones de origen para adaptarse a los nuevos tiempos?

En la primera entrega quedó claro cuáles son los vicios y virtudes del comensal y cuál es la carta de vinos mediocre. En este segundo y último post, trazo unas impresiones e ideas sobre lo que debería ser una carta de vinos adecuada y un repaso de los pecados del mal sumiller y los valores del buen sumiller.

El restaurante es el escaparate más visible de la cultura e incultura en relación con el vino. Allí se exhiben los tópicos todavía indestructibles que afectan, no solo al comensal, sino también al sumiller y a la carta de vinos. 

Existen, entre otras, unas prácticas secretas en la enología de las bodegas. Son los llamados “alternativos”, un eufemismo aplicado a sustituir la barrica de roble por virutas, duelas o trozos de distintos tamaños de roble introducidos en los tanques de acero o cemento. ¿Es un pecado? ¿Es un fraude? Este cronista, al que nadie le puede tildar de ser un sentimental de las tradiciones, copa en mano, ha tenido infinitas ocasiones de comparar el vino criado en barrica de roble con el mismo vino criado en virutas. Un asunto que traté hace cinco años en mi blog desaparecido que, con las actualizaciones que el tiempo transcurrido impone, retomo en esta ocasión.

Desde hace algo más de 5 años está cundiendo entre la clase vinatera el interés por retomar los antiguos vinos municipales, o sea, los que producen los viticultores de un municipio. Reedito con las actualizaciones pertinentes mi artículo desaparecido del blog editado en 2013.