Vega Sicilia, del mito a la excelencia (I)

Cuando en el año 2002 escribí el libro “Vega Sicilia, viaje al corazón de la leyenda”, me di cuenta de que la leyenda de esta bodega comenzaba a declinar cuando su calidad alcanzaba las más altas cotas de toda su historia. Dejaba de ser aquel vino misterioso, fascinante, con la incertidumbre en el momento del descorche para convertirse en algo más cercano.

Esta contradicción encaja perfectamente en el sentimiento tan español de exaltar lo inaccesible, llevar la contraria a aquella frase de San Isidoro, arzobispo de Sevilla (siglo VI), cuando dijo “no tengas curiosidad de conocer las cosas ocultas”. Admirar lo caro, lo anticomercial, lo antipublicitario, de oscuras falsificaciones y el boca a boca. Era el único vino de culto que no se construía en las prestigiosas pasarelas de Rioja y Jerez, siendo más importante su etiqueta que el propio vino. El mito se reforzaba con algunas certezas exageradas, botellas falsificadas, algunas mentiras e historias distorsionadas.

¿LA MUERTE DE UN MITO?

Hoy, este paisaje sociológico ha desaparecido. Vega Sicilia ha dejado de ser un mito con pies de barro para convertirse en la bodega más rentable de España de la mano de sus actuales propietarios. Y de eso presume Pablo Álvarez, su Consejero Delegado, cuando me dijo una vez: «Moralmente, no se puede vivir de una demanda motivada por un prestigio histórico sin ofrecer algo más». Ese “algo más” es la descomunal inversión de 100 millones de euros en modernizar bodega y viñedo frente a los casi 2 millones y medio (400 millones de pesetas) que costó la bodega y finca. Por primera vez en la historia de Vega Sicilia, la bodega, y no la finca, es lo más importante para los actuales propietarios. Y eso sin aumentar la producción, permitiéndose el lujo de eliminar el vino más vendido, como era el Valbuena Tercer Año.

Pablo Álvarez tenía muy claro que el objetivo sería lograr un vino que se admirase por su calidad y no por su taumaturgia y leyendas. Nunca se ha hecho mejor el Vega Sicilia que cuando esta familia fue consciente de que, además de proporcionar prestigio, podía ser un negocio, algo que repetidas veces y sin ambages han pregonado.

Hoy la bodega es una reproducción de instalaciones, enología y viticultura del mejor Grand Cru Classe bordelés, pero ya no están “solos”. En los últimos 15 años, la inversión que las demás bodegas han hecho ha reducido las distancias entre esta firma y las demás. Los nuevos vinos de culto, como Pingus o L´Ermita, con producciones de 5.000 botellas, han sobrepasado los precios vegasicilianos y pocas veces el Único ha alcanzado el liderazgo en las guías, aunque nunca dejó de estar entre los mejores. El “Único” ya no es el vino más caro de España como se jactaban sus antecesores. Pero lo cierto es que todavía ninguna bodega es capaz de vender 75.000 botellas a 300 euros la unidad.

Vega Sicilia, abandonando sus misterios y leyendas, se ha convertido en un gran grupo empresarial (Tempos Vega Sicilia) con Director de Marketing, Comunicación y sostenido en la viña y en la enología por técnicos cualificados, ponderados, pero sin el carisma ni relevancia a la altura de la dimensión de la marca. Y parece ser que ese era el objetivo de Álvarez. El vino ya no se guarda para un acontecimiento que nunca llegaba, sino que se bebe para disfrutarlo. Hoy el vino es más accesible al consumidor, se vende incluso en Carrefour y en venta por internet, a través de Decántalo, Univinum y Bodeboca. También es más cercano a la prensa, a la que reúne todos los años para calibrar la última cosecha de cada vino y bodega del grupo. El anterior responsable, Jesús Anadón, permanecía entre sus paredes como un Condestable en su castillo al que no le importaba que solo se vendiera al exterior el 20 por ciento. Vega Sicilia ha sido hasta este momento un mito reservado a los españoles, incluso en la época de Anadón, el ochenta por ciento de las ventas españolas se bebía en Valladolid.

Pablo Álvarez, por el contrario, viaja sin parar vendiendo el producto y asistiendo complacido a fastuosas catas verticales de viejas añadas propiedad de coleccionistas de élite, pues los anteriores propietarios apenas dejaron unas cuantas botellas históricas en la cripta de la bodega.

EXPLOTACIÓN AGRÍCOLA ANTES QUE EL VINO

En la mayoría de los artículos y reportajes que se han escrito sobre Vega Sicilia, se cita a la familia Lecanda como el arranque de su historia, sin tenerse en cuenta que la verdadera revolución en la segunda mitad del siglo XIX eran las fincas agropecuarias convertidas en empresas, cuando el campo estaba en manos de agricultores de minifundio y señoritos de cotos de caza. Una explotación agropecuaria que fundara en el año 1850 el padre de Eloy Lecanda, Toribio. Salvo las fincas de Murrieta en la Rioja y Lecanda en el Duero, lo normal es que estas explotaciones no contaran con bodega, estando generalmente cerca de los centros urbanos o las estaciones de ferrocarril. Eloy Lecanda aspiraba a crear una finca modélica y, al plantar viñedos con cepas francesas, lo hizo desde el concepto agrícola como un producto más y no bodeguero. Los otros cultivos eran forraje, remolacha, cereal y pinares. El vino como materia prima solo representaba una mínima parte de la cuenta de resultados. Lecanda estaba más enfrascado en producir ratafías (un licor que en aquellos años estaba de moda) y brandy, con los que obtuvo sendos premios, e incluso instaló una fábrica de cerámica. No existía una vocación de marca y los premios obtenidos por los vinos se concedían a la bodega por lo ejemplar de su producción. La finca como razón social se llamaba Finca Lecanda, mientras que el nombre de Vega Sicilia como área geográfica aparece por vez primera en 1890, término más acorde con la explotación de regadío. La bodega se construye bajo el patrón jerezano de techos altos con objeto de acumular el calor en las alturas y que no afectara a los vinos.

La huella de esta familia fue nefasta tanto en la gestión de la explotación agraria como en la del vino como materia prima. Las cuentas le iban fatal a don Eloy, con deudas por doquier. Un personaje más apegado al temple castellano de rentista que de empresario. En el año 1888, la familia no puede hacer frente a una hipoteca y la adquiere la familia Herrero, cuyos dineros procedían de grandes inversiones en la banca, minería e industria textil. No creo que los Herrero, del mismo modo que Lecanda, fueran tan exquisitos en la rentabilidad de la finca, dada la dispersión de sus negocios y propiedades. Tampoco pusieron gran empeño en la parte vinícola, hasta el punto de que Antonio Herrero hizo trasladar el brandy que tenían almacenado en una bodega de La Mancha para guardarlo en las frescas naves de la finca.

NACE EL TINTO VEGA SICILIA

El desinterés por el vino de la familia Herrero seguía la línea de los Lecanda, que no tuvo ningún reparo a la oferta del elaborador riojano Cosme Palacio para alquilar solo la bodega. Es posible que esta marca mítica no hubiese existido si Cosme Palacio no hubiera alquilado la “Bodega de Lecanda” en 1905 por un periodo de 10 años. Cosme fue el personaje que apostó por el vino, cuya gestión sirvió para el nacimiento del tinto Vega Sicilia.

Cuando Don Cosme visita la finca el panorama era desolador. Para él, lo más importante era separar la bodega del resto de la explotación agrícola. Con una mentalidad empresarial y sabiendo que al vino había que darle un buen retoque de estilo y calidad, decide enviar a la persona clave, Domingo de Garramiola y Arbe, alias “Txomin”. Un personaje que daría un vuelco a la historia de un mito enológico español: Vega Sicilia. Era el bodeguero de confianza de la familia Palacio, que trabajaba en los calados de Laguardia y en la Alhóndiga de Bilbao, lugar donde se celebraban las transacciones más importantes del vino español y que contaba con su correspondiente almacén vinícola.

Domingo de Garramiola y Arbe, alias “Txomin”, y su familia

No sabemos si Txomín crea el tinto Vega Sicilia unos años antes de finalizar el contrato con la familia Herrero en 1915, año en que, al parecer, nace la marca legendaria. Tampoco creo que la calidad fuera superior al vino que se llevaba a la bodega de Laguardia, pues no hay constancia de cambios enológicos por parte de Garramiola. La diferencia es que las primeras cosechas se envejecían totalmente en la bodega castellana, que cambió el primitivo nombre de Bodega de Lecanda por el nuevo de Vega Sicilia. Aquellas cosechas, ya con Txomín en nómina de los Herrero y viviendo con su familia en la finca, seguirían elaborándose a imagen y semejanza de los viejos vinos riojanos de largo envejecimiento en barrica, puestos en botella según pedido.    

Cosme Palacio y Bermejillo era un vasco de Markina que, a finales del XIX, fue presidente de la Cámara de Comercio de Bilbao y uno de sus fundadores. También llegó a ser presidente del círculo mercantil de la capital, además de diputado conservador en el gobierno de Cánovas del Castillo y presidente del Gremio de Almacenistas al por Mayor de la Alhóndiga de Bilbao. Perteneció a esa burguesía vizcaína de gran peso en el comercio español del vino. Bilbao era la salida más importante de los vinos de Castilla, al tiempo que Vizcaya era el punto de consumo del vino más relevante de España. Entre los más notorios, estaba el vino de Rioja, si bien en el siglo XIX no se conocía como rioja, sino como el vino de Logroño, y Logroño era una provincia castellana. 

Don Cosme quería surtirse de sus vinos por la semejanza con los riojanos que elaboraba en su bodega de Laguardia, fundada pocos años antes de aparecer la filoxera. Para atender la fuerte demanda canalizada a través de su despacho de la alhóndiga bilbaína, buscó otras zonas para poder abastecerse, cosa que se repitió en bastantes bodegas riojanas. No podemos olvidar que la filoxera tardó años en avanzar hacia el interior. Incluso, se pensaba que la plaga se quedaría circunscrita en la zona. El tipo de vino que Cosme quería elaborar en el Duero era una imitación de los de la Rioja de entonces, el llamado “vino fino tipo Médoc”, con mezcla de tempranillo con variedades bordelesas. Variedades que ya expandiera por los municipios de Álava el Marqués de Riscal en los años Cincuenta del siglo XIX y que eran las mismas cepas que se cultivaban en la finca. Un tinto de intensidad media de color, con las clásicas notas húmedas de envejecimiento en roble viejo y de largas crianzas por almacenamiento en stocks. Era el mismo modelo de los tintos que se elaboraban en los châteaux del Médoc y que se envejecían en los grandes almacenes de Chartrons, en el puerto fluvial de Burdeos.  

  

Próximo capitulo:

Cuando nace el mito.

El momento culminante del mito

Jesús Anadón, el humanista

Pablo Álvarez, el empresario.

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