Vinos inspirados por el Duero

Si el río Duero no existiese, los vinos del territorio serían mesetarios, muy maduros y ácidos, pero sin la magia edafológica que proporciona el arrastre de las aguas del río y, por lo tanto, con toda una sucesión de suelos diferentes, además del refugio térmico que proporciona el valle y los recodos. Esto es lo que ilustran los ríos y que hacen grandes a los vinos europeos.

Los vinos del Duero hay que dividirlos entre los que se hallan en su cuenca (Rueda, Cigales, León, Tierra del Vino de Zamora y Benavente) y los que “beben” en sus orillas (Toro, Arribes y Ribera del Duero), cuyos suelos son tan variados como el paisaje fluvial del río. Es cierto que en ninguna de ellas el Duero se pasea majestuoso, excepto cuando alcanza los bancales del Douro portugués. Suelos que van desde las arcillas arenosas de Soria, pasando por los pedregosos de las tierras de Burgos, con las excepciones de Roa, La Horra, Pedrosa y la Aguilera con sus elegantes tierras arcillo-calcáreas. Este mismo perfil continúa Duero abajo con Peñafiel, Pesquera y Quintanilla, en la provincia de Valladolid, cuando el río se encajona, para continuar con las tierras arenosas y pedregosas de Toro y terminar con los granitos y pizarras de los Arribes.

Javier Luengo, periodista y editor de la Guía Peñin, hace un resumen muy efectivo sobre la actualidad de la Ribera del Duero, Toro y Arribes después de haber catado con el equipo 789 vinos en la Ribera del Duero,  242 en Toro y 35 en Arribes , vinos que representan más del 80% de las marcas totales de estas zonas, por lo que cualquiera se puede hacer una idea clara del momento actual de sus vinos.   

Luengo expresa con exactitud los fantasmas que todavía persiguen a muchos bodegueros, como es el exceso de madurez de la uva y la sobrecarga de madera. Pesquera fue el pistoletazo de salida de este modelo, pero con el gran atributo de sus inmejorables viñedos calizos que muchos no tenían y creando un estilo que se generalizó en la Ribera.

En la Guía Peñín de 1990, aparecían poco más de 25 bodegas mientras que hoy son algo más de 315. La frenética expansión en los noventa se debió a la variedad “tinto fino”, o sea, la tempranillo ribereña, una cepa que podría desarrollar a la vez madurez de una suficiente insolación y una refrescante acidez que no tenía la Rioja en aquellos años. Sin embargo, este señuelo fue peligroso porque las miles de hectáreas de tempranillo que se plantaron en los últimos 30 años procedían de viveros, sobre todo navarros, diluyendo el retrato histórico de los Perez Pascuas, Pesquera y Emilio Moro. En cambio, en los últimos años se está recuperando la imagen campesina de la Ribera, más infiltrada en el terruño donde se van redescubriendo las variedades “rurales” como garnacha o albillo por la vía de lo ecológico a través, entre otros, de Jorge Monzón de Dominio del Águila y el ecléctico Alfredo Maestro, que apuestan por reducir en lo posible el protagonismo de la tempranillo.

LOS VINOS CAMPESINOS DEL PASADO

A finales de los años setenta, me puse a escribir el libro Manual de Vinos Españoles después de recorrer el Duero con mi Land Rover desde Oporto a Soria. El nivel enológico de los portugueses era más elevado que el nuestro. El vino embotellado, ya sea el oporto como también los vinos secos de mesa del Douro, se constituían en marcas competitivas. En cambio, el paisaje vinícola de las zonas castellanas era desolador. Los vinos castellanoleoneses eran de boina y azada. Exceptuando Vega Sicilia, la Cooperativa Ribera Duero (Protos) y Palacio de Arganza en el Bierzo, las marcas brillaban por su ausencia. Castilla-La Mancha y Extremadura vivía el esplendor del granel y las bodegas valencianas se ocupaban del mercado exportador, mientras que la antigua Castilla La Vieja exhibía un viñedo desordenado, pobre de rendimiento y en recesión en un ámbito rural de autoconsumo. Un retrato que tiene una larga historia de vinos campesinos producidos por agricultores cuyos padres y abuelos vendían la uva o el vino a otros, o se lo bebían ellos mismos.

Gran parte de los viñedos de estructura medieval lo componían un sinfín de variedades mezcladas y, sobre todo, los híbridos, mucho más resistentes a las enfermedades y sin apenas necesidad de laboreo. También era normal toda una tropelía de confundir los nombres de las variedades bautizándolos con términos locales. Un ejemplo es la llamada entonces “tinta Madrid” que, según las sinonimias que me facilita mi amigo Félix Cabello del ENCIN, resulta que era la tempranillo en el resto de Castilla y la Juan García en Zamora. El Catastro de 1977 se hizo sin analizar a fondo la ampelografía recogiendo los nombres populares de las variedades.

En 1975 en la Ribera del Duero, solo embotellaban algunas cooperativas como la de Roa, la Horra y, sobre todo, Protos y años más tarde Pesquera y Torremilanos. En las dos provincias, mandaba el clarete, al tiempo que los pocos tintos que se elaboraban, principalmente en la parte vallisoletana de la zona, tenían una impronta riojana de colores algo abiertos con la mezcla de algunas variedades blancas, como albillo y jaén, y con unas graduaciones alcohólicas que no sobrepasaban los 12º. Fue cuando apareció en escena Alejandro Fernández con su Pesquera y que fue el inicio del modelo de tinto que todos identificamos. El viñedo de tinto fino ocupaba en la “Ribera Burgalesa” el 70%, mientras que en la zona de “Peñafiel”, es decir, la Ribera Vallisoletana como se llamaba antes, la tinto fino solo alcanzaba el 40%, y el resto era un revoltijo de tinto Madrid, jaén, Valenciana, albillo y tinto aragonés.

En Toro, la trayectoria de los hermanos Eguren con Numanthia y Vega Sicilia con Pintia crearon un antes y un después en la zona. Al vender los Eguren la Bodega Numanthia, se generó una élite de vinos secundado por los propios hermanos al crear un rival de su antigua propiedad con la Bodega Teso La Monja. Vega Sicilia y los inversores franceses pusieron la guinda de complejidad a unos vinos que solo son entendibles por su fortaleza, pero más difíciles de vender en los tiempos actuales de recato alcohólico.

En la zona de Toro, según los datos del citado Catastro, aparece la variedad tinta de Toro con tan solo un 40%, seguido de la cepa tinto Madrid con un 30. Esta zona, junto con Priorat y Méntrida, era muy rentable para el mercado de tintos de color y grado alcohólico. Destacaba en el mapa vinícola español sobre todo por la gran maduración de las uvas que proporcionaban potencia y sabrosidad a sus tintos, frente al resto de las zonas castellanas, cuyos vinos eran más ligeros. En aquellos años, solo embotellaban las bodegas Luis Mateos, la Cooperativa de Morales de Toro, Viñedos Morales y Frutos Villar, este último lo hacía en su planta de Valladolid. El tinto de Toro era muy acreditado por parte de los corredores de vinos que los vendían a granel en los mercados del norte y noroeste de España.

El conocimiento que se tenía de los vinos de Toro era para beberlos a granel y en jarra de barro. En los años ochenta, el mismo Manuel Fariña, el primer gran exportador de la D.O., tenía sus dudas sobre si el retrato del toro de toda la vida sería vendible como los de otras zonas más señeras. Unos años antes seleccioné el tinto Muruve de Frutos Villar para los aficionados del club de vinos con un resultado bastante penoso.

Viñedo de Toro

En ese viaje fluvial, llegué a Fermoselle. Lo que hoy conforma los Arribes, lo componía Fermoselle en Zamora y La Ribera en Salamanca. En la página 224 del Manual, dije de Fermoselle que, aunque su viñedo ofrecía una de las más bellas imágenes vitícolas de nuestro país, el nivel técnico de sus vinos era tercermundista. Eran agrestes y bajos de acidez lo que facilitaba mayor percepción alcohólica. Vinos que se vendían localmente y en la comarca de El Sáyago y que los comerciantes de Zamora mezclaban con los de Toro y Tierra del Vino. La única que embotellaba tan solo una mínima parte era la Cooperativa Virgen de la Bandera. Pedir un vaso de vino de la tierra en cualquiera de los bares del pueblo era una aventura de fin incierto.

Viñedo en Arribes del Duero

En definitiva, este panorama campesino es solo un recuerdo. Pocas zonas como las que se extienden a lo largo del Duero han pasado sin transición del ruralismo más exacerbado a la primera línea de combate del vino español.

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