Bodega Cuatro Rayas, ejemplo de "vendimia metálica"

Los retratos de la historia nos muestran los momentos cuando la uva, en manos de la Naturaleza, deja de vegetar a manos de la inteligencia: la vendimia. Hoy, este acto, para algunos entre religioso y planetario, se hace bajo el dictado de la ciencia y la inteligencia artificial. Ya no cuenta el santoral para fijar una fecha. La determina el refractómetro y el ordenador. Ya no veo aquellos viñeros andaluces con esportones sobre mulos, con pañuelos anudados a la cabeza cantando cualquier palo flamenco bajo el sol del sur y el poniente en los rostros.

Hoy, algunas vendimias se hacen de noche porque se puede. Pero también recordando al comediógrafo francés del XIX Edmon Rostand cuando dijo “es en la noche cuando resulta más hermoso creer en la luz”. Al hilo de esta frase, mis ojos buscaban la otra noche castellana una luz en el viñedo de verdejo. Iba a ver una recolección nocturna donde solo se escuchaba el tintineo metálico de la vendimiadora mecánica y el rugido de su motor. No escuche ninguna jota, no vi sombreros, botijos, ni tijeras de podar. Solo el andar de un monstruo calzado de gigantescas ruedas que hace temblar a las cepas “secuestrando” sus granos. Es la vendimiadora sin alma que las lenguas ignorantes señalan como un destructor de jornales. “Al contrario -me dijo José Martín del Campo de Bodega Cuatro Rayas- porque, para que la máquina pueda realizar su labor, es necesario una servidumbre para poner a punto la espaldera. No hay vendimiadores, pero en el transcurso del año trabajan podadores, especialistas en recolocar alambres de las cepas y diversos trabajos que este marco de plantación precisa para ser vendimiada mecánicamente”.

La primera vendimia motorizada que vieron mis ojos fue en 1996 en el cinematográfico viñedo de Montana Wines (hoy se llama Brancott Wines), la bodega más grande de Nueva Zelanda. En todas las fotos, el geométrico y gigantesco viñedo de Marborough aparece como un icono vinícola del país. Allí se habla de producciones de más de 20.000 kilos la hectárea y, por lo tanto, la vendimiadora mecánica se convierte en una necesidad. Aquel bicho que hoy sería una antigualla azotaba las hileras dejando una estela de hojas y racimos en el suelo al tiempo que la cubeta receptora no sabía distinguir racimos de hojas.

No me gustan las vendimias. La literatura y la poesía le ha dotado del carisma casi espiritual. Los fotógrafos se han cebado en ellas en el momento menos fotogénico del viñedo, cuando la planta es un amasijo vegetal donde las cabezas de los vendimiadores aparecen como cazadores furtivos. No me gustan porque, como observador, se siente uno como intruso si no echas una mano. Como currante, es un ejercicio físico que se cobra en los lumbares y en el sudor, y eso no me conviene. El viñedo me gusta en el mes de junio, teñido de un color verde y fulgurante contrastando con los grises negruzcos de las cepas. También me gusta en noviembre cuando el suelo se alfombra de amarillo y ocre con los sarmientos desnudos como esculturas cinceladas por los primeros fríos.

Por eso, no tuve inconveniente en presenciar la vendimia mecánica de Cuatro Rayas, nombre que se presta al chiste fácil y que sustituyó al más sobrio y campesino de Agrícola Castellana. Una cooperativa que jubiló hace tiempo el estereotipo de las viejas entidades asamblearias de boina, recelo e ignorancia. Hoy, la técnica enológica y la ingeniería agraria la llevan otros hombres, como José Martín del Campo el viñedo y Roberto L. Tello el vino, quienes pisan el viñedo, pero sin tijeras ni esportones. No me sentía intruso porque allí nadie doblaba la espina dorsal. La imponente máquina de casi 3 metros de altura cabalgaba por las hileras a la velocidad de un jubilado airoso. Unas barras flexibles van agitando los sarmientos, cayendo los granos (no los racimos) a los recogedores laterales para depositarlo en el gigantesco depósito del monstruo metálico que se yergue en medio de la oscuridad. Me recordaba las inquietantes imágenes de la Guerra de los Mundos de Byron Haskin que vi de pequeño.

Era medianoche. El resplandor de potentes focos y las ciclópeas ruedas iban desperezando las cepas enfiladas y ordenadas, para que el paso del gigante fuera tan solo una caricia. Las uvas descargadas sobre el tractor estaban milimetradas en el tiempo para que accedan en unos minutos a las tolvas de acero de la bodega. El ritmo de trabajo durante la vendimia nada tiene que ver con el sosiego del resto del año. En estas noches despiertas, cada empleado tiene asignado un papel como en una obra de teatro o como en un quirófano de nervios. Las uvas no pueden esperar. Tan pronto llega el preciado fruto, unos operarios con mochila de astronauta chorrean las uvas con nieve carbónica para que los demonios de la oxidación no hagan mella.

Ha pasado la medianoche y el pueblo de La Seca duerme. La bodega es un frenesí entre el ruido de las máquinas y las potentes luces que enfocan los depósitos. Todos parecen más callados, aunque muy despiertos, quizá porque es un momento del día que no les pertenece para el trabajo. Por allí, debe desfilar el fruto de 2.150 hectáreas y necesitaran días y noches. Ignacio Martín Obregón es el presidente de la Cooperativa. No tiene las mejillas coloradas por el sol, ni la huella de la boina en la frente del antiguo daguerrotipo de las cooperativas de vinagrillo, cemento y tinaja que, con recelo, miraban al periodista. Hoy es otra cultura. Ignacio me llevaba por los rincones de la bodega con el sentimiento de algo propio.

En los viejos depósitos de cemento antiguo que todavía conservan, reposan las soleras de los históricos generosos que se alinean con humildad frente a la imponente vanguardia del acero inoxidable controlados por ordenador. Se aplica el espíritu empresarial capaz de convertir el rancio retrato del granel que ha caracterizado a estas entidades, en una suerte de botellas con marca. Cuatro Rayas representa la mejor figura de calidad de una cooperativa española. Envasa toda su producción que alcanza la friolera de 15 millones de botellas. Desde los 3,15 € la botella de Veliterra con 85 puntos en la Guía Peñín, un verdejo fresco, ligero, fácil de beber, a los 30 € de Amador Diez Cuvée Especial 2017, un blanco fermentado en barrica con 93 puntos, verdejo que desata una brisa de cremosidad y complejidad, hecho con una actitud creativa alejada de lo tecnológico. Y, para no borrar algunas luces del pasado, el 61 Dorado en Rama (94 ptos.), con una complejidad fresca, a la vez con el toque amargoso de la flor y la agraciada oxidación que toma de sus botas. Es el antiguo vino generoso cuando la palomino y la verdejo compartían viñedo, botas y soleras.

Estos últimos vinos nacen del viñedo clásico, algunos centenarios y, por lo tanto, de vendimia humana de tijera y selección. Cuatro Rayas ha construido una perfecta pirámide desde la punta con sus vinos de culto hasta la base de la cesta de la compra.

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