Madrid, viña y corte

En los últimos treinta años, los vinos de Madrid han pasado de ser esencia y músculo de otros vinos más débiles a tener hoy identidad propia, capitaneados sobre todo por los terruños de garnachas y albillos de San Martín de Valdeiglesias. En esta ocasión, no hablaré de lo que hoy se cuece en las campiñas madrileñas. Contaré algún fulgor que tuvo en el pasado: los “preciosos” moscateles provinciales y el “caro” de San Martín. El resto eran el exponente más clamoroso del vino corriente.

Y es que las grandes capitales del mundo no pueden presumir de contar con viñedos de fuste. París tuvo el suyo en 1260 bautizado como “el vin de France” porque Francia, en aquel entonces, ocupaba un poco más que la extensión actual de la capital. Vinos que se vendían muy bien en las ciudades de Flandes. Roma quedó en un lugar más digno con los frascati de Castelli Romani, en cuyas profundas bodegas de la capital del Imperio se fraguó gran parte del mapa vitivinícola italiano, pero hoy no quita el sueño a los más ardientes aficionados.

 

LOS VINOS DE MADRID, MADRID

Todo el cinturón de aquel Madrid del siglo XVII que se extendía entre el Retiro al este, el río Manzanares al oeste, el final de la calle Hortaleza al norte y al sur los primeros descampados de Atocha, estaba poblado de viñas, como no podía ser de otra forma. El final urbano de cada punto cardinal lo establecían las “Puertas”. Al norte, la Puerta de San Fernando; al este, la Puerta de Alcalá; al sur, la Puerta de Atocha; el camino de Toledo lo delimitaba la Puerta del mismo nombre y, al oeste, lo que hoy es la Ronda de Segovia, la Puerta de la Vega. La calidad de sus vinos dependía del esmero del bodeguero y no tanto de la situación geográfica de sus cepas o suelos.

Miguel Herrero García, en su libro “La vida española del siglo XVII”, citaba los vinos de moscatel que se extendían por las lomas fluviales del Manzanares de Carabanchel de Abajo y en la plana de Carabanchel de Arriba. Unos vinos que, ya en el libro de "Alcaldes de Casa y Corte", editado en 1615, los ponía por las nubes. No eran menores los elogios de Antonio Ponz en su “Viage de España”, editado en 1789, a los viñedos de moscatel entre Fuencarral y Alcobendas. Unos años antes, el inglés Townsend comparaba los dulces moscateles de Fuencarral con los más secos de San Martín de Valdeiglesias. Y es que esta localidad, hoy absorbida por la capital, tenía fama de la pureza y sequedad de su clima expuesto a la influencia de la sierra. El último recuerdo han sido los hospitales regenerativos que, desde la antigua Carretera de la Playa (hoy Cardenal Herrera Oria), partía desde el río Manzanares hasta el pueblo de Fuencarral.

En cambio, el vino garnachero de Alcobendas no era para lanzar cohetes. Fue preferido por los Trinitarios Calzados de la Corte, no tanto para su consumo eclesiástico, sino para los menesterosos que acogían piadosamente. Los viñedos de moscatel siempre han preferido las zonas enlomadas y despejadas, expuestas al viento y al sol, impidiendo la humedad. Madrid encajaba perfectamente con su clima seco y no sería extraño que sus vinos fueran tan apreciados incluso para elaborar las carraspadas, un vino cocido o arropado mezclado con miel y especias que se bebía en la ciudad como vino medicinal. Los primeros pasos en la construcción del aeropuerto de Barajas fueron el arranque de un viñedo sano, soleado y ventoso capaz de aguantar las acometidas climáticas que pudieran afectar a la sanidad de la cepa. Fue uno de los principales proveedores capitalinos de vino corriente.

Durante mis primeros años enológicos por los años setenta, tuve la ocasión de entrevistar al último viticultor de Fuencarral, el cual me contaba que su tatarabuelo producía exquisitos moscateles que, con el tiempo, dejaron de ser rentable. Su producción era garnachera, limitándose a alimentar las antiguas tabernas y restaurantes de esta localidad para acompañar la excelente ciencia del típico conejo al ajillo que se cocinaba y se cocina por allí.

Hasta bien entrada la década de los setenta del pasado siglo, los vinos suburbanos prácticamente habían desaparecido a la misma velocidad de la expansión de la capital con la conversión de suelo rústico en urbano. En mis primeros paseos con coche prestado, allá por los años sesenta, llegué a contemplar algunos majuelos en Carabanchel Alto, Majadahonda, Galapagar e incluso Torrelodones.

Cuando desaparecieron estos viñedos, fue necesario abastecerse de localidades más apartadas. Se podía dibujar en el mapa madrileño gigantescos triángulos cuyo vértice común era la Puerta del Sol. Al este, por la calle de Alcalá y la antigua carretera de Aragón, se bebía vino de Arganda cuya influencia llegaba hasta el eje de Atocha, bebiéndose en las tabernas de Manuel Becerra, Ventas, Pacífico y Vallecas. Todo el sur de la capital, era el feudo de los vinos de Noblejas, que distribuía los garrafones en una cuña abierta en los arrabales de Embajadores hasta Tirso de Molina; mientras que los vinos de Méntrida y de algunos municipios de Toledo, San Martín de Valdeiglesias y Navalcarnero se vendían en la Cava Baja, Calle Toledo hasta Sol. Recuerdo ver de pequeño en los años cincuenta, las camionetas de auto-venta cargadas de garrafones, algunos pocos pellejos y botellas retornables que, hasta que no los vendían, no regresaban a sus bases.    

EL GRAN VINO PRECIOSO:  EL “SANMARTÍN”

Desde el Siglo de Oro hasta la primera mitad del siglo XIX, no ha habido ningún escritor afamado y desconocido que no haya mencionado los llamados “vinos preciosos” que se elaboraban con la cepa albillo en San Martín de Valdeiglesias. Un vino no muy dulce, pero que adquiría un gran peso y complejidad en la crianza más o menos oxidativa, con un agradable regusto rancio. Uvas doradas por su rápida maduración, al ser una variedad temprana y unos suelos arenosos cargados de sílice, que aún potenciaba el grado alcohólico y que impedía la fermentación completa, dejando un apreciable y fino regusto dulce y meloso. Un “sanmartín” en boca de aquellos consumidores otorgaba cierto estatus a quien lo bebía. El siglo XVI marca en España el inicio reglamentario de los vinos municipales y una de las vedettes entre los tostados de Ribadavia y los generosos de Tierra Medina fue el vino de San Martín.

Los vinos solían envejecerse en Ávila, lugar donde se hallaban la mayor parte de sus comerciantes. La altitud de la ciudad teresiana, con temperaturas inferiores a 30 grados, facilitaba envejecimientos más sosegados que los de Medina. El fenómeno del feliz añejamiento elevó la cotización hasta hacer famosa la frase “vino de San Martín encerrado en Ávila vale más que un florín”. Segovia, su mercado principal, llegó a exigir que solo las tabernas muy especializadas pudieran vender este néctar. En el año 1647, Vizcaya no era ajena a la seducción del vino madrileño, pues entraba por la puerta grande de las más acreditadas tabernas de la provincia. Su “divinidad” quedo reflejada en el divertido pasaje de Tirso “La Santa Juana”, donde en un espíritu de ciega devoción se confundía al San Martín parroquial con el sanmartín vino.

Sin duda, aquel glorioso y ambarino vino blanco fue capaz de hacer suspirar a Miguel de Cervantes, Vicente Espinel, Juan Ruiz de Alarcón, Lope de Vega, como también a los viajeros ingleses del XVII, como James Howell, Williams Edgeman o Lady Anne Faushawe.

 

NAVALCARNERO: LA EXCELENCIA DEL GRANEL

Cuando empecé con el vino, me enteré de que Navalcarnero contaba con vinos tan sabrosos que para beberlos había que visitar sus mesones. Tintos densos, opacos, alcohólicos, para beber en jarra. Viñas sobre terrenos arenosos y, en consecuencia, de baja producción, con variedades como la “negral” o “Tinta de Navalcarnero”, una uva tintorera que manchaba el vaso e ideales para combinar con otros más débiles o, simplemente, para mezclarlos con agua en las tabernas madrileñas. El fuerte prensado de la uva para dar más color al vino dejaba la parte sólida del racimo completamente seco hasta tal punto que, en el siglo XIX, este municipio llego a contar con el mayor número de destiladores de orujo en proporción a su producción no solo de la provincia sino también de España. En el año 1849, según Madoz, el vino era casi la única fuente de ingresos.  

El principal artífice del comercio a granel fue Francisco Casas Gómez, nacido a finales del siglo XIX, que supo mejor que nadie “exportar” a Madrid sus vinos en carretones y en tren cuando la línea férrea Madrid-Almorox estaba en su apogeo. Sus sucesores extendieron esta práctica por toda España hasta tal punto que los vinos de Navalcarnero, con Toro, Almansa y Priorat, se hallaban en el firmamento de los mejores graneles de España hasta bien entrado los años noventa del pasado siglo.

Hasta hace 30 años, existían en Madrid tabernas especializadas en vinos de determinados municipios madrileños. En el caso del vino de Navalcarnero, algunos parroquianos no se fiaban del menor color y aguado que ofrecían las tabernas capitalinas. Por eso, triunfaron los vinos de los mesones del pueblo de Navalcarnero como atracción de fin de semana.

 

ARGANDA: EL TEMPRANILLO SECRETO DE RIOJA

Antes de inaugurarse el ferrocarril de Madrid-Arganda en 1886, el vino de Colmenar de Oreja, Arganda y Torrejón resultaba de la anarquía de un viñedo entremezclado de garnacha, jaén o malvar, de generosa producción y fácil venta en la capital debido a sus precios más bajos. Esta cepa se extendería en la primera mitad del siglo pasado por todo el este de la provincia llegando a las zonas alcarreñas. Guadalajara, sobre todo Mondéjar, llegó a contar con más del 50% de tempranillo con algo menos de malvar. Los antiguos “claretes” de Arganda no eran otra cosa que la mezcla de tinto y blanco de la variedad malvar.

El vino de Rioja disparaba sus precios y, en 1952, en plena expansión del cooperativismo franquista, se construyen algunas bodegas que producían vinos a caballo del tinto manchego mezclado con airén y malvar y los tempranillos con ínfulas riojanas. Alguna de ellas, como la cooperativa de Chinchón, fue alquilada por Bodegas Faustino y toda una corte de mayoristas embotelladores riojanos, como José Murua Villaverde, Martinez Bujanda, Bilbaínas o Berberana, los cuales no encontraron un vino tan barato y tan parecido al rioja.

 

EL MOLAR: ANCESTROS MONACALES

La zona formaba parte del Alto Jarama y, como todos los ríos de España, en sus orillas se extendían las huertas y, en las lomas circundantes viñas cuyos vinos, se consumían localmente o a lo sumo se vendía en las zonas de la Sierra Norte. En el Catastro de 1976, aparece con más de 800 hectáreas con mayoría garnacha seguida de la variedad jaén, la más abundante de la provincia.

Su historia vinícola tiene una gran relación con los frailes cartujos procedentes de las abadías de Scala Dei en Tarragona y Porta Coeli en Castellón, constituyendo su sede en el Monasterio del Paular. Antes de la Desamortización, los monjes eran dueños de un gran número de granjas agropecuarias distribuidas por varios municipios de la provincia, siendo la vega del Jarama, con los cultivos de regadío y sus laderas con numerosos viñedos, el valor productivo de la Orden monástica. El cooperativismo impulsado por Franco afectó a más de 40 bodegas que se asociaron a la Cooperativa Comarcal de El Molar, que aún subsiste gracias al comercio de graneles a los que se dedicó hasta hace bien poco. Aún se pueden contemplar en los alrededores de esta villa un gran número de pequeñas bodegas excavadas en las lomas y que, en la actualidad, se utilizan como merenderos y pequeños restaurantes.  

Panorámica de El Molar

ALCALÁ: EL VINO UNIVERSITARIO

Esteban Azaña y Catarineu, que vivió en el siglo XIX, describe en su historia de Alcalá que, en el siglo XI, existía un vino que se llamaba La Tercia de la Magistra, una bodega que tenía ciertos privilegios reflejados en sendos pergaminos que, siglos más tarde, obtendrían menciones en algunas de las exposiciones vitivinícolas que se pusieron de moda a partir de la segunda mitad del Diecinueve. Alcalá tuvo su vino como cualquier municipio y, naturalmente, fue beneficiado por las medidas proteccionistas que se promulgaron a partir de la irrupción del clero en la vida económica del país.

La historia del vino de Alcalá pudiera tener un perfil significativo más por la labor científica de la elaboración y crianza que por el mero hecho de contar en otros tiempos con un extenso viñedo. Una práctica que solo podía ser el resultado del nivel cultural de una ciudad que creció en torno a su Universidad. Una universidad latente y vitalista que llegó a editar, en 1600, la espléndida obra de Diego Gutierrez de Salinas “Discursos del pan y del vino del Niño Jesús”, del que se referenciaron en varios textos de agricultura. Los viñedos lógicamente más apartados de la zona fluvial del Henares se extendían por los términos de Meco y Camarma.

Arsenio López Huerta, historiador y exalcalde de Alcalá de Henares, escribió un espléndido artículo sobre la historia del vino de Alcalá. Después de rebuscar en los archivos municipales encontró un ejemplar de la Geografía Blaviana editado en Amsterdam donde se describe un territorio -el de Alcalá- ameno y fértil en donde se producía un exquisito vino de moscatel. Vino que, según el libro citado de Miguel Herrero, señalaba como el mejor de la provincia superando incluso a los de los Carabancheles.

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