Vega Sicilia, del mito a la excelencia (II)

En este segundo capítulo, hablamos del nacimiento de un mito esculpido en una historia de penurias que, como si fuera un castigo bíblico, arranca con el descalabro del Marqués de Valbuena en 1848 quien, acosado por las deudas, tiene que malvender la propiedad a la familia Lecanda que, a su vez, 40 años más tarde vende la explotación a precio de saldo a la familia Herrero. Sus sucesores, sumidos en la atonía empresarial, lo venden en 1952 a una empresa de semillas. Catorce años más tarde Vega Sicilia, con pérdidas en su cuenta de resultados, se transfiere a un industrial venezolano de pinturas que, por la misma razón, casi lo “regala” en 1982 a una empresa de limpiezas.

Calderón de la Barca dijo: “Cuando son tan extraños los sucesos, la admiración disculpa los excesos”. ¿Qué fenómeno de seducción podría transmitir una bodega para no desaparecer después de este calvario? Sin duda, su enigma, su impenetrabilidad que, como los grandes cuadros pictóricos, fue objeto de colección, de múltiples falsificaciones, aumentando por ello su atractivo. Xavier Domingo, el más agudo e inquisidor crítico gastronómico del último tercio del siglo XX, hoy desaparecido, lo describía perfectamente cuando, en 1981, quedó impresionado por la contradicción entre la austera edificación de la bodega y la grandiosidad del vino. «Siempre sentí una especie de emoción profunda –escribe– en ese lugar severo, sombrío, serio, sin concesiones, con un misticismo jansenista diría yo... un edificio somero, pardo, sin relieves ni estilo, al lado de la carretera donde se cobija un vino sutil y misterioso”. Cristino Álvarez, otra de las grandes figuras de la gastronomía y que nos dejó hace pocos años, tildó a Vega Sicilia, no falto de una educada ironía, de “falsa moneda”: “Una botella que de mano en mano va y ninguno se la queda. El paciente agradecido le regala la botella al médico, este a su amigo abogado y el abogado al amigo íntimo y el amigo etc.,al final nadie se atreve a abrir esa botella”.

CUANDO NACE EL MITO

Se dice con frecuencia que un mito nace cuando el sujeto muere en su momento de gloria. Si nos referimos a Vega Sicilia, el vino no ha muerto, está más vivo que nunca.  La mitificación de VS no nace como resultado de un éxito comercial, sino porque los españoles somos capaces de despedazar una historia de triunfos y dejarnos seducir por el desplante o por la falsa humildad.  

Posiblemente, el momento histórico se produce a comienzos de los años veinte, cinco años después de la primera cosecha de Vega Sicilia. La clave pudiera estribar en el hecho de que el vino no se podía comprar con dinero, sino con amistad. Mientras que Antonio Herrero Vázquez (con intereses en la industria textil, banca y minería), al comprar la finca en 1888, aspiraba a mejorar la gestión agrícola de Lecanda, veinte años más tarde sus hijos Luis e Ignacio Herrero Velázquez comienzan a interesarse más por el vino gracias a la revolución enológica del tándem Cosme-Txomín, esgrimiendo el tinto Vega Sicilia como un instrumento social para sus otros intereses empresariales.  

Ellos encumbran el vino a través de sus contactos entre la burguesía y aristocracia, a los que regalaban como signo personal, pero sin PVP. Luis Herrero, gracias a su soltería y savoir vivre, aportó a la marca una gran dosis de glamour y elevó al firmamento de lo mundano a un vino que apenas salió de su encierro castellano. Su talla como hombre de mundo le llevaría a organizar ostentosos safaris en África. Uno de los personajes influyentes de la época, el Marqués de Riscal, buen amigo suyo, le introdujo en la Sociedad de Tiro de Pichón, uno de los centros mundanos más señeros de España. Nadie podía concebir que Luis no siguiera los pasos productivos de las bodegas riojanas, como era la expansión comercial del negocio, y así lo hizo. El tinto era objeto de deseo al no tener precio y ser un testimonio físico de amistad con los Herrero. Este hecho propició que el vino se guardara más por un recuerdo o se bebiera en algún momento trascendente, que nunca llegaba. Y, para mayor escarnio, para los que solo podían soñar con la marca, el vino se hizo más inaccesible a causa de que las cosechas del año 17 y 18 obtuvieron los máximos honores en la Exposición Universal de Barcelona del año 1929.

EL MOMENTO CULMINANTE

El momento culminante del mito se produce por un despropósito. Precisamente cuando la rentabilidad del vino pasa por los peores momentos. La segunda y glamurosa generación de la familia Herrero Velázquez deja paso en 1943 a la familia Herrero Serra. Unos hermanos sin el más mínimo espíritu empresarial y sin la mundanidad de los anteriores. En los 9 años de gobierno, apenas introducen mejoras. Aun así, el prestigio del vino comienza a ser más relevante cuando traspasa los círculos empresariales por donde, hasta ese momento, circulaban las botellas y, a través del boca a boca, comienza a venderse a compradores particulares. No obstante, su rentabilidad no permitía grandes dispendios y era insuficiente para absorber las pérdidas de la explotación. En 1952, la finca como propiedad agropecuaria es adquirida por una empresa aragonesa de semillas, Prodes, solo por el valor de la explotación en su conjunto. Se vuelve pues a la ideología agraria de Lecanda y los Herrero Vázquez. Eran tiempos de necesidad agrícola cuando acababa el racionamiento de la postguerra, con especial incidencia en el cereal, al que en Castilla se dio prioridad amparado por las ayudas del SENPA en favor del pan y en contra del vino. Esta operación no alcanzó los objetivos económicos que se preveían, determinando 14 años más tarde la venta a un multimillonario venezolano. En esta ocasión, la bodega fue la principal protagonista de esta transacción, pero solo por satisfacer el capricho de su mujer, como si de una joya de Tiffanys se tratara, y no por el resto que inevitablemente se incluía en el pack. 

Todo esto daba igual. No importaba su misteriosa impenetrabilidad. Sus diferentes propietarios mantenían la finca cerrada al ojo del curioso desde el momento en que la producción estaba vendida de antemano. Un factor que al español pudiente le fascinaba: “Un vino que no se vende en el mercado”, un vino fuera de los anaqueles de tiendas y solo en contados restaurantes para dar, sobre todo, lustre a las cartas. Si algún curioso se atreviera a pedirlo, aceptaría incluso el estado defectuoso del contenido de la botella a falta de referencias sensoriales. Eran tiempos en los que las condiciones de almacenaje eran deplorables y el periodo guardado en los restaurantes y domicilios era mayor que el tiempo de crianza en bodega. Sus vinos, entonces los más caros de España, se vendían en su mayoría a particulares bajo un estricto cupo, que todavía subsiste.

Podría parecer un argumento, casi un paripé. Sin embargo, la única razón era simplemente que la bodega era un negocio ruinoso que apenas se mantenía como un instrumento de prestigio social para otras actividades comerciales. El concepto agrícola de la finca alejaba la bodega de las pasarelas mercantiles, concursos, catas y de cualquier representatividad. Para esta firma de semillas, el vino era también un producto de trastienda, en contraste con la sensibilidad del gerente nombrado por la empresa.  

JESÚS ANADÓN, EL HUMANISTA

En este último periodo, concretamente en 1979, visité la bodega por primera vez. Fue un viaje a un pasado oscuro y sombrío, lo cual acrecentaba mi curiosidad. Para concertar el encuentro, tuve que telefonear por el viejo sistema de “conferencia”: “Señorita, ¿me podía poner con la bodega Vega Sicilia?”. La respuesta fue: “tendrá que esperar 2 horas y entonces le llamaremos”. 

La bodega parecía estar en un trasmundo comunicada por la única línea “por conferencia” que posiblemente seguía en pie en España. Recuerdo ver una pequeña oficina que ocupaba la parte derecha de la fachada. Junto a la puerta de entrada una silla de enea, un perro dormitando y dos gallinas picoteando frente a una fachada que podía parecerse a un convento de viejos ermitaños. Otro factor que acrecentaba su misterio era el aspecto desolador de sus instalaciones con depósitos de cemento, conos de madera ennegrecidos por el tiempo, barricas e incluso botas jerezanas viejas. Es cierto que, en aquellos años, este paisaje no era peor que el que se contemplaba en los calados de las más insignes bodegas riojanas. Aun así, Vega Sicilia era un mundo aparte por su condición de explotación agrícola, aislado en algún punto de Castilla, con población propia, con cura que celebraba misa y con escuela pública, hasta el punto que, en algunos mapas, aparecía Vega Sicilia como término municipal.

En aquella visita me recibió Jesús Anadón, el gerente nombrado por “Semillas Prodes”.    

Jesús Anadón

El motivo fue pedir mi absolución cuando Jesús, con cierta socarronería, me dio un ultimátum para eliminar un texto que publiqué en el boletín de socios de un club de vinos que regentaba. Fue a raíz de seleccionar y vender un entonces desconocido Pesquera en donde se podía leer que Vega Sicilia se nutría de vino de esta bodega según una información que me facilitó Alejandro Fernández, cuando en realidad solo era un proveedor ocasional de uva. El difícil ejercicio de mantener la pureza de la marca y evitar que otros se beneficiaran de su prestigio obligó más tarde a los actuales propietarios a proveerse exclusivamente de sus propios viñedos y destilar el vino que no servía para las rigurosas y largas crianzas, en vez de venderlo a otras bodegas, como era práctica habitual entre las firmas de más prestigio.

Dos años más tarde, volví a visitar la bodega con motivo de un reportaje. En esta ocasión, ya estaba impregnado del embrujo de su historia misteriosa, su silencio, pero también de su sabor rotundo cuya calidad sobresalía entre la mediocridad. Sus rasgos más oxidativos que reductores no adolecían de los defectos de las viejas crianzas de los mejores vinos de la Rioja de aquellos años. El Vega Sicilia que probé correspondía al modo histórico de los tintos de Burdeos, que se mantuvo hasta los tiempos de entreguerras y de los riojanos de las grandes reservas que aún perduran. Crianzas interminables en barrica, tina, bota o bocoy hasta el embotellado, momento que coincidía prácticamente con su venta. Anadón me confesó su proyecto de aumentar los tiempos en botella hasta un año y medio. El vino, además de por su leyenda, era entonces el mejor de España.   

Este aragonés fue la mejor “semilla“ que dejó Prodes y uno de los mejores promotores del mito. Un personaje que fue más humanista en sus relaciones personales que gerente en la gestión de bodega. Irónico y de gran talento, fue el administrador de la finca entre 1952 y 1982, un periodo lo suficientemente largo como para ser su tutor sentimental. “Abandonado” en la bodega por los sucesivos propietarios, tuvo carta blanca para hacer y deshacer, llevando los destinos de la bodega de un modo muy personal, más inmerso en ahuyentar a los falsificadores de botellas, resolver litigios con bodegas de la zona que, como el citado Pesquera, alardeaban de vender vino a Vega Sicilia, cuando no era cierto.

Anadón era más sensible en sus contactos con los empleados, algunos de los cuales trabajaban en segunda generación. Frente a este sentimiento, no se inmutaba cuando Franco y, más tarde, la Casa Real o la Moncloa pedían vino para alguna recepción, enviándoles la mitad del pedido. Esta política de “llanero solitario” de la bodega llegó a fraguar otras leyendas y mentiras entre consumidores y proveedores de uva, a la vista de la escasa información que procedía de la finca. Se decía que al vino le echaban coñac para darle grado, rumor que posiblemente naciera de cuando Eloy Lecanda elaboraba brandy, o que dos botellas de cada diez eran vinagre. Muchos mentían cuando aseguraban poseer un Vega Sicilia de tal cosecha en su bodega particular, cuando ni siquiera sabían que el tinto era vallisoletano. Un vino que se regalaba, se coleccionaba, se guardaba, se escondía, pero no se bebía, como señalaba Cristino Álvarez. Casi nadie era capaz de dar una descripción sensorial del vino, por eso ninguno se atrevía a emitir la menor crítica por temor al ridículo.

A principios de los Sesenta, Mariano García entró como “chico de los recados” de la mano de su padre, Mauro García, que trabajaba en la bodega. En 1967, Jesús Anadón le envía a Madrid a estudiar a la Escuela de la Vid para meterle en la bodega. La escuela de los largos envejecimientos que impuso Garramiola en 1915 fue respetada en su esencia por Martiniano Renedo, Mariano García, Xavier Ausás y el actual Gonzalo Iturriaga quienes, a lo largo de la historia de Vega Sicilia, fueron los responsables técnicos del vino. Harry Eyres, periodista y escritor británico escribió un delicioso capítulo del libro editado con motivo del 150 Aniversario de la bodega. En él, describe a Vega Sicilia como “un vino muy español y no podría ser de otro modo”, basándose en la escuela tan nuestra de los envejecimientos infinitos que tanto singularizan fuera de nuestro país y encarnado sobre todo por el Único Reserva Especial. 

Jesús Anadón y Mariano García

PABLO ÁLVAREZ, EL EMPRESARIO

Cuando, en 1982, la empresa de limpiezas EULEN adquiere la bodega, nadie dábamos un duro por el futuro de Vega Sicilia. Podría haber sido un capítulo más de infortunios a la vista del recorrido histórico de esta casa. Sin embargo, cuando David Álvarez, propietario de EULEN, señaló a su hijo Pablo como responsable de la bodega, se produjo un cambio de ciclo. El interés por el vino del patriarca David no era mayor que el de sus predecesores. Y menos mal, porque es posible que, si su interés hubiese sido mayor, hubiera puesto algún palo a las ruedas de la impresionante labor de transformación y modernización de su hijo. La clave fue Pablo Álvarez. Su figura se engrandece porque fue capaz por primera vez de romper la aciaga historia de Vega Sicilia, ser un humilde alumno de Jesús Anadón y sentir sus sensibilidades, pero con el poder de ser el verdadero empresario que nunca tuvo esta bodega. 

Una vez describí a Pablo Álvarez como una extraña emulsión de poderío que se le supone pero que no lo luce, discreción sobre los nombres de sus clientes (algunos famosos, otros ilustres e incluso de la realeza), humildad porque dice que aprendió de vinos en la bodega y siempre reconocerá que aún le queda mucho trecho, y sencillez porque se confiesa amigo de sus amigos de cualquier condición e importancia social. Dentro de su talante modesto y reservado, ha heredado ese estilo de Anadón de no pestañear ante el encuentro con el personaje trascendente. Tuvo en sus manos la ocasión de apartarse de la Denominación de Origen Ribera del Duero, cuando en realidad la marca mítica está por encima de todos los Reglamentos. Su espíritu solidario no solo le hizo desistir de esta posibilidad, sino que, además, fue su principal impulsor sin obtener nada a cambio.

Pablo Álvarez, al margen de su desapasionada y pragmática actitud empresarial, posee una visión global del vino español objetiva y nada patriotera. Ha recogido, en sus innumerables viajes por todo el mundo, la realidad del verdadero posicionamiento del vino nuestro con sus valores, pero también con sus pecados.   

Resumiendo: el término “Único”, que en el pasado resaltaba en la antigua etiqueta en blanco y negro, tenía una razón de ser cuando los rasgos del vino destacaban sobre los demás vinos españoles, como ya he citado anteriormente. Hoy, siendo mejor que antes ya no es tan “único”, y como me ocurre con otros muchos, ya no siento la emoción al beberlo, al percibir que el vino actual parece haberse desprendido de aquella leyenda sin rivales. Hoy ya los tiene. Su pasado discordante y fascinante deja paso a un futuro más predecible que no me toca contar. He aquí un interesante artículo de Amaya Cervera donde el mito se transforma en un gran vino que nace de una nueva y resplandeciente bodega del siglo XXI.

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