Bodega Félix Solís: El paisaje de acero

Los periodistas y críticos vinícolas somos más sensibles en reseñar las pequeñas bodegas familiares. Pero, ¿qué pasa cuando una bodega familiar se hace grande? Este es el caso de la Bodega Félix Solís que, desde aquel 1952, Félix Solís Fernández y su mujer Leonor Yáñez compran en la localidad de Valdepeñas un caserón (hoy sede social de la empresa) en la calle Bataneros y allí comienza la aventura vinícola de este apellido.

El crecimiento hasta alcanzar las dimensiones gigantescas de hoy está obviamente relacionado con el territorio de aprovisionamiento. Sus 300 millones de botellas de producción anual solo son posibles en una zona como Castilla-La Mancha con el mayor viñedo del mundo. Cada país tiene su “Mancha” particular necesario para abastecer al bebedor mayoritario: Francia posee el Midí, como Italia la Emilia Romagna, California con el Valle Central o Portugal con su Alentejo. Si la familia Solis hubiera nacido en la Ribera del Duero, este camino de crecimiento se habría detenido mucho antes por las limitaciones del territorio.  

Es verdad que las grandes producciones no son bien vistas por el conocedor, sumiller o crítico siguiendo la reflexión intelectual que define al vino como un trabajo humano alejado de los esquemas industriales. Es curioso cómo una caña de cerveza se acepte y se beba como un producto industrial, mientras que en el vino se ve como algo pecaminoso. Asimismo, siempre se entiende que las operadoras vinícolas son propiedad de grandes corporaciones, multinacionales y consejos de administradores anónimos. En cambio, en esta compañía manchega, es el trabajo de una familia sin participación foránea, propiedad de los hermanos Solís, compuesta por Pedro, Juan Antonio, Manuel y Félix Solís Yáñez, actual presidente y Consejero Delegado.

Pero también es cierto que los propios empresarios vinícolas son reacios a exhibir esos músculos inmersos todavía en la concepción “artesana” de sus comienzos, cuando, en realidad, los grandes vinos solo representan el 10% del consumo del planeta. Yo mismo tuve que pasar “disfrazado” de enólogo hace quince años para entrar en la factoría de acero de Gallo Winery en Livingston, al sur de San Francisco, con sus 1.200 millones de botellas anuales, ya que era un territorio vedado al periodista. Los Solís también me miraron con desconcierto cuando les propuse mi interés en hacer un reportaje de su ciudad de acero de Valdepeñas y su dimensión empresarial, en vez de contar historias de sus vinos o de sus otras bodegas más convencionales distribuidas en el resto de las D.O. desde ese pensamiento de que el vino industrial no se merece que se le cite. Su filosofía no es tener el lustre de construir una marca de culto, pues su poderío se lo permite. Basta examinar a sus más de 5.000 viticultores adscritos de toda España y fichar al mejor enólogo del mundo. Su objetivo es lograr que el vino no sea una bebida de élite al alcance de unos pocos. No es una cuestión de poder, sino de querer. Hoy los vinos del lineal nada tienen que ver con los vinos corrientes que se producían hasta bien entrado el siglo XXI, del mismo modo que algunos de los Seat 600 y los Simca 1000 de hace 40 años se quebraban nada más salir de fábrica. La razón era que, en ambos ejemplos, la intervención humana es compleja cuando se trata de grandes producciones. Hoy el hombre es solo un espectador tecnológico que contempla el trabajo perfecto de robots y la informática.

La familia Solís pretende que su vino cumpla el principal deseo de su consumidor: beberlo sin más ambiciones que el trago fácil con los equilibrios que la tecnología permite, con la total seguridad y con los mínimos costes de producción para que su precio más bajo permita que los porcentajes de impuestos y costes de intermediación no obstaculice la venta del producto y que lo beban el mayor número de consumidores que puedan acompañarlo con la comida, en vez del agua o cerveza. Vinos siempre correctos, capaces de beberlo incluso el más exigente si no ve la etiqueta. En una ocasión, me comentó ul gran ilustrado del vino como Peter Siseck que es más difícil producir 7 millones de botellas a 87 puntos que 5.000 a 95.

 

Bodega tecnológica

Los 450.000 litros almacenados en los depósitos de acero de la factoría Solís de Valdepeñas van protegidos de nitrógeno con un control térmico en la fermentación de toda la producción. La informática aparece por todos los lados. Es el cerebro casi misterioso que dosifica el azúcar, la acidez, el sulfuroso, el gas inerte, gigantescas prensas neumáticas, control informático de los procesos de elaboración y diseño de estilos. Nada se deja al albur de la Naturaleza que, en los enormes volúmenes que se trabaja, pueden provocar ciertos contratiempos. Algunos dispositivos son inventados en esta bodega como consecuencia de los niveles de alta producción. Cuenta con sistemas de limpieza automática (CIP siglas en inglés), todo un sistema de reciclaje de agua e ISO 14001 con certificado para la producción de vino ecológico, para que todo quede bajo control a partir de los millones de kilos de producción anual procedente de 21.000 hectáreas de viñedo controlado. El cosmos de la enología de esta casa llega al 100% de análisis glucónico (enzimas), 20 químicos expertos de tecnología de alimentos que, en menos de un minuto, abarca todos los parámetros de análisis, control automático de cápsulas, corchos y etiquetas. Todo un alarde tecnológico de logística automatizada capaz de envasar 150.000 botellas cada hora, conectada con un almacén automático y climatizado en donde puede albergar nada menos que 45.000 pallets, convirtiéndolo en el más grande de Europa.  El emporio es todo un conjunto de calles, naves y el estallido fulgurante de infinitos depósitos de acero inoxidable al aire libre. Es la bodega que más recolecta uva en vez de vino capaz de 8 millones de kilos al día, la mayor del mundo.

 

¿Y la calidad?

No nos engañemos. El vino de elaboración “industrial” o tecnológico que bebe la mayoría ya no es como antes, cuando el vino popular llevaba implícito algún defecto, como comenté antes. Hoy la tecnología ha permitido que un vino del lineal no tenga ninguna mácula, aunque tampoco se le puede pedir peras al olmo buscando personalidad varietal y terruño. Viña Albali, la marca paraguas de esta bodega, produce alrededor de 300 millones de botellas en sus diferentes tipos y bebidas. Los vinos se venden en el mercado a un precio medio de 4€, con una puntuación entre 84 y 89 puntos en sus diferentes tipos. Un vino integrado en la horquilla entre 84 y 89 puntos que corresponden a 7.642 marcas españolas de las 12.500 valorados en la Guía Peñin y que representa el retrato cualitativo de los vinos de nuestro país. Es una marca que no irá más allá de ser un vino frutal, con ligeros atisbos de crianza en roble, fluido, de trago fácil. Un vino al dictado de la informática capaz de regular una elaboración de equilibrios.

Tan pronto la Compañía tuvo claro el concepto volumen con esta bodega, invirtió en zonas más selectas como Toro, Ribera del Duero, Rueda y Rioja con sendas bodegas con los límites de producción proporcional a las diferentes dimensiones territoriales. Los hermanos Solís, dentro de esa filosofía más social de extender estas zonas en el mayor número de consumidores, pudieron subir el listón de calidad con vinos rondando los 90 puntos, como consecuencia de contar con producciones más pequeñas en comparación con el monstruo manchego.

Ranking de las mayores bodegas del mundo 

 

comments powered by Disqus