Guía Peñín: 30 años, 200.000 vinos

Con la edición 2020 de la Guía Peñin de los Vinos de España, se cumplen los 30 años de vida de la que, con el tiempo, se ha convertido en el verdadero termómetro de la salud del vino español, aunque solo sea por el mayor número de marcas catadas y, en su mayor parte, desconocidas.

Treinta años reseñando nombres y apellidos de bodegas y marcas es el gran hito que ha protagonizado la Guía Peñín. La intención no era personificar al autor según sus gustos vinícolas, como era el caso en 1982 del libro “Mis 101 Mejores Vinos”, sino construir una herramienta que incluyera todos los vinos españoles, no solo con los datos de las empresas y sus marcas, sino también la puntuación. Un auténtico vademécum del vino.

No negaré que lo que más ilusión nos hacía era continuar con el modelo de guía personal que escribí en 1982 con el libro “Mis 101 Mejores Vinos”, en donde uno se podía recrear no solo en la elección del vino sino también contar historias de quienes estaban detrás de cada marca. Era el fruto de mis múltiples viajes por la España vitivinícola desde 1975 buscando vinos desconocidos y que, por aquel entonces, este ejercicio era una excepción.

EL VADEMECUM

Sin embargo, era consciente de que, desde la segunda mitad de los ochenta, el número de marcas vinícolas en España iba en aumento, de tal modo que, a la hora de elegir un vino, el consejo del amigo, de la tienda de vinos de enfrente, e incluso de la Guía Gourmets -antecesora de la nuestra-, no bastaba ante el considerable número de marcas del catálogo nacional. Aspiraba a que se evaluaran todos los vinos españoles y no solo los mejores. Era consciente de que habría que ir a las bodegas a recoger las muestras antes de esperar a que las enviaran, ya que, en ese caso, no sobrepasaría el 20 por ciento del firmamento vinícola español compuesto por los vinos más conocidos.

Por todo ello, nos propusimos crear un compendio del vino español, sin imprimir un matiz personal, de tal modo que las dos primeras ediciones se llamó VINOS Y BODEGAS DE ESPAÑA. Alguien que no recuerdo me confesó que este título era demasiado ostentoso y temerario para una guía de vinos, teniendo en cuenta que, a los datos generales de las firmas del sector, se añadía la puntuación personal de un autor. El observador sugirió que la Guía debía llamarse por el nombre de quien los cata y no atribuirse el título tan institucional que, hasta ese momento, figuraba en la portada. Es cierto que, desde el primer momento, contamos con colaboradores en la cata, como fueron Ana Sandoval y Antonio Morales, lo que supuso el comienzo de un equipo sensorial.

La primera edición, que trazaría el camino para las siguientes, salió a la luz en 1990 gracias a Banesto. Era la época de Mario Conde, que, en los momentos de gloria de la entidad, desbordaba generosidad subvencionadora por los cuatro costados. No dudó en financiar totalmente la tirada de nada menos que 25.000 ejemplares que, en su mayoría, dormiría más tarde el sueño de los justos en los sótanos del banco.  

LAS PRIMERAS CATAS

Ir a la montaña en vez de lo contrario supuso recibir una enorme cantidad de muestras de todos los calibres, hasta el punto de ocasionar auténticos problemas de logística, de botellas rotas en la recepción, descorches y vinos sin consumir en su totalidad; de tal modo que se nos ocurrió ir a catar a los Consejos Reguladores solo como lugar de degustación, quedando la responsabilidad por nuestra parte de pedir las muestras.

El panorama de la mayoría de las sedes de los Consejos Reguladores era desolador. Algunas estaban ubicadas en pisos o almacenes prestados, con dificultades para utilizar las escasas copas (entonces eran la AFNOR), con una exigua iluminación fluorescente. Para enmendar las carencias, me armé de un maletín con 5 copas bordelesas, una pantalla lumínica para contraste de color y un flexo que me permitía apagar el horrible y menesteroso fluorescente. Todo ello alimentado con una regleta de 5 metros porque siempre me encontraba con el enchufe en el lado opuesto de la habitación.    

VINOS NO RECOMENDABLES

Las primeras puntuaciones se basaron en el valor académico español de 1 a los 10 puntos. Más tarde, adopté la valoración americana de 50 a 100, por aquello del Imperio que se esparce por todo el planeta y a la vista de la internacionalización de la Guía. En aquellos tiempos que parecen lejanos, existían un número respetable de “vinos corrientes”, al tiempo que la calidad correcta era la de un vino sin defectos. Los defectos eran congénitos en los vinos populares, de tal manera que el consumidor estaba acostumbrado en la medida del bajo precio de la botella. En la edición de 1999, cambiamos la valoración de “Vino Corriente” por “Vino no recomendable”, todo un alarde de rigor, pero también de ingenuidad por lo que podía suponer una ofensa a muchos bodegueros con consecuencias imprevisibles. Así aparecían los argumentos de la puntuación: “50-55+ Vino aceptable desde el punto de vista sanitario, pero no lúdico (puede presentar oxidaciones, defectos de larga conservación, trasiegos tardíos; o tratarse de vinos viejos en declive o jóvenes con aromas negativos de fermentación). Es posible que los detalles que justificaban esta puntuación contuvieron las iras de los bodegueros implicados, de tal manera que jamás tuvimos denuncia alguna e, incluso, la mayoría repetían en la edición siguiente. 

Algunos colegas llegaron a preguntarse si era necesario incluir vinos que nadie iba a comprar en vez de citar a los mejores. La respuesta era clara: No se trataba tanto de no aconsejar la compra como dar respuesta a la consulta de quienes han sido obsequiados con un vino de esa lista.

Hoy los vinos “poco recomendable” que aparecen en la Guía recoge la valoración entre 70 y 79 puntos y con unas características similares a las citadas hace tres décadas. Afortunadamente, no sobrepasan las 5 marcas entre las 12.000 de la última edición.

¿CÓMO ERAN LOS PRIMEROS VINOS DE LA GUÍA?

Durante los primeros años de la década de los noventa, el vino español atravesaba los primeros grandes cambios en todos los sentidos, tanto técnicos como enológicos e, incluso, vitícolas. El vino corriente y el de calidad estaban más distanciados que nunca. Los primeros aldabonazos de expresión e identidad comienzan a aparecer de la mano de una generación rupturista en el Priorat con los Clos (Álvaro Palacios, Jose Luis Pérez, René Barbier, etc.) y en la Rioja (Miguel Ángel de Gregorio con Dominio de Conté, Artadi, Eguren y Jean Gervais con Michel Rolland, entre otros). Ya entonces Jerez encabezaba como hoy las más elevadas puntuaciones. En la edición de 1995, solo existían 20 vinos con la puntuación superior a 90 cuando el grueso de la puntuación estaba entre los 70 y 80 puntos.

Hoy, treinta años en su haber y traducida a cuatro idiomas, la Guía Peñin es la más conocida referencia internacional de los vinos españoles. Por eso, en su portada lleva con orgullo la estampilla de “Marca España”.  

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