¿Existe el vino ideal para Navidad?

Bajo el título “El vino ideal para la Navidad” todos los años por estas fechas, dominicales, revistas generalistas y algún periódico solo se acuerdan del asunto para publicar un “especial de vinos”. En algunos casos, resulta ser un catálogo complaciente, generalmente sugerido por el departamento de publicidad para que las bodegas inserten anuncios y hacer caja. No obstante, sea bienvenido que los medios de más tirada convengan con la cultura que nos incumbe, aunque haya contraprestación publicitaria.

Pero de esto no quería hablar sino responder a la pregunta de si existen “vinos ideales” para estas fiestas. Es lógico en unas fechas tan señaladas el vino en botella adquiera más protagonismo que en el resto del año, pero cuidado, ¿son los momentos mejores para descorchar lo mejorcito de la bodega personal? Tengo mis dudas.

Demasiado follón

Mi experiencia me dice que estos encuentros familiares no son los escenarios más propicios para descorchar lo mejor de nuestro patrimonio botellero, o sea, los vinos que se distinguen por su personalidad, terruño y exquisitez en la elaboración, un asunto que otras veces he comentado. La razón más evidente es que todas estas manducatorias son multitudinarias, familiares, en donde el jaleo de los niños gritando, la alegría desmesurada de todos hablando a la vez, botellines de cerveza por todos los lados, la suegra cabreada, el cuñado escéptico, el abuelo atolondrado, la cocinera jadeante, el calor humano que se suma a la calefacción, la televisión a toda pastilla y un sinfín de aperitivos, dejan exhaustos los sentidos para dialogar con el vino. Tratándose del encuentro más familiar del año no faltan discusiones y en algunos casos rupturas sentimentales. Todo este tinglado de reacciones y sensaciones es lo más negativo a la hora de disfrutar de la personalidad y carácter de un vino en toda su magnitud. Es cierto que los anfitriones destapan la caja de los deseos para poner en la mesa aquello que gusta a todo el mundo: que si un platillo de espárragos, que si una bandeja de chorizo, jamón y salchichón, que si un taco de atún, que si un plato de langostinos, anchoas; el cuñado con un botellín de Mahou fumando en la terraza, el niño gritón que solo quiere sidra sin haberla probado en su vida, la abuela con la tensión alta, la ráfaga vaporosa que sale de la cocina, etc., todo ello sin orden ni concierto. La afición muy española al picoteo deja el apetito por los suelos cuando nos viene por fin el capón o el pavo.

Los vinos posibles

Ante tanta agresividad palatial solo cabe, si acaso, un vino con músculo, un vino de impacto, potente o concentrado como un Jumilla, Toro, Campo de Borja, Priorat o un Montsant para competir con la intensidad y pluralidad de sabores de los variados y copiosos manjares. Pero esto es casi un enfrentamiento, un “a ver quién puede más” y no lo veo. Para mí, creo que el vino “apagafuegos”, aunque no el ideal, pero sí el adecuado desde el aperitivo hasta el postre, sería el espumoso, ya sea cava, champagne, prosecco y el resto de variantes del espumoso que se elaboran en todo el planeta. Deberá no sobrepasar la edad de tres años. ¿Por qué? La baja temperatura de servicio, el carbónico, la acidez y la ligereza de su trago, producen la misma sensación que un abanico sevillano en una calurosa tarde de toros. Es lo mejor para todo el menú de cualquier composición debido a su función refrescante e incluso digestiva. En el follón navideño nadie se acuerda de las características organolépticas del vino, aunque la botella esté presente en todas las mesas navideñas casi como un ritual. Pero que nadie se empeñe en buscar más matices, que no los encontrará. Para no decepcionarse, que busque otro momento trascendente pero más sosegado. Cuando el vino se bebe existe el factor emocional dado que se ha elegido por muchos factores, entre ellos el más importante es el buen recuerdo de anteriores experiencias, pero depende de en qué escenario se bebió. Para la trascendental ocasión navideña se intenta elegir la marca más cara, prestigiosa o la más puntuada en las guías y las sugeridas por los críticos, así como también aquella vieja añada que nunca pudimos descorchar por no encontrar el momento señalado. En general, desde el punto de vista subjetivo nos sentiremos satisfechos, pero desde el punto de vista gustativo es posible que el vino discurra sin pena ni gloria.

En alguna ocasión dije que quienes estamos acostumbrados por profesión y, como no, por vocación, a catar más que beber, es decir, las dos únicas formas de compartir el vino, es necesario el sosiego que permita sentir sin distracciones todos los valores, no ya del vino sino también del menú sin que se crucen toda serie de interminables y variados sabores de los aperitivos que lo único que conducen es alterar y enmascarar en cierto modo los matices gustativos del vino. No se trata de catar sino de apreciar mejor el perfil del vino y su armonía con un menú libre de toda una serie de bocados anexos que, por su diversidad sensorial, haga difícil las percepciones del líquido y del sólido. Por eso soy poco partidario del inacabable “menú degustación” de los restaurantes estrellados que, con sus numerosos bocados y variadísimos registros sensoriales, hay que acompañarlo con un surtido equivalente de vinos, los cuales se tropiezan unos con otros sin apenas percibir los rasgos identitarios de cada uno con el paladar y el estómago abierto durante 4 horas.  

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