¿Enoturismo o agroturismo?

Hace unas semanas participé en Salamanca en un foro sobre el enoturismo, y lo primero que dije es que el enoturismo no existe, solo existe el turismo y punto. Esta sentencia no es de mi coleto, sino de mi admirado y buen amigo Paul Wagner, curtido consultor de marketing y comunicación, residente en Napa Valley y, con una vasta experiencia en el asunto en el modelo californiano.

Defiende la idea de que nadie se desplaza a una región solo para beber y, quien lo haga, posiblemente apunte alguna inclinación profesional. Un sumiller, un enólogo, un bloguero o periodista enófilos tienen razones para visitar una bodega y catar sus vinos, conocer las diferencias sensoriales en relación con el clima y suelos y los modos de elaborar. Pero al público en general le basta con una visita, porque a partir de la segunda se aburrirá: todas las bodegas le parecerán iguales. Si tiene interés en saber algo más de la bodega, sólo tiene que teclear su nombre en la barra de Google. Es más real la figura del agroturista, es decir, el que combina paisaje, pueblos, gastronomía, visita a una granja agrícola, una fábrica de quesos o miel, una casa rural y, naturalmente, también a una bodega. La bodega no será el fin, sino el pretexto o viceversa: el propio viaje será la excusa para conocer, además, el vino local. En definitiva, el turismo del vino está encuadrado en el floreciente turismo de interior donde el paisaje, el callejear por los pueblos, el senderismo y la gastronomía local son los elementos primordiales para merecer un viaje.

El ejemplo más atractivo lo tenemos en la Sierra de Francia en Salamanca, donde el vino está integrado en la epidermis del territorio. El crecimiento cualitativo, sin perder las raíces, de los vinos de la DO Sierra de Salamanca, está en sintonía con el retrato de una comarca más salvaje que el que puedan ofrecer las rutas enológicas riojanas, Rías Baixas o Ribera del Duero. La frondosidad del paisaje de sierra, la excelente oferta de restauración, el viñedo fundido con la maleza y el bosque, las bodegas con un sentido ecológico y la arquitectura de sus pueblos de origen francés, está encuadrado en el agroturismo más que en el enoturismo.

¿Cuál sería el escenario o la ruta apropiada para que el vino sea un pretexto para el viaje?  En primer lugar, la interrelación de las distintas bodegas de una zona para establecer un frente común de promoción de la Ruta. Que en ella se ofrezca la combinación de la “degustación cultural” enómana (catas comparativas de los diferentes estilos de vinos por sus suelos, por la elaboración y por el clima) y “degustación gastronómica” (vinos y tapas) y siempre con el inevitable y necesario shopping. El objetivo no necesariamente es para vender el producto, sino para fidelizar al visitante que, tarde o temprano, comprará sus marcas, principalmente, por la vía on line.

Dos tipos de atracción turística hacia el vino

Para quienes el vino es importante pero no esencial existe el modelo “Valle”. Son bodegas situadas a lo largo de un río o vía de comunicación de cierta importancia, muy bien organizadas con instalaciones de sala de catas, hotel, restaurante, spa, relaciones públicas, etc. El ejemplo más notorio es Napa Valley en California. Es una zona longitudinal animadísima de 48 kilómetros de largo con pueblos que organizan un sinfín de actividades ociosas, conciertos, festivales, un tren del vino y, nada menos, que más de 300 bodegas, gran número de ellas abiertas al público. Una imagen que nada hace sospechar que sea un centro de producción y trabajo sino de diversión y gastronomía. Después de Disneylandia es el lugar que más turistas recibe de los EEUU. La primera vez que observé en esta zona el interés turístico por las bodegas fue en el año 1983. Quedé sorprendido al contemplar un enorme aparcamiento de automóviles y autocares, fruto del gran movimiento de visitantes, tanto o más que si se tratara del Louvre parisino. No acababa de entender cómo las bodegas daban vía libre al público para entrar en unos recintos de trabajo. Unos años más tarde visité las bodegas de Sudáfrica en donde alguna de las firmas contaba con un auditorio de música, además de las instalaciones de degustación, shopping, barbacoas, restaurante, e, incluso, un parque infantil.  Otro ejemplo de “valle” es Neuquén, en la Patagonia argentina. El cauce del Río Negro hasta Neuquén y, desde esta ciudad hasta San Patricio de Chañar, es un rosario de bodegas de nuevo cuño, muchas de ellas construidas casi a la vez con el estímulo de crear todas juntas un polo de atracción turística. En cada una de las bodegas no falta un chef con experiencia y con una cocina más o menos creativa en un restaurante de decoración minimalista, además de una surtida tienda de vinos y objetos de regalo. Un ejemplo todavía distante de los casos anteriores es la “Milla de Oro” de la Ribera del Duero, pero con el fallo de no existir un entretenimiento alternativo. En esta ruta faltan pueblos con ambiente vinícola preparados para el turista, que cuenten con vinotecas y tiendas vinculadas a este sector y una gastronomía puntera y, sobre todo, recuperar de una vez la vía del ferrocarril como tren enoturístico, que no acaba de arrancar.

 El otro modelo es la “ciudad del vino” que es Haro por su historia y por la cercanía de un gran número de bodegas, sus calles, restaurantes y tiendas. Recientemente su atracción podría incrementarse con la llamada “cata del Barrio de la Estación” que se organiza con gran éxito unos días determinados de cada año, pero que debería ser una atracción permanente para un turismo del vino más cultural. Solo falta que las 6 bodegas del “barrio” se pongan de acuerdo para la promoción conjunta. Saint Emilión en la región de Burdeos y Beaune en Borgoña son dos paradigmas atractivos para enófilos por la enorme complicidad entre la hostelería y la Appellation d’Origine.  Stellenbosch es la capital del vino sudafricano. Tanto las bodegas como el propio municipio siguen las reglas muy americanas del ocio vinícola con sus winebars, tiendas, talleres de cata con alegres carteles de ubicación de bodegas y tasting. En Argentina, Mendoza es la gran atracción del vino. En los últimos años ha mejorado su nivel gastronómico y el espíritu vinícola de sus restaurantes se ha apoyado en la gran acumulación de bodegas en su entorno. Después de Napa Valley es la que acoge mayor número de turistas del género de América.  

En definitiva, existe mayor demanda de visitantes para el conjunto del agroturismo que la simple ruta de visitar bodegas. Excepto que se monte un “parque temático” al modo californiano, pero, para eso, todavía nos falta un hervor.

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