Mis disquisiciones sobre Primeur 2018

Estas reflexiones me atraparon la semana pasada, después de varios años asistiendo a este mercadeo fino del vino bordelés en el “campus” de los chateaux. Allí, donde las bodegas de postín se ponen las mejores galas para presentar, mejor dicho, vender el vino bebé de la última cosecha, en este caso la 2018. Se compra, se paga por adelantado a un precio lógicamente más barato, pero no se lleva.  Al vino le falta pasar la pubertad de dos años en barrica y botella encerrado en el silencio del chateaux antes de ser físicamente exportado en contenedores.

¿Quién compra estos vinos a medio hacer? Pues negociantes, importadores, inversores, algún banco, compañía de seguros o algún jeque aburrido de no saber qué hacer con el dinero. Entonces ¿Qué hago yo aquí? Ni soy comprador ni tampoco me veo con la fuerza suficiente como para diagnosticar el futuro de un vino a base de mancharme las comisuras con antocianos y el rechino de taninos sin pulir. Vinos que poco tienen que ver con la botella descorchada dos años después, modelo al que estoy acostumbrado por mi condición de informador. Tampoco fui para ver y ser visto porque mi tiempo del business ya pasó. Ni para beber los grandes vinazos de la misma cosecha, dado que podrían afectar la media de una calidad “muy buena” que mis sabios contactos me anticiparon en el otoño pasado y, por lo tanto, lo que motivó mi viaje.

¿Cómo son los vinos en este estado de precocidad? Los vinos son engañosamente potentes por la presencia del tostado del roble sin armonizar con el resto, las sensaciones fenólicas de los encubados (taninos y color) recientes enmascaran la amplitud y complejidad aromática de la fruta, ya que la mayoría de los vinos no se han estabilizado totalmente por clarificación estática. Dos años más tarde, se funde el tostado de la madera y la fruta, que resucita, y la microoxidación de 10 meses más en barrica con taninos menos mordientes. La intensidad aromática de su rabiosa juventud disminuye a favor de los rasgos más elegantes y complejos de la botella.

La representación bordelesa

Este circo de vender a futuro pertenece a la segunda parte de la representación bordelesa de sus vinos. La primera fue Vinexpo en sus primeros años. Louis Moliner fundó en 1981 este encuentro mundial del vino sobre el tejido ya montado de Vinitech que se creó cuatro años antes. Empresario de origen franco catalán, tenía contacto con la Cámara de Comercio de Bilbao y, a la vez, esta entidad lo tenía con la de Burdeos por las antiguas relaciones comerciales entre estas dos ciudades. La primera edición de la feria ocupaba la mitad del pabellón principal del llamado “kilómetro”. Echó un capote naturalmente Chaban-Delmas, el eterno alcalde de Burdeos antes de ser Primer Ministro francés, y la Cámara de Comercio de la ciudad. Mientras que Louis pensaba que el imán del vino bordelés generaría visitantes, compradores y vendedores, lo cierto es que los grandes chateaux no veían con buenos ojos que la feria empañara el refinado y exclusivo universo bordelés de los “Grand Cru Classé” y por eso no participaron en la primera edición. El éxito de Vinexpo fue tal que dos años más tarde decidieron rectificar. La sospecha del sector se materializó a medias ya que, si bien la magnitud y participación mundial de la feria no dejaba a los compradores el tiempo suficiente para conocer en profundidad los vinos girondinos, lo cierto es que muchos nuevos compradores tuvieron la oportunidad de conocerlos sobre el terreno a pesar de que apenas disponían de 48 horas para la visita, perturbando en cierta manera las grandes soirée y mundanas cenas organizadas en los diferentes escenarios palaciegos.  

En cambio, la venta de vinos en Primeur que se celebra en los primeros días de abril en un gran número de chateaux, permite al comprador acercarle más sosegadamente al mundo enológico bordelés.  De toda la vida, la venta de Primeur ha sido una práctica profesional entre bodegas, negociantes y compradores, sobre todo del Reino Unido, Bélgica y algún americano, pero que apenas tenía resonancia mediática. Hasta que un día el ya mítico Robert Parker vaticinó en primeur que la cosecha 1982 sería soberbia y, a partir de ese momento, los compradores americanos, los más importantes entonces, comenzaron a acudir a esta fiesta del vino.

Château Dauzac

Cuando la Revolución Cultural deja paso a la revolución capitalista, los chinos con la avanzadilla de los japoneses comienzan a acudir en oleadas. Jóvenes compradores llegaban en sendos Mercedes y Audi alquilados en las principales agencias del ramo para recorrer los distintos aparcamientos embarrados de los chateaux, algunos de ellos situados en las viñas a medio kilómetro de las salas de degustación. Las entradas y salidas de los degustadores de los diferentes chateaux me recordaba el recorrido de iglesia en iglesia de las estaciones de Vía Crucis de Semana Santa. En cada mesa te servían amablemente la 2018 pero con la difícil maniobra de escupir en las barricas separadas de las mesas, ocultas por el gentío y habilitadas para dicho fin.  Me pregunto qué futuro le queda al Primeur cuando los precios no se disparan como antes y la demanda se va dispersando entre las excelentes opciones de las zonas segundonas del Bordelais. El fin de la era Parker va engrandeciendo su figura en el recuerdo, cuando ya ha dejado de catar los burdeos y los compradores van perdiendo una referencia importante. No hay que olvidar que este mercadeo ha funcionado mejor con una demanda superior a la oferta y que, en los últimos 8 años, va disminuyendo.

Bordeaux 2018

A Burdeos voy menos que antes porque hoy uno está más entretenido en casa con la soberbia calidad de nuestras etiquetas. Recuerdo en los Setenta, de bastantes idas y venidas a la Meca del vino para no perder la referencia comparativa de lo sublime, cuando al volver a España me tocaba catar los nuestros. Ya no existen aquellas añadas de 12º a lo sumo, con taninos explosivos, que salían a la venta después de 4 años. Vinos con pH bajísimos para comprar y guardar en botella sin fecha de caducidad. Cuando hace dos semanas me propuse acudir a Burdeos para catar la cosecha 2018, mi intención, como dije antes, era pulsar la calidad de los grandes cru, pero sin incluir los míticos que, por excepcionales, son casi iguales todos los años entre los 97 y 100 puntos. Solo me tentaría el placer personal de alegrar mis papilas, pero no obtendría la puntuación media de la añada y, por ello, no pedí audiencia de antemano a los grandes señores del vino bordelés.

El resultado fue -como ocurre en todos los vinos en los últimos tiempos- de una excelente regularidad. De la mano de la Unión des Grands Crus de Bordeaux, me moví entre Saint Emilion, Pomerol y los Margaux, Pauillac, Saint-Estèphe, Graves y Pessac-Leognan del Medoc.  También acudí, como todos los años, a ver a mi amigo Jean-Luc Thunevin en su “garaje” de la Rue Vergnaud. En el reino del cabernet sauvignon (las apelaciones de la orilla izquierda) los tintos eran suculentos, potentes, con taninos más dulces que antes y, por tanto, más llevaderos, de intenso color y, como corresponde a su cata precoz, sin ensamblar el gusto de maderas aromáticas con expresiva fruta madura. Cuanto más importante era la marca, más cerrado en nariz. Lo más sustancial fue la gran persistencia de los sabores después del trago. En cuanto a los tintos del Libournais (Saint Emilion y Pomerol), siempre son más amables y expresivos y, en esta ocasión, no era la excepción. La merlot y cabernet franc son uvas con taninos más “dulces”, grasos, sabrosos y, para quien no conozca estos vinos, en comparación con los más austeros del Médoc, son más atractivos.

Algunas marcas

Caté más de 110 vinos, aunque los mejores fueron los de siempre, calificados entre 93 y 96 puntos. En Pessac-Leognan, Carbonnieux, un blanco con acidez afilada y elegante, aunque me parecieron mejores los tintos. Otro tanto con el blanco de Domaine de Chevalier y su tinto, que aparecía muy hecho, con elegancia y complejidad. El pomerol Château Le Bon Pasteur, intenso de color con toques de chocolate lácteo, con cuerpo y sabroso, el mejor que he probado en estos últimos años. En Margaux, excelente Château Giscours, con potencia, rico en rasgos fenólicos, con tostados finos; Château Kirwan, elegante, con taninos secos pero finos y Ch. Lascombes, amplio, lleno, tánico, sabroso, con una austeridad elegante. En Pauillac me gustaron Château Lyin-Bages, Pichon Longueville “Comtesse de Lalande” y Pichon Barón. En la zona de Saint Estèphe, el Chateau de Pez. En Saint Emilion fueron los de Thunevin con Château Valandraud, que se adornaba con la concentración más noble que he bebido en los últimos años, y Domaine Virginie Thunevin, más suave y elegante, fueron los que más me cautivaron.

Saint Emilion

En resumidas cuentas, Burdeos sigue vivo con la liturgia enológica bien aprendida desde hace siglos. No ha perdido el refinamiento que siempre le ha sobrado. La sociedad bordelesa es menos hermética que antes. La globalización en la producción y en los gustos logran colmar las apetencias de cualquier comprador porque, a diferencia de antes, las oportunidades se han ampliado a zonas de la orilla derecha del Garona que en otros tiempos ni siquiera merecían la visita. Existe una mayor regularidad de cosechas que antes, no hay tan malas ni tampoco aquellas sublimes que me parecían antaño en comparación con las mediocres. Se hacen nuevos negocios entre importadores asiáticos menos versados en la compra de viejas cosechas de años corrientes porque lo importante para ellos son las etiquetas de los grandes nombres. ¡Ah!, lo más importante: la cosecha 2018 es mejor que la precedente.

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