Blog de José Peñín

No se alboroten. No voy a hablar de una marca sino de un concepto para determinar qué factores entran en juego para conceder a un vino ser el mejor del mundo.  Esto viene a cuento sobre los titulares que se han podido leer en nuestro país sobre el considerar a Castillo Ygay 2010 el mejor del mundo cuando, en realidad, la portada de Wine Spectator, la revista vinícola más leída del planeta, lo calificaba como el mejor del “Top 100 de 2020” que no es poco. Es decir, los vinos que en el transcurso de las catas en las diferentes ediciones de la revista han merecido ser seleccionados para la final.

Hasta hace poco, la influencia de las denominaciones de origen llegó al extremo de percibirlo el consumidor como algo inseparable del vino. Si no tiene D.O. es un vino inferior. En el nicho más bajo de las categorías zonales está “Vino de Mesa” y las denominaciones regionales más laxas. Hoy esta afirmación ya no tiene sentido.

Es posible que no lo haya explicado con más detalle en la entrega anterior de las Uvas Ocultas, que la presencia en los dos artículos de las variedades desconocidas o casi desconocidas se debe a que están en activo, con marcas catadas y puntuadas por el equipo de la Guía Peñín. Vinos con nombre y apellidos que, con estas variedades, se pueden encontrar en el mercado.

La mirada más trascendental a la hora de comprar un vino es su precio. Hay tres tipos de compradores: a) los bebedores no cultivados -la mayoría- que recorren el lineal con el carrito del super buscando gangas, b) los versados buscando marcas concretas indagando el mejor precio y c) los ricos no cultivados que buscan los precios más caros. 

Hace unos días falleció Steven Spurrier a punto de cumplir los 80 años de edad. Para mí fue un personaje coetáneo que se inició como tendero de vinos (al igual que yo, vendiendo vinos por correspondencia en los Setenta) para convertirse en una figura clave en el célebre “Juicio de París” y uno de los últimos críticos de vinos de la vieja tradición británica.

El viñedo portugués posee más variedades autóctonas que el español alcanzando casi las 500 castas con una proporción de vides indígenas sobre las foráneas muy superior al nuestro. La diferencia más relevante es su condición multivarietal frente al monocultivo más extendido en España. Es raro encontrar un vino con una sola variedad excepto el moscatel de Setúbal anclado en una D.O.

Echando un vistazo a la historia vinícola vivida, me he convencido de que a finales de la década de los Ochenta y la primera mitad de la década siguiente se consolidó el gran cambio del vino no solamente en España sino también a nivel planetario. Irrupción de las nuevas tecnologías relacionadas con la asepsia y el control térmico para llevar artificialmente el frescor del norte al calor del sur, una mirada más profunda a las variedades y una mejor preparación de los enólogos. Es más, si hubiera que dar una fecha de sus primeros retazos me remontaría a diez años antes.

Hace unos días un amigo algo talibán del vino natural afirmó que los críticos somos refractarios al vino natural a propósito del artículo que escribí hace unas semanas en Vinetur. Parece ser que el asunto se ama o se odia, el debate está servido.

En el primer capítulo de esta Radiografía de la cata expliqué cómo hay que describir un vino con el vocabulario más fácil de comprender de los tres vinos básicos de mesa: blanco, rosado y tinto. En este segundo capítulo entraremos en el léxico sensorial de los vinos generosos andaluces. El ejemplo lo haré con los vinos de Jerez que poseen una terminología muy propia y extensible a los vinos de Málaga, Huelva y Córdoba. No se trata de plasmar la de uso interno tradicional entre arrumbadores, catadores y venenciadores, como pueden ser un vino chico, achicado, amoroso, despegado, con gordura, etc. Términos que en la enología actual se van perdiendo utilizándose el vocabulario más entendible y menos localista. 

Uno de los motivos de la huida o rechazo de la cultura del vino de muchos es la farragosa terminología descriptiva de la cata. Un metalenguaje que para los demás significa una élite aparte. “No entiendo de vinos pero sé el vino que me gusta y el que no me gusta”. Una frase que se repite hasta el infinito entre los neófitos como si para beber o gozar el vino sea necesario ser un experto. En cambio, se admite como algo muy natural el difícil vocabulario de la informática o de la mecánica del automóvil.