Blog para expertos: Vinos de Uruguay (y II)

En esta segunda entrega detallamos la visita a las 14 bodegas principales de Uruguay, destacando los vinos que más me atrajeron y las formas de trabajo de cada una.

Todas las mañanas me esperaban a la puerta del hotel Mariella Volppe, de MINTUR, el Ministerio de Turismo, y Martín López de INAVI (Instituto Nacional de Vitivinicultura de Uruguay) para acompañarme por las rutas del vino. Solícitos y muy preparados para el empeño, se entregaron a la dura tarea de oír a este cronista el metalenguaje enológico frente al discurso feliz y vocacional de las familias del vino.

Salir al campo es un salto de 10 minutos desde la ciudad. El retrato de un tráfico fluido en las carreteras de doble sentido sin ser autopistas ni autovías, define un modelo de país donde la Naturaleza no salvaje ni inhóspita, tiene una voz más relevante que en la mayoría de los países.

Un paseo por las viñas y bodegas

En Uruguay se respiran sonrisas, calma, y ganas de aprender. Al menos eso percibí cuando hablaba con bodegueros, propietarios y enólogos con un sentido de la hospitalidad dentro de una atmósfera más de ocio turístico que de empresa de trabajo.  Me interesaba contactar tanto con bodegas “industriales” como las familiares para tomar el pulso del vino uruguayo.

La primera bodega fue Establecimiento Juanicó Familia Deicas, a 45 minutos de Montevideo dirección noroeste, en la localidad de Juanicó, en la región de Canelones. Es una de las mayores bodegas del país con una producción de 7 millones de litros. Sin embargo, no lo parecía, al contemplar el césped y la viña destacando una vieja y pequeña edificación de la arquitectura industrial y mampostería de finales del XIX en medio de espacios abiertos. La primera impresión es como un retrato de las planas del Medoc y Pomerol pero con una luz más intensa. La historia de esta firma no es de ayer mismo, sino que se remonta al año 1830, cuando Francisco Juanicó construyó la bodega subterránea.

Bodega subterránea Familia Deicas

De los vinos me gustaron el merlot “Cru d’Exception” 2009  por la frutosidad y suavidad de esta variedad, así como también el ensamblaje  Preludio 2013 elaborado con tannat, merlot, cabernet franc, cabernet Sauvignon, marselán y petit verdot.

A continuación, fuimos a la Bodega Finca Narbona, situada al noroeste de Colonia en el extremo oeste de Uruguay. Una propiedad de 125 hectáreas con unos orígenes italianos que se remontan a 1909, cuando Juan de Narbona fundó la bodega. Como gran número de bodegas, dispone de una pequeña edificación hotelera con cierta insinuación “art decó”, además de un acogedor y sencillo restaurante. José Irati, con excelentes conocimientos de enología y viticultura para ser un sumiller, nos dijo que no existe ningún reparo en confesar producciones de 13 mil kilos la hectárea para vinos jóvenes y entre 6000 y 8000 para vinos de calidad. Los suelos son de constitución arcillosa con algunas dosis de caliza en forma pedregosa.  Me gustó el tinto Narbona 002 de la cosecha 2014 producido con ensamblaje de tannat, syrah y cabernet sauvignon por su carnosidad no exenta de cierta expresión ahumada y frutal.

Tinas de madera en Bodega Finca Narbona

La siguiente etapa nos llevó a Bodega El Legado, una auténtica bodega familiar porque con el matrimonio de Bernardo Bazuca, su mujer y también sus hijos, participan todos en el proyecto con la misma ilusión y conocimiento.  Están construyendo un hotel y restaurante para que los visitantes respiren el ambiente familiar protagonizado por ellos mismos.

Es una propiedad de 13 hectáreas de tannat, syrah y cabernet sauvignon, algunas de ellas plantadas en estacas al estilo medieval, lo que permite una maduración más precoz. Una historia vital que comienza en1968 cuando su padre Luis Mazurca plantó sus primeras cepas de moscatel para vender como uva de mesa. Es el año 1982 cuando comienza a construir la bodega tras algunas interrupciones y crisis. El vino más sorprendente por la excelente crianza de 24 meses fue El Legado Blended 2015, un tinto hecho con un 80% de tannat y 20% syrah. Una excelente combinación de las notas especiadas del roble y las dos uvas opuestas que se complementaban.

Bodega Campotinto fue la siguiente parada. Aunque fundada en 2015, la primera cosecha fue la de 2012 y que en la actualidad no sobrepasa las 25.000 botellas anuales. Es lo que en Latinoamérica se llama “bodega boutique”, con una concepción del enoturismo confortable con hotel y restaurante. En esa línea, la bodega cuenta con una fórmula inmobiliaria de venta de mini viñedos de media hectárea llave en mano. Se trata de La Concordia, un espacio privado donde se hallan 24 parcelas para otros tantos propietarios que compran el viñedo y construyen su casa dentro de la viña. Cada propietario abona una cuota al mes para que la bodega realice todas las labores de vendimia y elaboración. En cuanto a la producción propia, destaca el tinto Campotinto “Icono” 2016, con 12 meses en barrica americana y 6 de roble francés de un tannat moderadamente complejo y, en esta ocasión, un poco cerrado.

Bodega Campotinto

Bodega Cordano: El matrimonio Paula Cordano y Diego Vecchio son los propietarios de esta bodega que es todo un retrato de las nuevas generaciones urbanas integradas en el campo. No están en un escenario nuevo, pues la bodega nació en 1900 por la iniciativa de un genovés, Antonio Cordano, que llegó a estas tierras en 1855.  Como la mayoría de los inmigrantes, vinieron con la uva equivocada. Una de ellas fue la moscatel de Hamburgo, con la intención de vender uva de mesa. Todos los vinos son de un corte moderno, destacando un rosado del 2017 de tannat, Almacén de la Capilla, que acentuaba su bonito color frambuesa vivo pero que contrastaba con una acidez baja para ser un rosado.

Quizá la visita que más me encantó fue la de Bodega Pisano. Los tres hermanos Daniel, Eduardo y Gustavo transmitían jovialidad, humanidad, buen humor y con un canto a la amistad. Son los bisnietos de Francesco Pisano, que llegó de Italia en 1870 para continuar con la tradición vinícola de la Liguria natal. “Tenemos 15 hectáreas en total, -me comenta Daniel-. Al norte de Progreso tenemos otro viñedo, en una zona un poco más alta. La altura nos beneficia porque estamos a 20km del mar, porque aquel otro viñedo -señalando al horizonte- que está a 150m de altitud podemos ver el cerro de Montevideo. El aire marino siempre sopla allá. Aquel suelo es similar a este, arcillocalcáreo, y el subsuelo también. Acá no afloran las piedras de cal, allá sí. Evidentemente los vinos son más finos”. Daniel es un torrente de palabras donde la viña y el paisaje es la razón de su vino. Su discurso apasionado gira en torno al suelo, el rendimiento y la formación de la viña. Su vocación ecológica se trunca en ocasiones por la irregularidad del clima agrícola. El resultado, en general, son unos vinos quizá como los de más carácter que encontré en Uruguay, sobre todo los denominados RPF (Reserva Personal de la Familia), consiguiendo un excelente partido a la difícil tannat con Rio de los Pajaros RPF 2017 y 2015 con una excelente fusión de roble y fruta con acertada expresión varietal. Me llamó la atención el blanco Pisano RPF 2017, de la variedad chardonnay. Una cepa que fuera de Borgoña me cuesta asimilar. Puedo asegurar que es el mejor chardonnay que he bebido en Latinoamérica, cremoso, elegante, borgoñón, graso, ahumado… En línea con los excelentes tannats concentrados, probé el Tannat 2000 pletórico de fineza, con taninos amables y fina reducción. En el almuerzo los hermanos me presentaron a su sobrino Gabriel Pisano, que va por libre con tres vinos rompedores ¡¡sin tannat¡¡ como Viña Progreso blanco, hecho con viognier, un tinto con cabernet franc y otro con sangiovese. Vinos con una riqueza de matices sorprendente. El primero con rasgos cremosos de lías finas y hierbas de tocador, el tinto con la complejidad de la cabernet franc donde se funden los ahumados con las notas de racimos y la sangiovese con una elegancia especiada y recuerdos de hierbas de monte.

Daniel y Gustavo, de Bodegas Pisano

Virginia Stagnari, propietaria de la Antigua Bodega Stagnari y la enóloga Laura Casella, están convencidas de que el suelo de la propiedad es el resorte que identifica a sus vinos. Suelos de superficie arcillosa y pedregosa sobre un subsuelo de roca granítica rosácea, lo que permite un buen drenaje que neutraliza las generosas lluvias de la comarca.  Por el apellido es fácil adivinar sus orígenes italianos con una producción de tres millones de litros en dos grupos. Uno más reducido de vinos premiums y otro de volumen. Los que más me gustaron fueron el Tannat Osiris 2009, un tinto de intenso color, aroma potente y recuerdos de fruta azul (arándanos) y negra (ciruela), un tinto muy atlántico con un roble fino y una boca carnosa y especiada. No me podía imaginar que fueran capaces de envejecer el tinto Il Nero 2009 tannat con 36 meses en barrica con una plenitud aromática terciaria (especias, tabaco, cedro) con una fruta negra madura sin ningún asomo oxidativo.

Bodega Carrau tiene un origen catalán. Esto lo dice Marcos Carrau, décima generación de la familia y hoy gerente de la casa. Un linaje que tiene 265 años. “Mi bisabuelo decide en 1929 abandonar todo para venir a Uruguay. Antes trabajaba como enólogo en el Penedés con el cava. Trajo la técnica del espumoso convirtiéndose en el pionero en Uruguay en este tipo de vinos”.  Es curioso cómo con rendimientos de 8.000 kilos la hectárea logra unos vinos con cierta expresión seleccionados para “reserva” mientras que los 12.000 kilos/ha. de producción los destinan para vinos jóvenes, frescos y frutosos.

Bodega Carrau

De los cinco vinos que probé me gustó el blanco Juan Carrau 2018, elaborado con la variedad chardonnay, con la densidad, cremosidad y frescura de esta variedad y más cercano a los borgoñones que a los californianos. Igualmente, dos tintos: el primero, Juan Carrau 2016 con un 50% de tannat y el resto dividido entre cabernet sauvignon y cabernet franc, de excelente color y tonos sensoriales muy bordeleses con 18 meses en barrica que apenas se percibían; el segundo, Vilasard 2009, elaborado con la uva nebbiolo destacándose una fina reducción en botella y un paladar elegante procedente de una pequeña parcela de un cuarto de hectárea con cepas de 80 años.

La ondulación de los viñedos permite el fluir el agua a las hondonadas con la nutrición hídrica suficiente. Sus suelos, aunque son arcillosos que bastante materia orgánica, obligan a un trabajo minucioso en cuanto a podas y escaso movimiento de tierras. 

Por la tarde nos acercamos a la Bodega Viña Varela Zarranz, una propiedad de 110 ha. con una producción de 3 millones de litros, parte envasado en BIB (bag-in-box) sin el referente para vino corriente que este envase tiene en España. Alli está más extendido sin las ataduras de la tradición. El origen de la propiedad data de 1933 y su bodega subterránea con toneles de 1.500 litros es un retrato perfectamente acicalado de un pasado laborioso. Las viñas se asientan sobre unos suelos de 40 cms. de arcilla sobre una base de granito. Una firma que trabaja con precisión el respeto de las personalidades de las distintas variedades. Me gustó un espumoso, Varela Zarranz Brut Nature, hecho con chardonnay y viognier con un excelente carácter especiado y con notas de frutos secos aunque con una burbuja de ascensión rápida, pero, en general, muy fino. Probé Open Cellar 2016, un tinto tannat fermentado en cuba abierta con 12 meses en barrica con notable expresión varietal y balance entre fruta roja y roble cremoso. El que más me cautivó fue Marselan Sin Sulfitos 2018, con un envidiable carácter del terruño, orgánico, complejo con un paladar graso y elegante.

Bodega Varela Zarranz

El matrimonio compuesto por Pablo Falabrino y Mariana me recibe con la cordialidad y sonrisa de quienes día a día reciben a visitantes ociosos que desean probar sus vinos y que les cuenten las historias familiares de su Bodega Viñedo de los Vientos. Parece un proyecto personal nacido hace nada, pero no es así. Su antepasado vitivinícola se remonta a muchos años atrás. “La historia comienza con mi abuelo José -me comenta Pablo- que llega del Piamonte en 1925. Viene a Uruguay con 17 años y se instala en la zona de Peñarol, en Montevideo. Compraron un campo en Melilla, al noroeste de la capital, y construyó la bodega con su hermano Ángelo después de plantar viñedos en diferentes lugares. Obviamente, elaboraron vinos al estilo italiano con las variedades barbera, nebbiolo, moscato e incluso fabricaron vermut.  Nosotros queremos seguir utilizando variedades italianas. Este año estamos plantando dolcetto y en la actualidad traemos clones nuevos de Italia después de la selección clonal a principio de este siglo. Mucha gente decía que las variedades italianas solo se daban bien en Italia cuando en realidad no había una selección apropiada para este clima. A nosotros nos va mejor que las cepas francesas”. Sin embargo, los vinos que probé participaban la tannat, como Angel’s Cuvee 2011, rico en estructura y complejidad siendo el que más me gusto.

Matrimonio Pablo Falabrino y Mariana

La bodega cultiva la viña en espaldera a 70 cms. en vez de los 30 para buscar una mayor masa foliar que permita una maduración más lenta y preservar la acidez, amén de que los viñedos se hallan a tan solo 4 kilómetros del mar. Los suelos son de granito descompuesto, lo que ellos llaman “balandro”.

Huevos de cemento en Viñedo de los Vientos

Al 9 kilometros del mar se halla la bodega Bracco Bosca, al mando de la vitalista Fabiana Bracco, cuyo entusiasmo contagiaba a un grupo de turistas brasileños que con suma atención escuchaban las historias familiares y enológicas de esta casa. A ella le toco participar hace 6 años en el Atlas del Mundo del Vino de Jancis Robinson en la parte uruguaya. “La escritora británica me dijo que teníamos el privilegio de producir vinos menos alcohólicos porque el mundo está cansado de sobre-extracción y sobremaduración y hay que volver a hacer vinos más europeos”.

Sobre los orígenes de la bodega cuenta esta uruguaya con esa pasión del alma tendida al sol, que los Bracco y los Bosca eran dos familias independientes. “Los Bosca eran los papás de mi mamá. Ellos tenían plata. Enfrente estaban los Braco, que eran los papás de mi papá y eran pobres. Pero los dos tenían viñedos, uno más grande y otro más chico. Se peleaban por qué viñedo era el mejor. Un día mi abuelo paterno le dijo: mi hijo se va a casar con tu hija, van a hacer una bodega y yo me voy a hacer millonario. Se casó, pero todavía no somos millonarios”.

La finca cuenta con 14 ha. de viña y no es hasta 2005 cuando deciden producir vino propio después de vender la uva a otras bodegas. Su finalidad es el cultivo orgánico (biológico), sopesando  las dificultades de un clima más húmedo.

Los vinos más interesantes fueron el Ombu 2017,  tinto elaborado con cabernet franc, de color algo más abierto de lo que es corriente en Uruguay, con un aroma muy bordelés y el Ombu 2016, hecho con tannat, petit verdot y syrah con un ligero matiz exótico y elegante.

Tenía ganas de visitar Bodega Garzón, quizá la firma más conocida internacionalmente. Su estructura, dimensión y viñedo la sitúa como una de las más notorias de Latinoamérica. Su nivel tecnológico encaminado hacia la calidad y su filosofía del enoturismo de alto nivel, son el principal polo de atracción en Uruguay, hasta el punto de contar con un afamado chef que dirige el restaurante integrado en la propia bodega. La revista americana Wine Entusiast ha citado a esta firma como una de las 5 bodegas más importantes del mundo del año 2018.

Eduardo Félix, ingeniero agrónomo y responsable del viñedo: “Decidimos darle foco a albariño y tannat. Hoy hay 40 hectáreas de albariño y 70 hectáreas de tannat de un total de 240 hectáreas. Dentro de las tintas, las otras 6 variedades que decidimos plantar fue marselan (garnacha con cabernet), caladoc (cruce de garnacha y malbec), pinot noir, petit verdot, cabernet franc y merlot. Dentro de las blancas, aparte del albariño, tenemos sauvignon blanc, viognier, petit manseng, riesling y verdejo, en experimentación con media hectárea de cada una”.

Eduardo Félix, ingeniero agrónomo de Bodega Garzón

El viñedo de Garzón es sin duda el que mejor responde a la visión de suelos de calidad por su porcentaje de arena y menor retención de agua porque en su mayor parte se extiende por diferentes lomas con un 15% de pendiente. Son 1400 parcelas con suelos con un 60% de contenido de arena mezclada, limo y arcilla y, por lo tanto, con la necesidad de riego por goteo. Interesante el albariño Garzón 2017 “Single Vineyard”, criado en tinas de cemento sin epoxi y un 20% en barrica, un blanco con frescura y con discreta personalidad varietal, aunque con ligero exceso de maduración con leves matices tropicales. Para mí el mejor fue un tinto, el Garzón Petit Clos 2016 Cabernet franc Block 127, criado en tinas de cemento de 150 hectólitros y entre 6 y 12 meses en barrica y botti de 50 hectólitros sin tostar. Sus 14,5º no empañaban su complejidad y riqueza de matices.

Alto de la Ballena es una propiedad enclavada en la Sierra de la Ballena, a tan solo 15 kilómetros del mar. No es una sierra “al uso” como la entendemos en España, sino unas colinas que, en su conjunto, no sobrepasan los 500 metros. “Mi esposa Paula y yo -relata Álvaro Lorenzo- iniciamos el proyecto hace 18 años. Venimos de fuera de la actividad del vino, mi mujer es ingeniera electrónica y yo soy abogado.  No tenemos un abuelo italiano que nos dejara una bodega -comenta con sarcasmo sobre los muchos orígenes italianos de las bodegas uruguayas-. Con un asesoramiento apropiado, buscamos tierras donde, si bien con una tradición vitivinícola perdida, no había ningún viñedo. Uno de los miedos que teníamos era la expresión aromática, porque en Uruguay cuesta un poco. Nosotros no plantamos tannat como nuestra cepa nacional y comercial. Plantamos primero en 2001 dos hectáreas de merlot y una hectárea de cabernet franc. Al año siguiente, plantamos tannat e incrementamos el viñedo de merlot. En 20 hectáreas tenemos varios tipos de suelos distintos. En la parte central de la propiedad tenemos suelo franco con granito degradado, y, al frente, grava y roca mezclada”.

Viñedos Altos de la Ballena

En general, los vinos están excelentemente elaborados con diferencias mínimas entre el top y el más básico. Destaqué al tinto Altos de la Ballena 2013, un syrah elegante con expresión varietal (difícil en esta variedad) muy propio de climas sosegados como los de Hermitage francés, sabroso, con recuerdos a frutos rojos y matices orgánicos.

El final de mi periplo viajero fue Viña Edenuna bodega situada al norte de Punta del Este con un marcado espíritu enoturístico, propiedad del brasileño Mauricio Zalatkin. Los suelos son graníticos en pendiente con un notable drenaje. Trabajan con eficiencia los depósitos de cemento de origen italiano con una porosidad medida hasta el punto de que el vino que más me gustó fue el Viña Eden 2016 tannat, envejecido solamente en este material, con un color intenso, complejo y mineral con carácter varietal acusado para ser un tannat y, en segundo lugar, el Viña Eden 2016 tannat, con un 30% en barrica y 70% en cemento, con matices ahumados muy discretos del roble y con evidente expresión varietal, redondo y de perfil cálido. Muy interesante el espumoso brut nature muy francés con un 85% chardonnay y el resto pinot noir.

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