¿Reinventar las denominaciones de origen?

Las Denominaciones de Origen, como su propio nombre revela, nacieron en un principio para proteger los intereses socioeconómicos de los vitivinicultores de cada uno de los territorios demarcados. Hoy, cuando la calidad está primando sobre todo lo demás, las nuevas realidades nos llevan a preguntarnos ¿hay que reinventar a las denominaciones de origen para adaptarse a los nuevos tiempos?

En junio de 1993 publiqué un editorial sobre si las D.O. aportan o no prestigio. Recojo un párrafo del mismo: “El problema comienza cuando la rígida estructura de la D.O. (necesaria en algunos apartados, en otros no) mide a todos bajo el mismo rasero en cuanto a la contraetiqueta, sin tener en cuenta el valor histórico de estas marcas a la hora de la promoción externa, ni comprensión de que éstas intenten buscar fórmulas mejorantes para sus vinos más allá de las exigencias legales que, a veces, no están contempladas en el Reglamento. Si estas casas legendarias abandonaran la D.O. no creo que les afectara lo más mínimo en su cuenta de resultados”. Entonces ¿por qué las firmas históricas no han abandonado sus respectivas D.O. que podían afectar a su prestigio? Sencillamente, porque su reputación es tan notoria que están por encima del nombre de estas zonas, ya que nacieron antes que estas demarcaciones. Y eso que, en aquellos años, no habían aparecido los vinos de terruño, ni bodegueros identificados con el no intervencionismo vitivinícola, ni los conceptos ecológicos, temas todos ellos que ahora están en el debate.  

Veinticinco años después, a las denominaciones de origen les están naciendo hijos díscolos que se rebelan contra la uniformización, intervencionismo y colectivización de estos organismos que impiden la jerarquía de marcas según su calidad y singularidad. A la reciente huida de la D.O. Cava del colectivo Corpinnat hay que añadir la de algunos cavistas que hace unos años prefirieron pasar a la D.O. Penedés bajo el nombre de “Classic Penedés”, además de las salidas individuales de Raventós i Blanc o Artadi de la denominación riojana. Sin embargo, esta desbandada ha precipitado un cierto acercamiento del Reglamento de dicha D.O. a las propuestas de esta firma alavesa.

Las D.O., sobre todo las más grandes, son transatlánticos cuyos movimientos son lentos y la modificación de las reglas para un colectivo tan grande y de diferentes intereses requiere su tiempo, pero no es menos cierto que, para estas firmas rebeldes, resultó demasiado largo. También es innegable que, comparando la rigidez de estos organismos hace 20 años con la flexibilidad y comprensión de hoy (Rioja, Bierzo, Priorat y, recientemente, el Cava), cabe augurar un futuro más optimista de integración. Creo que, cuando la mayoría de los miembros del Consejo Regulador acepten estas nuevas reglas, será porque entenderán que este modelo jerárquico dará más prestigio al conjunto de la D.O. a medio y largo plazo, aunque a corto plazo suponga algún sacrificio. Esta cúspide de la pirámide que solo representa un escaso 5 por ciento de la facturación se convertiría en las prestigiosas locomotoras de los segmentos medios y bajos de la tabla.

Es cierto que los acuerdos en los consejos reguladores son democráticos y, por regla general en el caso de la Rioja, sus miembros (constituidos por asociaciones de bodegueros y viticultores cuyos votos no son individuales sino que se ponderan en función de las hectáreas de viñedos y volúmenes de producción, así como también el sector comercializador) optan por aceptar unas regulaciones de las calidades globales y no definidas que les permitan minimizar costes y luchar bajo una bandera común en el mercado de precios. Las actuales D.O. protegen y potencian por igual los intereses socioeconómicos de las empresas vitivinícolas instaladas en sus territorios y que, en la mayoría, son productivistas. Pero esto no debe estar reñido con el respeto a las iniciativas concretas de una minoría capaz de producir vinos de alta gama más especiales, permitiendo que se les reconozca a nivel de las etiquetas y contraetiquetas. Estas minorías, cuya capacidad de producción y sofisticación de calidades no está en las prioridades del resto, poseen menos votos que la mayoría. Una mayoría que es refractaria a esa diferenciación en las etiquetas porque esa desigualdad minoritaria hacia “arriba” aumenta la distancia con los de “abajo”. Si no existe ningún distintivo en la etiqueta, la única pista que tiene el consumidor para elegir un vino de calidad es deducirlo por el precio más alto o por el prestigio de la marca; lo cual no allana el terreno a la hora de elegir una botella de vino. Esta cuestión, claro está, no se va a arreglar de la noche a la mañana. Nadie pone en duda que estos organismos buscan el prestigio, pero también hay que reconocer que llegar a este objetivo en bloque es casi imposible cuando solo lo singular es capaz de producirlo. En estos últimos años, la D.O. Rioja es más conocida que nunca y su “etiqueta” genérica es la que más se vende en el mundo, merced a unas eficaces campañas de promoción, aunque ello no implica que tenga más prestigio.

Tipicidad o calidad

Es evidente que los miembros de los diferentes comités de cata suelen ser más o menos indulgentes en cuanto a la calificación por calidad, más en estos tiempos en que el nivel medio es más elevado que antaño; mientras que son rigurosos en la evaluación de la tipicidad. ¿Tipicidad sensorial de una zona como la Rioja con más de 100 kilómetros de longitud y 50 kilómetros de anchura? Puedo entender que una D.O. regule unos mínimos de rendimientos vitícolas además de certificar el origen del vino. Pero también es cierto que los nuevos avances tecnológicos y enológicos dejan obsoletas algunas normativas. No obstante, la D.O. Rioja ha dado ciertos pasos desde los pasados años Noventa, permitiendo la flexibilización de las labores de calidad y crianza de los bodegueros a través de la tirilla genérica de origen sin referencia a las crianzas. Incluso, recientemente se contempla la identificación de “Viñedos Singulares” para unas parcelas determinadas. Lo más lamentable es que, cuando los cambios de las reglas se realizan con sospechosa rapidez, se pueden deber a intereses comerciales, como la adopción de variedades globales y rentables tales como verdejo, chardonnay y sauvignon blanc, cosa que se puso en práctica hace pocos años.

La intervención de estos organismos en la calidad de los vinos de sus respectivos territorios es un terreno pantanoso, dado que los actuales métodos de calidad de algunas bodegas son más rigurosos que los de las D.O. Este intervencionismo tenía sentido cuando se constituyeron las principales D.O. en el primer tercio del siglo XX como defensa al caos que se produjo a partir de la plaga filoxérica, con fraudes por doquier, no solo de origen sino también de calidad. Alcoholes artificiales, mal uso de los productos químicos, abonos artificiales y la mezcla con agua fueron las razones de que estos colectivos territoriales velasen también por la calidad e, incluso, la salud, y de que, para muchas bodegas, el pertenecer a una Denominación de Origen fuese una bendición. Hoy, en cambio, esta situación ya no existe porque las diferencias de calidad entre las zonas reglamentadas son mínimas. 

¿Los vinos de municipios y parcelas son mejores?

En la categorización de los vinos españoles no deberían figurar en la punta de la pirámide los pagos, parcelas, subzonas o municipios, porque la calidad no la determina el lugar sino la interpretación humana de su suelo, microclima y la exquisita elaboración por parte del enólogo. He probado vinos de pago, parcelas, subzonas y municipios con un pedigrí que deja mucho que desear.  No por proceder un vino de un determinado lugar es mejor que los demás, ya que no todas las bodegas de esa localidad están dispuestas a elevar el listón de calidad y, en consecuencia, los precios. Es cierto que, en los municipios más famosos de Burdeos, las diferencias de calidad no son muy distantes entre unos châteaux y otros porque una larga tradición de pequeñas producciones y los elevados precios del suelo “obligan” a producir vinos singulares, lo que justifica la jerarquización de municipios. Pero también se acepta el “bordeaux” genérico ramplón, sin afectar lo más mínimo a los nombres míticos del vino, a pesar de ser ambos del mismo territorio.  A los que invocan que la zona de Champagne no tiene categorías y bien que les va, desconocen que su prestigio colectivo se ha debido al respeto histórico de unos precios mínimos más elevados de las uvas, dejando a las marcas el poder de la diferenciación. En Francia los conflictos agrícolas son un asunto de estado. Y fue precisamente en 1911 cuando se gestó la revolución del Champagne que duró gran parte de ese año, con violentos altercados, interviniendo incluso el ejército.  Los viticultores reclamaban respetar el territorio de vinos intrusos y exigiendo unos precios mínimos de la uva. Fue el comienzo del prestigio colectivo de una zona que, solidariamente, mantuvo unos precios dignos que hoy hacen de esta región francesa la más prestigiosa del mundo por volumen.

En España, más que en Francia, Italia o Portugal, los nuevos emprendimientos vitivinícolas no suspiran por entrar o pertenecer a una D.O. Incluso algunas bodegas con vinos de alto copete eligen registrarse como “Vino de Mesa”. Asimismo, hay gran número de firmas que prefieren que en algunas de sus marcas no figure la D.O., bien por el escaso prestigio del nombre o por tener mayores opciones al incluir otras variedades, inscribiéndose en los territorios regionales, como VT Castilla para los vinos manchegos y VT Castilla y León para los vinos castellanoleoneses. Por lo tanto, en un mercado de vinos de lineales, la D.O. beneficia, mientras que en un mercado de vinos de alta gama y calidad no siempre es así. Lo único que el Nuevo Mundo ha adoptado de los países vitivinícolas europeos ha sido el origen sin reglamentaciones, dejando la calidad como responsabilidad de las bodegas. En California, Australia o en Chile solo figura en sus etiquetas el origen zonal como Napa Valley, Barossa, Maule, etc. 

En resumidas cuentas, flexibilizando sus Reglamentos, las D.O. deben comprender las iniciativas singulares de ese núcleo minoritario de marcas porque al final son las verdaderas locomotoras de prestigio de una zona. Bajo el perfil de “café para todos” es muy difícil elevar el listón global de la excelencia si no se tiene en cuenta la teología de la diferencia. Y es que las D.O. deben reinventarse y adaptarse a los nuevos tiempos.

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