La maldición de los Chivite

Hace unos días falleció Fernando Chivite, la última víctima de una maldición que se ha cernido sobre esta familia navarra. De los cuatro hermanos Fernando, Carlos, Mercedes y Julián, este último como único superviviente, todos los demás fallecieron de tres enfermedades diferentes: leucemia, tumor cerebral y cáncer de pulmón respectivamente. Que alguien me rebata si no es una maldición.

¿Cómo es posible este descalabro cuando sus padres, que disfrutaron de una vida larga y trabajosa, pudieron sobrepasar con creces los 80 años de edad hasta el fin de sus días?

La familia Chivite fue dinámica y emprendedora y, bajo su batuta, se establecieron las normas para pasar de ser una bodega afincada en el vino de supermercado en 1980 a liderar el vino de culto de Navarra. Supieron vestir de etiqueta y elegancia al estereotipado rosado de trago fácil, construir el primer blanco dulce contemporáneo de vendimia tardía y fueron capaces de elevar a los cielos el cabernet y el chardonnay como los mejores varietales franceses hechos en España y que hoy todavía siguen conservando ese cetro.

Hubo tiempos mejores en la familia. Reproduzco el pie de foto con todos sus miembros reunidos en 1993 que escribí para mi libro 12 Grandes Bodegas de España y que refleja aquel momento de esplendor:

"He aquí a la familia Chivite al completo y en familia. A la izquierda, Julián Chivite, el patriarca, con su poderoso y veterano aliento de más de ochenta años capaz de soplar las cabezas de sus predecesores. Junto a él, su esposa Mercedes se erige como esa dama ibérica que sabe estar en un segundo plano sin parecerlo. A su izquierda, Carlos, el primer hijo que abandonó la lucha a favor de la soltería. Al lado, Fernando, que, detrás de su bigote siciliano, hace verdaderos esfuerzos para estar serio, pero no puede. Muy al contrario de Julián, su hermano, a la derecha de la fotografía, en cuyo rostro algo keatoniano se le adivina una modulación socarrona. Por último, Mercedes, de pie, con el tiempo justo de dejar la bicicleta, arreglarse para el flash y tomar el primer avión. Cada uno de ellos tienen una misión específica en la única bodega navarra de diez generaciones. Aunque se les vé joviales y relajados, parece como si esperaran a alguien. Esperan que el fotógrafo termine el suplicio y poder levantarse de sus asientos cada uno por su cuenta como si fueran impulsados por un muelle. Todos ellos mantienen, en órbitas diferentes, un movimiento de traslación constante sobre el eje del vino. Detenerlos, aunque sea en el salón del hogar paterno, es obra de titanes".

En aquellos años, la armonía familiar era total. El patriarca Julián Chivite Marco dirigía con autoridad la compañía a punto de jubilarse. Todos ellos unidos por una innegable vocación, que los ha llevado a cambiar la actividad profesional que un día eligieron, por los trasiegos, las prensas, las barricas, los mercados exteriores o el estudio de las plagas del viñedo. Julián y Mercedes se responsabilizaban de lo comercial y exportación, Carlos estaba al frente de las finanzas de la bodega y Fernando se encargaba de la producción y dirección técnica. Cada uno con una misión concreta y algo de optimismo vocacional debían llevar en sus almas cuando siempre aparecen sonrientes y felices hasta en las fotografías.

Ese retrato se fue oscureciendo a partir de los fallecimientos prematuros de Mercedes y Carlos y la escasa concepción de los mercados para asimilar los precios “riojanos” de esta casa frente a la baratura del cooperativismo de los vinos navarros ayudados por subvenciones electoralistas. Lucharon para situar el nombre de Navarra en las pasarelas de los grandes vinos. No pudieron lograr que la relación entre la D.O. Navarra con sus precios de saldo hicieran comprender, sobre todo a los compradores extranjeros, que los vinos de Chivite eran de otra galaxia y por lo tanto más caros. Todo ello añadido a los conflictos de gestión entre Julián y Fernando, condujo a la bodega a una crisis financiera de tal calibre poniendo a la venta todo el patrimonio. Esta propiedad se halla hoy en manos de Perelada mientras que la finca y bodega Señorío de Arínzano se desmembró del Grupo para ser adquirida por un comprador ruso. Los actuales propietarios de la marca Chivite han mantenido el apellido en la persona de Julián como Presidente Ejecutivo. Con la presencia pujante de este superviviente, el apellido no solo resiste, sino que su marca sigue en las alturas del vino español.

Volviendo con Fernando Chivite, con él tuve una relación más estrecha por su papel técnico en la bodega. Caté en muchas ocasiones no solo sus vinos sino también los ajenos. Fue quizá el más cercano de la familia a toda la cohorte de periodistas gastronómicos en el feliz periodo entre mediados de los Ochenta y hasta bien entrado este siglo cuando comenzaron las disputas familiares que obligaron a Fernando a abandonar la casa madre.

Fumador empedernido y con ocasión de un viaje a Australia y Nueva Zelanda en 1996, se empeñó en buscar la compañía aérea que permitiera fumar en el avión a todo el pasaje. Eran los primeros coletazos prohibicionistas del tabaco. Aproveche la ocasión para viajar con él por sus conocimientos de inglés lo que me permitiría conectar con las diferentes plantillas enológicas de las bodegas de estos dos países. Recuerdo que cuando Fernando hablaba en inglés con los técnicos australianos y neozelandeses le pedí que me lo tradujera. Con esa socarronería que le caracterizaba, me respondía con cuatro palabras. Menos mal que llevaba una grabadora y lo que se oía en la cinta poco tenía que ver con su traducción. “Eres un cachondo Fernando -le increpé- porque me estas traduciendo lo que te da la gana” Me dijo que ya había observado mi artilugio y qué mejor que la técnica para salvar el obstáculo idiomático del que esperaba que le pasara la grabación. Le respondí: “para este viaje no necesito alforjas quedándome en Madrid y prestándote la grabadora”. Me contestó: “Y lo bien que te lo estas pasando conmigo”, y era cierto.

Teníamos diferentes puntos de vista en los tintos. Era más de la liga bordelesa que la borgoñona. Su capacitación la hizo en Burdeos y por eso fue fiel a sus principios académicos. Prefería que los tintos desarrollaran más lentamente sus aromas, mientras que con los blancos se ceñía al más ortodoxo modelo borgoñón. Sus grandes éxitos fueron el moscatel de vendimia tardía con un perfil sauternes, el chardonnay que logró convertirlo en el mejor de España y fue pionero en proyectar el rosado criado en roble y con lías, acabando con el sambenito del rosado para restaurantes chinos entrando por la puerta grande de Arzak. Con él, me convencí que con los rosados criados en barrica y trabajando con denuedo las lías, se puede alcanzar la misma gloria que con los blancos y tintos capaces de envejecer con dignidad. Con su trabajo tuve que cambiar el chip de que los rosados no servían para guarda en botella. Toda una escuela que en la actualidad se han abonado un gran número de bodegas.

Me entristeció que el conflicto familiar-empresarial acabara exiliándole asesorando a una cooperativa de Baja Montaña en la Navarra de sus amores. Aún tuvo la fuerza para lanzar un rosado de fuste, Arbayún, para que al menos su huella no quedara solo en la casa paterna.

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