El terroir del oro

Pocos terruños me han sorprendido como los del Valle del Jamuz. Lo incluyo en la lista mágica de los de Gredos, Ribeira Sacra, Sierra de Francia, zonas altas del Bierzo y, por supuesto, Priorat.

El Valle del Jamuz, que discurre por el cauce del rio que lleva este nombre, se halla en el borde occidental de la Denominación de Origen León, a pocos kilómetros de la Bañeza. Un nombre que resuena por la localidad de Jiménez de Jamuz, menos conocida por su tradición alfarera que por el restaurante El Capricho, famoso casi mundialmente por su esplendorosa carne de viejos bueyes. En lo que concierne a los vinos, no hablaríamos de esta zona si no existiera la bodega Fuentes del Silencio, que se alza en Herreros de Jamuz, a pocos kilómetros de los bueyes. Es la primera bodega que pondrá el nombre Jamuz en el mapa de los grandes terruños españoles. Un lugar donde el silencio de la naturaleza salvaje es un deslumbrante e inexplicable sonido emocional. 

Cuando se sale de la A6 a la altura del km 305 la cobertura telefónica se va apagando. Es el camino de soledad, incluso espiritual, que nos conduce por las tierras arcillosas y arenosas del rio Jamuz hasta los altos romanos del Teleno, donde este río nace. Tierras bañezanas, descolonizadas, duras y frías que conozco perfectamente por ser las que me vieron nacer. Miguel Ángel Alonso, empresario farmacéutico catalán, y su mujer, María José Galera, quisieron recordar a sus ancestros leoneses construyendo un chalet para pasar sus vacaciones en Herreros de Jamuz. Los paseos por el entorno bello y baldío de jaras, pinos, robledales, corzos, jabalíes, conejos y liebres, no invitaban a emprendimientos vinícolas de cierta relevancia. Las heladas tardías y tempranas a casi 900 metros de altitud y la visión de viejísimas cepas retorcidas y abandonadas crearon en la mente de Miguel Ángel cierto desconcierto en cuanto a si merecía la pena la aventura de producir vinos insignes. Pero, a la vez, recordó ese pensamiento universal de que las viñas al borde de la catástrofe dan vinos sublimes y escasos. Viñas situadas en el límite de cultivo, con más diferencias térmicas entre parcelas, incluso, cercanas unas de las otras. Recuerda a Borgoña, donde unos metros más arriba o más abajo el vino es distinto. Por otro lado, en el valle se produce un cuasi efecto föehn, debido a la barrera de la Sierra del Teleno, de modo que la pluviometría es la más baja de la provincia de León. El sol brilla con la fuerza suficiente para permitir una maduración más temprana de la uva en las zonas altas, con una enorme amplitud térmica en agosto de 4º C por la noche y 30º C por el día. En cambio, río abajo se produce una maduración más tardía debido a la inversión térmica. Por lo tanto, superar estos obstáculos sería una tarea compleja para un empresario relevante y ocupado como Miguel Ángel, viviendo en Barcelona, a 831 kilómetros y a casi 8 horas de coche.

El matrimonio formado por Miguel Ángel Alonso y María José Galera

Alonso, el emprendedor audaz

En ese desconcierto, a comienzos de 2015, conocí a este matrimonio a través de mi amigo Emilio Martín, sumiller y propietario del Bar Noche y Día de la Bañeza. Me enseñó una bodega de “garaje” instalada en su propio chalet y, a extramuros, un pequeño y joven viñedo de prieto picudo y bruñal.  Me parecía que el panorama no encajaba en la naturaleza silvestre de viñas prefiloxéricas ni en la silueta de adobe del pueblo, ambos integrados en el paisaje.  Le hablé de quien más sabe de viñas y suelos leoneses, que no es otro que Raúl Pérez. En un momento determinado, Miguel Ángel contacta con el genio, el cual le aconseja que respete el ecosistema y las variedades históricas del lugar. La reacción fue casi inmediata. De una bodega en el propio chalet con un viñedo equivocado, pasa en poco tiempo a comprar y rehabilitar dos caserones de adobe del mismo pueblo para levantar una bodega con mimbres profesionales y adquirir a toda prisa nada menos que 35 hectáreas de viñedo a un sinfín de viticultores de la zona. La aventura del matrimonio Alonso-Galera fue todo un reto. A la escasísima producción por cepa y recomponer las variedades abandonadas, se une la decisión de recuperar castas olvidadas como gajo arroba y jeromo.   

En mi larga vida en el vino, nunca había visto un empresario que haya dado con tanta rapidez con las teclas más adecuadas para poner en marcha un proyecto de calidad, de pasar de la magia del lugar a la lógica de ponerlo en valor. Con el preámbulo enológico de Raúl Pérez, contrató a Marta Ramas y Miguel Fisac, con amplia experiencia internacional trabajando con Denis Dubourdieu y Stéphane Derenoncourt, además de prácticas en Sudáfrica, Nueva Zelanda y Napa Valley. Llamó al ampelógrafo suizo José Vouillamoz, contrató los servicios de la empresa Biome Makers para conocer la microbiología del subsuelo y, por último, fichó a la conocida agencia de Barcelona Mahala en el ámbito de la comunicación. En poco tiempo, el vino ya figura en las listas de Jancis Robinson con un 17/20 (equivalente a 93 puntos), en la de Parker con 92 y en la Guía Peñín con 93 puntos, y solo es el comienzo.

Miguel Fisac y Marta Ramas

 Un terroir sorprendente

¿Qué tiene el Valle del Jamuz de especial? En primer lugar, su constitución salvaje debida al abandono de la viña de autoconsumo hace 50 años, lo que ha determinado una microflora de una naturaleza de matorral y pinares y unos suelos con una riqueza microbiológica intacta durante décadas. En segundo lugar, el arrastre mineral desde las estribaciones del macizo del Teleno de rocas graníticas al comienzo, seguido de arenas sobre una raña pizarrosa que cruza la península hasta el Priorat, para continuar con gravas aluviales y terminar con suelos de arcilla roja alfarera siguiendo el curso del rio Jamuz. En tercer lugar, un terruño de oro, no en sentido metafórico, sino real. El valle del Jamuz fue el asentamiento de las minas de oro más importante de todo el Imperio Romano, descubierto en 2012 gracias a los drones, que pudieron visualizar unos canales que permanecían ocultos por el bosque y que, al incendiarse, dejaron a la vista la ingeniería hidráulica romana. Y, en cuarto lugar, sobre esta geología aurífera sorprendente, las raíces de las viejas viñas se nutren de unos microorganismos que, según la empresa hispano californiana Biome Makers, se generan en estos suelos de componente aurífero, dotándolos de un terruño particular. Son más de 950 especies microbiológicas identificadas y que, sorprendentemente, contribuyen a generar un vino sutil, elegante, de color medio, con expresión varietal y mineral que contrasta con los vinos potentes y con cuerpo del resto de los vinos de la D.O. León. “Es curioso -señala Miguel Ángel- cómo la tradición campesina es sabia. Resulta que a lo largo del curso del rio Jamuz, en las zonas más altas de composición arenosa y pizarrosa, plantaban mencía, además de alicante bouchet (garnacha tintorera); esta última para dar algo de color a la primera y, curso abajo, con más arcilla, cultivaron la prieto picudo, que es la uva mayoritaria y casi exclusiva en el resto de la D.O. en donde predominan, en general, los suelos arcillosos de composición ferrosa. No obstante, los prietos que se cultivan en el valle son más “borgoñones” que los más oscuros del resto de la D.O.

A la búsqueda de la mencía mesetaria

Cuando, a comienzos de este siglo, la prieto se generalizó en la D.O. para tintos, fue una gran noticia porque así descubríamos el verdadero potencial del hollejo de esta variedad, ya que siempre se utilizaba para claretes. Fueron los años de la moda en toda España de la concentración y maduraciones extremas de las uvas. Al cabo de un tiempo, me fui dando cuenta de que en la D.O. León no sobresalían vinazos a la altura de los del Bierzo. Percibí que la potente frutosidad, estructura y madurez de esta casta chocaba con sus taninos algo silvestres.  Recuerdo un comentario de mi abuelo paterno en el año 1956: “Pepín, yo no quiero hacer tintos con vinos de fuera (de Zamora), sino de mis viñas, pero la ‘prieto’ tiene una boca muy áspera. Por eso hacemos claretes madreados que están ricos con 10 u 11 grados, bien fresquitos”. Y añadió: “creo que se podrían hacer buenos tintos con mencía con un poco de alicante, prieto picudo y algo de jerez (palomino)”. Mi abuelo fue tabernero y viticultor. Como otros muchos del Valle del Jamuz, tenía la tradicional bodega enterrada en un viñedo de su propiedad. Hasta hace 50 años no era casualidad que, tanto en las referencias literarias como las viajeras, los claretes de aguja de la subzona de La Bañeza fueran el santo y seña vinícola de la provincia de León, incluso, por encima del Bierzo. Es posible que fueran los más ligeros y apetecibles porque se incluía la mencía con otras castas.  El Valle del Jamuz estaba integrado en esa subzona antes de constituirse la D.O. que, en aquellos años, se llamaba Comarca de León. 

Hace 4 años busqué en la D.O. León las bodegas en las zonas donde se cultivaban estas dos variedades. Una en la de Julio Crespo en la frontera con Palencia, que no alcanzaba los valores que suponía y, al oeste de la D.O, en el Valle del Jamuz, donde en 2013 nadie elaboraba ni embotellaba. Hablo de las mencías sutiles, abiertas de color y aromáticas que se parecieran a las de los barrancos altos del Bierzo, entre 800 y 900 metros de altitud, en donde la familia Palacios y Raúl Pérez tienen sus joyas. Ese elegante ensamblaje lo encontré en el Jamuz, en Fuentes del Silencio, cuyas viñas se hallan precisamente a esa misma altitud, aunque mucho menos abrupto, entre los más altos de Torneros de Jamuz y los más bajos de Herreros de Jamuz.

La expectación por la zona está servida. José Gordón, patrón del Restaurante El Capricho, ha adquirido algunas viñas y está construyendo una bodega subterránea inspirado por su amigo Miguel Ángel, pero sin perder de vista a sus potentes y ancianos bueyes. A pocos kilómetros se halla la finca de Gaspar Luengo, Villa María, famoso por sus legumbres, que se anticipó plantando cabernet sauvignon y merlot; y Luismi, propietario del conocido restaurante La Hacienda, en el kilómetro 303 de la A6 en la Bañeza, al que convencí para que plantara en las 35 hectáreas propias mencía y prieto picudo en vez de syrah.  A buen seguro que ambos acabarán por seguir los pasos de Fuentes del Silencio.

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