Blog de José Peñín

Todavía quedan terruños por descubrir. Lugares donde la Naturaleza reside con toda su fuerza. Lugares en donde la viña olvidada y sola se esconde y se protege entre el matorral.  Algunos rincones de Matarraña en Teruel, Montanchez o Cañamero con sus islotes pizarrosos y los granitos atormentados de Ceclavín, todos ellos en Cáceres, pueden ser escenarios de vinos insólitos de un inspirado viñador o enólogo friki que sepa destilar su inteligencia. Hoy ya hay realidades.

Para hacer buenos vinos no es necesario contar con una tradición familiar. Últimamente, los empresarios son los que se llevan el gato al agua en proyectos vitivinícolas con una exigencia de calidad sin dejar de ser un negocio. Me refiero a Gonzalo Antón (1950), que desde que en 1987 fundara la bodega Izadi continuó con Vetus en Toro, Orben en la Rioja y Villacreces en la Ribera del Duero. Lo que ya no es corriente es que todos sus vinos alcancen en la Guía Peñín cotas de valoración de 90 puntos para arriba.

En estas últimas semanas hemos leído en los periódicos las tumultuosas y audaces protestas de los agricultores demandando precios acordes con los tiempos. El problema de los bajos precios de la uva y de la aceituna, que nos toca más de cerca, se extiende al resto de los productos agrícolas. En mi ya larga vida vinológica he presenciado estas lágrimas. Siempre ha habido estas reyertas que, en tiempos del Invicto, cuando se regulaban los precios por arriba en vez de por abajo y la cosa se ponía fea, se solucionaba con ayudas a la producción cuando lo razonable hubiese sido subvenciones a la comercialización. Hoy este recosido lo prohíbe Bruselas y, por lo tanto, que cada palo aguante su vela.

En los últimos tiempos se habla insistentemente sobre las cualidades nutricionales del vino. Que si hasta el siglo XVIII era más sano el vino que el agua, que si el resveratrol es el mejor antioxidante, que si el vino consumido con moderación previene en un 50% las enfermedades coronarias, etcétera. Está claro que el vino contiene toda una serie de bondades, pero para que hagan cierto efecto, la sombra del 12 o 14 por ciento de alcohol planea de tal modo que su impacto puede más que las ventajas de sus propiedades salutíferas.

Hace unas semanas vi que los estucos y las fastuosas lámparas de un edificio histórico no se inmutaron cuando un americano presentaba un vino americano. El Casino de Madrid fue un lujoso y desmesurado escenario para un vino que, desde la óptica europea, pertenece a una joven historia de un vino californiano. Pero es que el anfitrión español no se anda por las ramas a la hora de envolver con elegancia la puesta en escena de un vino.

Después de contar en el primer capítulo los vaticinios que se cumplieron en los últimos 30 años, en esta segunda entrega es posible que me exponga demasiado en adelantar lo que en esta década se va a producir en el vino español.   

Comenzaré diciendo que no me voy a tirar a la piscina con mis pronósticos sobre el vino español sin contar con los vaticinios ya cumplidos que relataré en esta primera entrega. Esta realidad gozosa me sirve de inspiración para cometer la osadía de adelantar lo que va a ocurrir al vino español en los próximos 10 años. Hace poco oí que la inspiración es la forma artística de la intuición, aunque en mi caso pervive la razón y el sentido común sobre la intuición. Por lo tanto, es un ejercicio que debe basarse en lo que pasó para poder calcular lo que va a pasar.