Diez vinos que me sorprendieron en 2019

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Este pasaje no trata de los vinos que más me gustaron porque esta sensación abarca a un gran número de marcas y posiblemente coincide con la mayoría de los profesionales, de los buenos aficionados y, sobre todo, con las evaluaciones de la Guía Peñín. De lo que voy a tratar es de citar aquellos vinos que, presintiendo lo que, copa en mano, voy a llevar a mis sentidos, el resultado, aunque a mejor, no me lo esperaba, no tanto por su calidad, que la doy por muy buena, sino por su diferencia.

No me ha sido fácil reunir a 10 vinos con este porte. No es que mis ojos se queden como platos ante el golpe palatial, pero tantos años catando y desde mi percepción más racional que emocional, me ha permitido saber de antemano lo que me voy a encontrar en la copa con la información del territorio, el clima, graduación alcohólica, la forma de elaboración, crianza, la variedad y aún mejor si sé quién es el enólogo. Por otro lado, dispongo además de la enorme ventaja de contar con el cartesiano equipo de la Guía bajo la ponderada dirección de Carlos Gonzalez que me pone al día después de beberse cada año la España entera.

En este listado podían aparecer también vinos de puntuaciones más modestas e incluso baratos con un destello inesperado en relación con su precio. Por lo tanto, no necesariamente deben figurar en lo más alto del podio.

1.- 1902 Centenary Carignan 2015 Tinto (D.O. Ca. Priorat)

Lo que creía: Los monovarietales de cariñena o son muy maduros con menor expresión varietal para esquivar los taninos más o menos rústicos o, todo lo contrario.

La sorpresa: La rareza de combinar elegancia y potencia con expresión frutal y especias finas no la esperaba de un cariñena.

2.- Arzuaga Albillo 2007 Blanco (D.O. Ribera del Duero)

Lo que creía: No esperaba gran cosa de la albillo mayor, una uva que siempre me pareció desconectada de la riqueza de la albillo real de Gredos sin grandes matices y más al ser tan viejo.

La sorpresa: Cuando supe que era un rescoldo de Jorge Monzón (Dominio del Águila) cuando trabajó en la bodega de Arzuaga, ya comprendí hasta qué punto el talento humano supera el retrato del arquetipo y piensas que no hay uva de segunda categoría. Incluso mi sorpresa ha sido su capacidad de envejecer. Un vino radiante, pleno de recuerdos de hierbas secas, hidrocarburo, frutos secos.

3.- Viña Tondonia Rosado Gran Reserva 2008 (D.O. Ca. Rioja)

Lo que creía: Para un rosado tan viejo solo podía presentir un vino cargado de roble con fruta apagada en evolución y con la incomprensión de cómo es posible que se comercialice un rosado con la larga crianza de “gran reserva” y tan viejo.

La sorpresa: Sin duda es un rosado de otra liga. Me acordé de los antiguos claretes de Cigales envejecidos en roble que hoy nadie elabora. Posee el misterio del tiempo en botella cuyos rasgos reductores se funden con el vino, con recuerdos marchitos, con una riqueza de aromas de reducción y cuero con leves y elegantes taninos, un gran vino para un gran menú.

4.- Canta la Perdiz 2015 Tinto Reserva Particular (D.O. Ribera del Duero)

Lo que creía: Dos modelos de tintos subyacen en la Ribera, el que llamo como “ribera del lechazo”, corpóreo, fruta madura y roble y el elegante, sutil y complejo que ofrece un suelo de componente calcáreo. Cualquiera de los dos podría haber sido.

La sorpresa: Ni uno ni lo otro. Lo que me encuentro es un vino más “salvaje” sin dejar de ser elegante, modelo biodinámico, terruño, otro sabor. Posiblemente como los antiguos riberas multivariables más abiertos de antocianos, fruta sabrosa y guiños balsámicos de madurez contenida y rico en expresión frutal y varietal. Un ribera de antes de los pesqueras con las antiguas mezclas de tinto fino, bobal, garnacha y albillo.

5.- Turo D’en Mota 2006 Brut Nature (Cataluña)

Lo que creía: Siempre me persiguió la idea de los cavas de Recaredo asomaba cierto perfil de evolución como los cavas tradicionales que en otros tiempos destacaban en esta marca.

La sorpresa: 13 años desde la viña a la copa es mucho tiempo para que el vino se sostenga con la finura, la burbuja acariciante y cierto tono floral. Como los grandes champanes históricos. Creía que quienes sabían de vejeces en espumosos eran los de Gramona. Su color dorado pero iluminado de brillantez denota la frescura aún latente con apuntes de fina evolución con sus lías.

6.- Clunia Malbec 2016 Tinto (Burgos)

Lo que creía: Con un viñedo cerca de los 1000 metros de la altitud castellana sospechaba un facsímil de los malbecs del Mendoza argentino donde la elevada maduración y la chispa de acidez podría ser todo el mensaje de este tinto.

La sorpresa: Mi pasmo fue que sin ser el clásico malbec herbal de Cahors ni tampoco el soleado mendocino, el tinto era un excelente cruce de los dos territorios, fresco, maduro, pero también balsámico y elegante, quizá se deba al suelo calizo, el mismo de los elegantes malbec del Altamira argentino.

7.- Fuentes del Silencio las Quintas 2017 (León)

Lo que creía: Los tintos de la planicie leonesa se elaboran en un 98 por ciento con la uva prieto picudo. Una cepa que transmite potencia, con taninos algo rústicos, aunque sabroso en su conjunto. Sospechaba una muestra más o menos cuidada de esta variedad.

La sorpresa: Lo que no me imaginaba es que el vino procedía de una zona prácticamente salvaje y alta, casi al límite de cultivo, donde apenas se plantaba la prieto picudo y si la mencía sabiamente combinada con garnacha tintorera y algo de la blanca palomino, con un terruño de arena y pizarra proporcionando un tinto de inusitada elegancia, muy parecido a los tintos de las cotas altas del Bierzo de las mencías de Ricardo Palacios y Raúl Perez.

8.- V.O. Cal 2018 Blanco (D.O. Bierzo)

Lo que creía: De una godello berciana espero un buen blanco varietal, frutal, fresco, sabroso, pero sin la mineralidad y complejidad de los Valdeorras.

La sorpresa: Es una tercera vía conjuntando la elegancia y afilada acidez de un insólito terruño calizo con el toque silvestre y radical de la crianza en ánfora y casi sin sulfuroso.

9.- Albanto Veinte Kilos 2017 Blanco Dulce (León)

Lo que creía: Muchos bodegueros tienen el capricho de hacer un vino dulce, ya sea blanco o tinto. En general las aventuras de esta especie no dejan de ser excelentes mistelas, con sabores auvados sin la complejidad de las excelentes y viejas malvasías dulces de Canarias o los moscateles de Alicante o Málaga con alguna excepción en Navarra.

La sorpresa: No podía imaginarme que de la uva albarín secada entre hojas de periódicos en las partes altas de la bodega, naciera este vinazo pletórico de complejidad comparable a los mejores pasitos italianos y sin pasar por roble. ¿Cómo sería este vino con una crianza en madera? Soberbio.

10.- Niño Perdido Madre N.º 5 Rancio

Lo que creía: No esperaba más que un vino apoyado en una larga oxidación a la vista de la tradición aragonesa de las pajarillas como vino secundario en manos de las cooperativas sin la experiencia que poseen los bodegueros catalanes en el “ranci”.

La sorpresa: Pertenece a los vinos olvidados en un sinfín de bodegas familiares que pueden morir avinagrados o este que sobrevivió al amparo de la inteligente enología. Una garnacha con atisbos de volátil, barniz, avellanas, rico en especias, complejísimo, donde se entremezclan notas de pastelería y una panoplia de frutos secos, un milagro que probablemente sintieron los mismos que la recuperaron.

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