Alfonso Cortina: el vino pierde a un gran empresario

El COVID-19 vuelve a llevarse a otro hombre del vino, Alfonso Cortina, que, con su amigo Carlos Falcó, desgraciadamente nos dejó hace pocos días. Un personaje afable, cortés y muy amante del abrazo y del saludo a diestro y siniestro. Estos días me comentaba Isabel Mijares que se libró de asistir a un almuerzo de la Academia de Gastronomía el día 11 pasado donde estos dos personajes sí acudieron, por lo que se supone que aquel encuentro podría haber sido la causa del contagio.

Como homenaje a Cortina que, con Falcó, puso a Toledo en el mapa del vino, rescato un encuentro que tuve con él en el otoño de 2001 en su finca toledana para descubrir su bodega personal de nada menos que 50.000 botellas y su faceta de gran entendido, sobre todo en vinos internacionales cuando todavía no había construido la bodega de Vallegarcía. Un excelente recuerdo catando los vinos que él bebía.

Catando con: Alfonso Cortina (Sibaritas, diciembre de 2001)

Alfonso Cortina, presidente de Repsol, es uno de los personajes más poderosos e influyentes del mundo hispano. Ayer venía de una reunión con Blair y Aznar en Londres. Hoy descorchamos un Grande Rue Monopole Domaine Lamarche borgoñón de la cosecha 1992.

El personaje se mueve entre dos colores: el oro negro del petróleo y el oro rojo de sus vinos. En su finca de Retuerta de Bullaque, en la ladera sur de los Montes de Toledo, sí es oro rojo todo lo que reluce. Su pasión por el vino no solo se materializa con una bodega para beber él, sino también en la construcción de otra bodega para beber los demás. La primera, debajo de su casa, es un espacio pulcro, personal, sin telarañas ni polvo de años, repleto de las mejores marcas del mundo; la segunda será un chateau que construirá en la finca.

“La afición a beber buenos vinos es compartida con mi hermano Alberto. Pero mi próxima incorporación al negocio del vino me lo indujo Carlos Falcó, buen amigo mío e inductor también de la bodega de Marcial Gomez-Cequeira, el dueño de Dehesa del Carrizal. Son 25 hectáreas de cabernet sauvignon, merlot, syrah y la blanca viognier que plantamos hace tres años. Tengo los planos de la bodega que construiré en un lado de la viña, en un desmonte aprovechando la caída del terreno, de tipo vertical para evitar el bombeo artificial del vino, todo por gravedad.”

Tan pronto se llega a la puerta de la finca, uno parece entrar en una majestuosa propiedad de la Toscana. Una impecable carretera adornada de un viñedo en espaldera separado a ocho metros del trazado. Un estanque artificial asegura el suministro hídrico para el goteo. “Como puedes ver, el proceso de maduración es controlado cada treinta segundos por sensores adheridos a cada cepa. Este cableado que discurre paralelo a las tuberías de pvc va a parar a un poste emisor. Este emisor instalado en la viña, transmite los datos a un programa informático que dará la orden de riego calculado en el límite del estrés hídrico de la planta”.

Este paisaje vitícola del siglo XXI contrasta con ese otro paisaje bucólico, salvaje y cinegético de dehesa y encinas. El viñedo se halla a 850 metros de altitud, en los límites de la provincia de Ciudad Real, con noches frescas y días de gran insolación, con suelos pedregosos y arcillosos. Un aire puro y persistente limpia la atmosfera de cualquier peligro criptogámico.

El primer “ensayo general” de los vinos corresponde a la cosecha 2001 cuyos resultados, teniendo en cuenta la juventud de la viña, son mucho mejores de lo esperado. El cabernet sauvignon (el vino posiblemente se llamará Vallegarcía, nombre del paraje) es potente, carnoso, con extraordinaria expresión mineral, con toques de frutos negros muy maduros, pero con original porte frutal. El syrah es también de gran categoría, con tipicidad varietal y de tipo continental (buena acidez y sensaciones frescas).

Dejamos el espacio agrícola y nos adentramos en las entrañas de su bodega personal donde se puede acceder también por ascensor desde la zona de vivienda. Ocho mil botellas perfectamente alineadas en nichos triangulares de sorprendente pulcritud. Vinos climatizados a 12,5º de temperatura durante todo el año y a una humedad del 80 por ciento; de manual. Un ordenador memoriza y clasifica todas las botellas. Grandes joyas bordelesas y borgoñonas conviven con lo mejorcito de la Rioja y Ribera.

Alfonso Cortina no se emociona con las reliquias como los esnobs. “No suelo tener cosechas inútiles y, en general, los vinos viejos, quiero decir de principios de siglo, son solo botellas de coleccionista y lo normal es que no estén en las condiciones de consumo. Estoy muy bien asesorado, acostumbro a comprar mucho en subastas en París y Londres. Algunos vinos procedentes de colecciones particulares están perfectamente censados en lo que respecta a la conservación que ha tenido el vino en la casa del anterior propietario. Hay mucha seriedad en todo esto. Mi hermano y yo tenemos proveedores en Hendaya y en Borgoña que nos ponen al día. Tengo cupo de compra en Lafite Rothschild y en Vega Sicilia. Además, no pierdo de vista lo que dicen los gurús, que, como Robert Parker, no suelen equivocarse tan fácilmente. Como verás, en esta pequeña biblioteca de consulta tampoco faltan tus guías. Incluso conservo tu Manual de Vinos Españoles de hace veinte años.”

Agradecido. Pero ¿cómo nuestro personaje puede consumir tanto vino si entran más botellas que salen? “Bueno, esto es una manía como otra y quien no vive esta cultura no lo entiende. A pesar de que no bebo entre semana, aquí recibo a mucha gente y tengo la suerte de que los que entran en esta casa les guste el vino.

Allí puedes ver toda una colección de Vega Sicilia. Me gusta la cosecha del 70 y del 62. Tengo debilidad por los riberas, sobre todo Alión, y dentro de los vinos emergentes no faltan los Artadi, San Vicente... Pregunta, pregunta, a ver si falta alguna cosecha importante.”

Alfonso Cortina se mueve como pez en el agua a la hora de memorizar cosechas rutilantes. “Mira allá al fondo el Haut Brion del 70, o el Grand Echezeaux de Romanee Contí. He pasado momentos sublimes con tintos como Lafite Rothschild del 95, ¡qué gran cosecha¡

Su tino en la elección llega al extremo de no querer saber nada de los burdeos de la primera mitad de los años noventa y por el momento no le interese los llamados “vinos de garaje franceses”. “Dejando aparte la cosecha 1990, los más interesantes comienzan con el noventa y cinco. Como verás me muevo en cosechas que yo llamaría para beber. Setentas, ochentas y noventas. Mi padre era más sobrio que nosotros. Conservo algunos tintos de su época como el Chateau Belair del 61”.

No solo cuenta con esta bodega sino también posee otra en su “residencia" de Madrid de 2.000 botellas. “Todo esto no es nada con lo que he visto en casa de algunos amigos. Me impresiona el conocimiento que sobre vinos tiene el presidente de una de las más importantes compañías de electricidad de los Estados Unidos. Es naturalmente californiano. Los americanos cuando se meten en esto son unos grandes entendidos. Otro personaje y además amigo es Eric de Rothschild que cuenta con una bodega privada de 500.000 botellas nada menos. Aunque esté metido en este mundo, sus conocimientos son descomunales”. Le preguntamos si el Presidente del Gobierno es un conocedor: “Aznar es un gran aficionado que entiende de vinos más de lo que uno se pueda imaginar, sobre todo de los riberas. Otro enófilo apasionado y culto es Alberto Ruiz Gallardón. Me gusta como describe los vinos Isabel Mijares. Siendo enóloga no va por la vida con un discurso técnico. Utiliza expresiones que no había oído nunca acercándose a un vocabulario mas humanístico que científico”.

Para el almuerzo Cortina eligió un Grande Rue 1992 Domaine Lamarché 1.992, la mejor cosecha para beber ya, con un brillante tono cereza anaranjado con un sutil y especiado aroma con evocación floral, pleno y rico en matices seductores. “Este tinto se produce en una pequeña zona alargada, pegado a valla de la Romanee Conti, por eso se llama la Grande Rue”. También llevó un “100 Parker”: un Léoville las Cases del 82, un tinto portentoso con un cereza intenso, brillante con un ligero toque pimentonado, con taninos vivos, muy precisos, pero con la sabrosidad de harmonioso alcohol y recuerdos de pétalos y grosellas. Como contrapunto subió de la bodega un Chateau Margaux del 86, prodigioso a pesar de estar hermético de aroma. Además, para dejar muy claro que es sensible a los vinos del Nuevo Mundo y los conoce, nos cautivó con un curioso vino argentino: Angélica Zapata malbec del 95, intenso de color, con un aroma potente, maduro, concentrado, con notas minerales, tostado y muy complejo, con una boca de dulcedumbre y muy largo. La exhibición acabó con un original y glorioso cabernet sauvignon-malbec de este mismo país llamado Colomé 98, cuyas viñas se cultivan a 2.300 metros de altitud. Rico en expresión frutal, muy maduro, tostado y de fineza y originalidad fuera de lo común. Alfonso lo paladea sin solemnidad pero con expresión circunspecta y seducido por las características. “Es un vino que me recomendó otro contacto que tengo en Argentina a donde voy con cierta frecuencia: Francis Mallman, un restaurador bonaerense que también sabe mucho de vinos”.

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