Las sombras de Nueva York

Desde hace 11 años, esta casa organiza el Salón Selección Peñín Nueva York en el mes de las flores. Desde entonces y año tras año, este cronista se ve en la obligación de acudir a los selfies y charletas que los visitantes neoyorkinos demandan aprovechando la ocasión de probar un puñado de vinos españoles de gran prestancia.

En esta ocasión, no hablaré de vinos. Este artículo no trata de lo que beben sus habitantes sino de su escenario urbano. La ocasión me permite pasear por las calles y contemplar esta metrópoli que seduce en la primera visita deslumbrado por las luces del retrato cinematográfico de la Gran Manzana. Un retrato que no deja ver las sombras de una realidad palpable cuando se visita la ciudad varias veces desde que Julio Camba en 1928 ya lo denunciara en su libro La Ciudad Automática.

Ninguna ciudad sin pisarla se conoce tanto como Nueva York. No hay revista que no haya publicado su reportaje correspondiente, sobre todo de sus luces, porque es un deber como capital del mundo. NYC no es una ciudad al uso, es un gigantesco escenario cinematográfico donde me atrevo a asegurar que aparece en el 60 por ciento de la comedia romántica y cine de acción de la filmografía americana. Hablar bien de Nueva York es políticamente correcto a la que se le perdona todo. Ir a Nueva York es un deseo de todo mortal. Tarde o temprano, uno irá a la capital del mundo como el musulmán a la Meca.  

Cuando se visita por vez primera, la emoción que produce se sobrepone al detalle urbano. Al final, cada uno siente y cuenta su NYC personal sobrecogido sobre todo por su espectacular y retratadísimo skyline. ¿Quién va a contar sus miserias si son emociones personales en donde se entrecruzan todos los retratos que el cine ha estampado en su imaginación? Solo los que la visitamos todos los años por razones profesionales, convirtiéndose en una rutina, somos capaces de bajar a los infiernos y verla como la ciudad que es, pero sin emociones. Así pues, lo que voy a contar es lo que el turista de una semana -la mayoría- se encuentra en el imprescindible recorrido urbano que, entre tiendas, restaurantes y la visita a algún icono, ocupará el 80 por ciento del tiempo.   

NO ES NUEVA YORK, ES MANHATTAN

Cuando decimos “vamos a Nueva York”, lo que hacemos en realidad es viajar a la “ciudad” de Manhattan. Se dice que Nueva York no es América, pero tampoco Manhattan es Nueva York. Cuando de pequeño veía los rascacielos en las películas americanas, pensaba que toda la ciudad era así. Pues no. Los rascacielos solo están en una parte de Manhattan, eso que estúpidamente llaman la Gran Manzana, un sinónimo que pocos saben qué significa. Posiblemente nadie, a no ser que sea un mote que nació durante la gran crisis de 1929 cuando muchos trajeados de Walt Street tuvieron que vender manzanas en la calle empobrecidos por la hecatombe financiera. Tampoco es raro porque la manzana es una fruta con un cierto simbolismo americano. 

Nueva York comienza a mostrar sus escondidos encantos cuando pasas una temporada, pero no al turista. Porque cuando los viajeros van a turistear a Nueva York dedican el mayor tiempo -repito- a patear las calles abiertas las 24 horas del día y las tiendas donde venden lo mismo que en el resto del mundo, pero que nos gusta decir “me lo he comprado en NYC”. Aunque Brooklyn está de moda, no hay tiempo para más. Los museos de verdad, que a veces se convierten en el pretexto obligado para el viaje, ya están en la barra de Google, por lo tanto, la calle manda.

Llega el día de viajar a ese cosmos vibrante y nos topamos con algo que no aparece en el cine: el tedioso control de pasaportes, como el que sufrí cuando crucé el telón de acero en 1978. Las caras entre cabreadas y arrogantes de los agentes de las cabinas. Con nada que tu apellido sea el mismo de algún narcotraficante, o que tu cara sea apenas un 30 por ciento parecido a un terrorista, te encierran en un despachito y te interrogan como en las películas. A pesar de haber rellenado en España los impresos del Esta -un pseudo visado para entrar en los EEUU- por cualquier duda te devuelven a casa. Cuando pasas el trance y llegas a la ciudad, sientes en los huesos el ruido de las bocinas como el que se oía en el Madrid de mi infancia. Es la ciudad de los constantes vientos artificiales, aquellos que se producen en embudo por los altos edificios. Es la ciudad que te traiciona con las temperaturas cambiantes en tan solo 24 horas. El viento del sur y el viento del norte arriban a esta ciudad sin obstáculos naturales. El cine nos describe a perfectos ejecutivos bien vestidos saliendo entre las columnas jónicas de Walt Street, cuando en realidad son ejecutivos sentados en los bancos públicos comiendo con bandejas de cartón y caras de resignación en un cosmos multicultural de buen ver por parte de la sociedad mundial. Esa imagen pública que nos ofrece de chinos descargando mercancía, algún negro con aspecto cansino dirigiendo el tráfico o vendiendo salchichas o latinos encaramados en andamios, es un retrato multirracial que cae bien. Sin embargo, el chino se va con los chinos, los negros con los negros y los latinos con los latinos a los barrios respectivos. Un crisol que pisa las mismas calles, pero cada sociedad va a lo suyo. Si vamos a un restaurante o cogemos un taxi, el 20% de la minuta mal llamada propina, más que una retribución es un “impuesto” que tenemos que pagar a los prestadores de servicios y que no se responde con un “gracias”.

Olvidaos de ese retrato de grandes ventanales de apartamentos de ensueño escuchando en off la voz de Sinatra o los modernos despachos de los altos ejecutivos a punto de caer al vacío. Preparaos los que vais con zapatillas y bolso en bandolera a la conquista de Manhattan porque estáis en la “ciudad del decibelio”. Es oír el atronador ruido de los camiones, los más escandalosos del mundo. Las constantes idas y venidas de los bomberos a toda sirena dando vueltas por la ciudad, que más que ir a apagar un fuego parece una exhibición de su poderío mecánico y decibélico. Los imprevistos estallidos de las descargas de enormes planchas metálicas de obras inacabadas que vemos en casi todas las calles. De las innumerables rugosidades del asfalto en mal estado, terror de los amortiguadores. Ingentes bolsas negras de basura por las calles sin reciclar como un retrato tercermundista. Las innumerables obras de remaquillado de las fachadas ajadas por el tiempo, cuyos andamiajes generan estrechos pasadizos urbanos, invadiendo las aceras. Ruido en los restaurantes de moda, como si la moda fuera hablar alto. En NY, no hay tiempo para las sonrisas. No hay calles peatonales y apenas pasos de cebra donde cruzas con ojo avizor. Es una ciudad que apadrina la rueda sobre el zapato porque es más rápido, porque no hay tiempo que perder. Apenas puedes poner el codo en una barra y tomar un café. Hay que beberlo y comerlo todo andando. Gente, una que anda deprisa y otra que habla sola. Un icono neoyorkino es el olor a cebolla frita, salsa de tomate y mostaza sobre hamburguesas achicharradas de los puestos callejeros. Tiffany’s ya no es la joyería refinada en donde suspiraba Audrey Hepburn en Desayuno con Diamantes, hoy es un bazar de turistas. Todo un carrusel del que no nos damos cuenta porque estamos sentados en la fascinación.  

IRRITA, PERO ATRAE

Julio Camba, que en los años Treinta destruía con adjetivos un destino de ensoñación como Nueva York, lo deja bien claro en las primeras líneas de La ciudad automática, el libro donde recoge como periodista sus crónicas neoyorquinas de aquellos años. Señalaba que Nueva York es una ciudad que le irrita, pero que le atrae de un modo irresistible. Y cuanto más le atrae, más le irrita. Una ciudad que solo vive para un presente desconectado del pasado y del porvenir. Le irrita por su brutalidad y su codicia, por su estridencia, por su violencia, por su culto de las catástrofes, por su sacrificio constante del pasado y del porvenir al momento presente, por la organización comercial de sus crímenes y la organización criminal de sus negocios, por su clima contradictorio, desmesurado e incontrolable; por su afán de escalar el cielo haciendo cada año un edificio más alto que los demás, y, en suma, por su ilimitación.

Mi amigo Víctor de la Serna, que vivió y estudió periodismo en los años Sesenta en NYC, escribió un interesante artículo de esta megápolis: “del ya antiguo deterioro de las infraestructuras hoy se ha acentuado. Hasta el actual alcalde, Bill De Blasio, ha reconocido la macrocrisis de un sistema de metro que, pese al par de nuevas líneas, se hunde en el abandono desde hace decenios y que, en los últimos meses, ha conocido varios colapsos que convierten en pesadilla interminable el traslado de los trabajadores. En la superficie, muchas líneas importantes de autobuses funcionan con ritmos -cada 20 minutos, cada media hora- que en Madrid provocarían manifestaciones de protesta. Además, circulan malamente por calles y avenidas afectadas por constantes reparaciones de unas infraestructuras en pésimo estado”. A pesar de ello, NYC es intocable.

Se dice que Nueva York es una ciudad para ricos, pero cualquier ciudad es fantástica para los ricos que se rodean puertas adentro de los microcosmos del dinero. El que veamos en la Quinta Avenida y aledaños las principales tiendas de marcas no es una distinción de NY porque son parcelas de lujo que se pueden ver en París, Londres, Dubái, Hong Kong, Tokio o en ese Manhattan del siglo XXI que es el centelleante Pudong de Shanghái. Los pisos de los ricos instalados en los rascacielos no sabemos si son oficinas o residencias en donde posiblemente no se vive porque a la primera de cambio salen disparados a sus mansiones de Long Island y New Jersey. El cine del siglo XXI nos presenta una ciudad invadida por olas enormes que derriban los edificios o que una invasión polar cubre la ciudad con 5 metros de nieve y unos terribles pájaros metálicos que sueltan fuego por la boca destruyéndolo todo. Es el culto a las catástrofes que citaba Camba. ¿Por qué atrae esta ciudad? Es posible que sea un deseo heredado de los tiempos de la última postguerra mundial cuando Europa era un lodazal y todos queríamos ser americanos bajo el retrato neoyorkino.

Central Park es otro de los iconos que parece creado por un gigante empujando los edificios para instalar un rectángulo de vegetación necesaria. Sin embargo, es quizá el único retrato del pasado que aún permanece. Nadie se fija en las pequeñas colinas o promontorios de piedra cuando la isla de Manhattan era toda así cuando llegaron los holandeses en el siglo XVII. Manhattan era entonces un territorio de colinas que se cepillaron para allanarlas y construir los mastodontes de acero y ladrillo de los edificios.

Leyendo a Camba la ciudad no ha cambiado porque no lo necesita. Es la capital del mundo, aunque para el neoyorkino su mundo es su propia ciudad y para ellos el resto de nuestro mundo no existe. Una ciudad que me parece aborrecer al turista porque abarrota y entorpece el ritmo apresurado de sus calles. ¿Habéis visto alguna vez publicidad institucional de la ciudad? Sus habitantes, si acaso, prefieren al viajero que es una condición más intelectual del visitante. Llegar para vivir un tiempo. Los neoyorkinos pueden ser más sensibles hacia los que sienten la ciudad, al menos habitando durante un mes y sean capaces de entender que NY no posee la careta que suelen dibujar las oficinas de turismo de cualquier ciudad. El viajero debe asimilar sus desventuras porque la ciudad exhibe más que ningún otro lugar la condición humana por ser la capital de este planeta. Por eso, quizá tenga razón Julio Camba cuando hace 88 años decía que cuanto más le irritaba más le fascinaba. 

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