El vino emoción

Se habla mucho de los “vinos emoción”, palabra de la que se abusa muchísimo. Vivimos el absurdo lapso de las emociones llenas de hipocresía ficticias de abrazos, saltos, besos que vemos en la televisión. ¿Cómo es posible que un perdedor de un concurso dé un abrazo emocionado al ganador? A lo mejor es una imposición de los organizadores. Puro teatro.

Hoy en la emoción por un vino no hay saltos ni lágrimas, pero sí un pelín de pedantería. Es ese afán de ser el primero en contarlo en las redes, a ser posible que sea un vino desconocido de “alguien” que lo hace bien. Llega a estar sumido en una emoción desmedida del mismo modo que, cuando tienes una devoción por una canción o interprete, subes el volumen para que lo oigan los demás convencido que van a sentir lo mismo que tú. Te cuesta trabajo creer que esa canción que tanto te gusta y emociona no lo sienta el otro.

En el vino, se establece la teología del gusto palatial que, como en la música, cada uno tiene el suyo pero que, dependiendo del escenario, se manifiesta de un modo más o menos radical. Sí, sí, el escenario cuenta. Si José Antonio Navarrete, el glorioso sumiller de Quique Dacosta, nos sirviera con el Mediterráneo al fondo un vino blanco en una perfecta y estilizada copa de Riedel, lo más probable es que sintamos un gozo que no sentimos cuando lo probamos entre una batería de vinos parejos en una sala de cata, lugar que solo sirve para juzgarlos pero no para disfrutarlos.

¿Qué ocurre cuando, delante de ti, tienes 250 vinos puntuados por encima de los 95 puntos? Lo que sientes es la emoción de un momento irrepetible donde, a partir del tercer vino, la emoción se difumina y aparece la curiosidad. Desciende porque, cuando te sumerges en la excelencia sin la referencia de vinos inferiores, el umbral de la emoción se eleva y ya no vibras. Solo te queda la indagación de encontrar algo muy diferente, una situación muy difícil cuando todos los vinos son excepcionales.

Todo esto viene a cuento cuando hace dos semanas se celebró la “Recata” de la Guía Peñín que no es otra maniobra que catar nuevamente los vinos a partir de los 95 puntos de la edición 2020 de la Guía. Cuando un vino alcanza esa valoración en las distintas evaluaciones hechas en las zonas visitadas, el equipo de cata no las tiene todas consigo ante la gran responsabilidad de bendecir los vinos excepcionales. Para ello, el equipo se siente obligado a pedir a las bodegas una segunda muestra para confirmar, bajar o subir uno o dos puntos todas las glorias juntas de diferentes orígenes, cepas y autores. En esas alturas de la tabla, te la juegas. Tal es la responsabilidad que incluso se catan en las diferentes temperaturas que va tomando la botella desde el descorche. Pues bien, cualquiera de los 250 vinos (allí estaban todos los que son, incluso el vino que estás pensando) sería gozoso beberlo entre un grupo de amigos y encima presumir.  

La emoción se suscita cuando bebemos un vino rompedor e inesperado que nos alegra la mente, el corazón y el paladar, casi siempre cuando uno lo disfruta entre amigos de la misma cuerda. Una sensación que se repetirá más veces cuanto menos experiencia se tiene en catar vinazos. Yo llevo en esto mucho tiempo y he pasado por el mayor número de cambios producidos en el vino español. Si te dicen que hay un rioja excepcional, ya estás preparado porque sabes que es lo normal en una zona famosa. Si te dicen que pruebes un vino excepcional de la desconocida Sierra de Salamanca, en un principio no te lo crees. Pero si es cierto, la emoción será mayor porque no te lo esperas sin perjuicio del cariño que puedas sentir por las zonas olvidadas. Un sentimiento que nace no del objeto, en este caso el vino, sino de las circunstancias que rodean ese objeto. Y es que la emoción por un vino es una sensación íntima y subjetiva que depende –repito- de nuestro entorno, de la atmosfera y con la impaciencia que lo prueben tus amigos. En cambio, la cosa no es lo mismo en una fría y silenciosa sala de catas. Puedes ver el Lago de los Cisnes por televisión y escuchar su música, pero jamás nos emocionaría tanto si no estuviéramos en las primeras filas del Bolshoi. 

En el mundo de la cocina, Ferrán Adrià me emocionó desde 1990 hasta 2005 cuando prácticamente llegó al cénit de su genio. Puso tan alto el listón de la cocina de sensaciones que ninguno ha logrado superarlo. El salto desde la Nueva Cocina Vasca al Bulli fue mayor que desde el Bulli a Diverxo. Ferrán inventó la cocina sensorial, una cocina innovadora tanto en los componentes, texturas e instrumentos de trabajo. Todos los demás han creado platos sublimes, pero al no ser el primero solo me quedo en el placer pero no en la sorpresa. La sorpresa, lo que no te esperas, es la emoción.

En estos tiempos, cuando proliferan enólogos preparadísimos que, por su juventud y ganas de innovar, implica ser luchadores, el vino les impone unas reglas técnicas mucho más estrechas que la cocina y deja poco espacio para la fantasía e innovación. Esto no tiene nada que ver con el hecho de hoy bebamos los mejores vinos de la historia. Quizá sea por esto.

MIS PRIMERAS EMOCIONES

Alguien se preguntará si alguna vez he sentido alguna emoción por un determinado vino desde 1975. Naturalmente que sí. Y más porque, hasta este siglo en el que estamos, se han producido los cambios más importantes en el vino español y cualquier cambio era una razón y, sobre todo, en los primeros 10 años de este periodo. Como ejemplo, voy a enumerar los 4 vinos que me sedujeron y por qué. Vinos que hoy pasan desapercibidos pero que fueron novedad en su tiempo.

Marqués de Cáceres 1970.- Da risa que comience esta relación con un vino hoy lejos de ser fascinante. En 1975, este tinto fue una auténtica revolución. Nadie lo conocía. Por vez primera, el rioja deja de ser un vino ligero, de roble astilloso y sin fuerza frutal para convertirse en el primer vino “bordelés” de España: preeminencia de la fruta sobre la madera y el primer encuentro con el carácter de la tempranillo. En aquellos años, los riojas envejecidos en roble fermentaban en cemento permaneciendo el primer año en estos depósitos para pasar después a las barricas perdiendo en este trance cualquier síntoma primario. Marqués de Cáceres introducía los vinos recién fermentados directamente a barrica. Tuvieron que pasar más de 10 años para que el resto de las bodegas tomaran en cuenta este nuevo modelo.

Palacio de Fefiñanes 1976.- En los setenta, el albariño era un nombre mágico, más conocido por la Fiesta del Albariño del 1 de agosto que por sus vinos. Ninguna marca se elaboraba únicamente con esta variedad, excepto Fefiñanes en su versión “etiqueta dorada” que me acercaba a los buenos vinos alsacianos. El resto eran vinos campesinos. Fue la primera vez que pensé que Galicia encerraría sorpresas si desapareciera la palomino y alicante bouschet como uvas mayoritarias.

Viña Sol 1979.- Hoy este vino es “del montón” pero hay que trasladarse a los últimos años de los Setenta, cuando los blancos eran parecidos a los “naturales” de hoy, bajos de acidez, algo evolucionados y, por lo tanto, sin fruta o criados en roble. No solo fue la primera cosecha de un blanco reseñada en la etiqueta, sino también fue el primer vino afrutado, más ligero y fresco que se elaboraba en España cuando en todo el mundo se decía que nuestro país no era tierra de blancos.

Gran Coronas Etiqueta Negra 1970.- Fue la revolución de la cabernet sauvignon nacional. No solo me impresionó a mí, sino a muchos de mis congéneres. En aquellos años, fue el primer espaldarazo mundial de un tinto español cuando solo sonaba el jerez. En aquellos años, Vega Sicilia era un perfecto desconocido fuera de España. Me gustó por su regusto bordelés de aquellos años cuando en los grandes tintos del Medoc se percibían ciertas notas pirazínicas.

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