Mis pronósticos para estos años Veinte (I)

Comenzaré diciendo que no me voy a tirar a la piscina con mis pronósticos sobre el vino español sin contar con los vaticinios ya cumplidos que relataré en esta primera entrega. Esta realidad gozosa me sirve de inspiración para cometer la osadía de adelantar lo que va a ocurrir al vino español en los próximos 10 años. Hace poco oí que la inspiración es la forma artística de la intuición, aunque en mi caso pervive la razón y el sentido común sobre la intuición. Por lo tanto, es un ejercicio que debe basarse en lo que pasó para poder calcular lo que va a pasar. Apunto la frase del escritor francés del Dieciocho François Marín cuando dijo que el futuro es la renta más cuantiosa de la imaginación, aunque estoy más cerca de la frase del filósofo John Locke cuando afirmó que ningún conocimiento en el hombre puede ir más allá de su experiencia.

En un artículo que publiqué en 2011 en la revista Sobremesa, dije que la historia del hombre es todo un proceso de ciclos pendulares como consecuencia del cansancio lógico de hacer siempre lo mismo y por lo tanto la necesidad de cambios que no son otra cosa que las modas. La historia está plagada de modas que llegaron y se fueron y que ahora se vuelven a reproducir. Las modas no son creaciones inéditas porque se apoyan en retratos pasados y más cuando, como el vino, se trata de un producto milenario.  

No hay nada nuevo en el vino que no se haya hecho antes con las tonalidades que confieren los nuevos descubrimientos técnicos.  Desde los primeros aldabonazos del hombre con esta bebida, el vino tuvo diferentes perfiles. Hubo tiempos de vinos blancos densos, ácidos, ligeros, oxidados, alcohólicos y agraces; de tintos clareteados, concentrados, mezclados con blanco, aloques, los llamados blancos pardillos o elaborados como tintos, vinos dulces y amargos. 

Pronósticos cumplidos

A comienzos de los Ochenta, ante los tímidos pasos hacia la reestructuración del vino español y en consecuencia una mejora de la calidad, no era difícil acertar un pronóstico de lo que se nos venía encima. Me acuerdo de lo que publiqué en la revista Bouquet en el año 1980 cuando dije que la Ribera del Duero (en aquellos años paradigma del clarete y todavía sin ser D.O.) sería el rival más difícil de la Rioja en sus tintos y que sus vinos, en general, serían más caros y así ha sucedido. Por aquellos años dije en la citada revista que la prieto picudo leonesa se impondría más en tintos que en los claretes que mandaba en la meseta. También hice mi vaticino con los vinos de Castilla-La Mancha cuando aseguré que en las zonas periféricas de la D.O. Mancha aparecerían los mejores vinos debido a la mayor altitud que la llanura manchega. Basta ver los frescos vinos de la zona conquense, los interesantes vinos de garnacha tintorera de altos de Albacete y el reconocimiento de Manchuela, cuyos vinos están situados hoy en excelentes posiciones. En un ejercicio de memoria me acuerdo de un artículo en la citada revista, así como también en la edición de 1992 de la Guía Peñín y en varios artículos sobre los vinos de Madrid, cuando dije que San Martín de Valdeiglesias, como área de la zona de Gredos, tenía mejor futuro que el resto de la D.O. y que sus garnachas eran las mejores después de las del Priorat gracias a la orografía y sus suelos silíceos. Precisamente el pionero en instalarse en la zona en aquellos años fue Telmo Rodríguez a raíz de mis recomendaciones. Ezequiel García, llamado “El Brujo” en los años Ochenta y el más mediático en aquellas fechas, fue un entrañable amigo cuando trabajaba en Olarra. En varias ocasiones le aseguré que, a no tardar, los tintos riojanos serían más oscuros y carnosos. No me hizo mucho caso ya que defendía la tradición de toda la vida de vinos más abiertos de color con sabor a roble. Unos años más tarde aparecieron aquellos vinos más intensos y maduros denominados entonces de “alta expresión”. Unos años antes de morir Ezequiel reconoció que tenía razón.

En 1981 tuve una charla con Jaume Ciurana, entonces primer presidente del INCAVI, y considerado en aquellos años como el hombre del vino catalán más insigne. Me comentó que el futuro del vino tinto catalán pasaba por las mezclas de variedades francesas con las garnachas y cariñenas para sostenerlos en botella y no depender de la tempranillo, en la que no veía buenos resultados. Yo le respondí que, en el caso del Priorat  solo la garnacha era el futuro ya que entonces era el vino con más personalidad en España. En esos años ya hubo alguna iniciativa para plantar tempranillo. Como conocedor del universo socioeconómico del Priorat y su condición de ingeniero agrónomo, aseguraba que esto resultaba imposible ya que, debido a los costes de producción, la atomización de propiedades en un universo de mentalidad campesina y un cultivo poco rentable, nadie sería capaz de pagar un precio riojano (de entonces) por un vino de esta zona. Le respondí que solo hacía falta que “dos o tres locos del terroir” se pusieran manos a la obra sin importarle el precio jugando con la escasa oferta del territorio. Esta predicción hecha a la ligera, la materializaron ocho años más tarde Rene Barbier, Jose Luis Pérez Verdú, Carlos Pastrana, Dafne Glorían y Álvaro Palacios. Como muestra, crearon un vino colectivo, Clos de L’Obac 1989 para después, cada uno por su lado, vender sus marcas a precios inimaginables en el Priorat de entonces. En una edición de Intervín, creo que, en 1990, algunos de ellos, menos Dafne Glorian, presentaron a la prensa el citado Clos de L’Obac que se elaboró en una pequeña nave de René en Gratallops. Mario Rotllant, propietario entonces de la distribuidora Sefrisa como impulsor comercial de la marca, me llamó para que probara la primicia enológica. Era el nuevo Priorat un tanto afrancesado con la garnacha mezclada con merlot, cabernet sauvignon y tempranillo. Un ensamblaje que, según ellos, podía sostener el vino en botella mucho más que solo garnacha. Les dije que la personalidad de la garnacha telúrica quedaba diluida con las variedades ajenas. Aquello no era el priorat de mis sensaciones y que solo la garnacha era suficiente, incluso sin cariñena (la de entonces) como era habitual. Me basaba en que en aquellos años algunos tintos (muy pocos) de Masía Barril, 100% garnacha, de la cosecha 1978 con un pH bajísimo, estaban relucientes y sin oxidar después de 10 años en botella. Al final, tarde o temprano acabaría dominando la garnacha incluso como monovarietal, como así sucedió años más tarde, mientras que el ensamblaje “francés” ocuparía las gamas inferiores de los vinos.  

En una entrevista que me hicieron en el periódico La Rioja del año 2001, aseguré que los vinos de “alta expresión”, concentrados, roble nuevo y de mucho color que entonces estaban de moda, darían paso a vinos más elegantes y finos que es lo que hoy se estila. En cuanto a los blancos que hoy son una auténtica moda, ya lo predije en la revista Sibaritas en el editorial del de junio de 2006. Dije que en los ocho años siguientes los blancos se pondrían de moda en España y así ha ocurrido.

Mis predicciones citadas en el año 2011

En una colaboración con la revista Sobremesa de hace 9 años, me pidieron que diera mis vaticinios sobre el vino español para los siguientes años. Algunos de ellos comenzaban a aparecer tímidamente, hoy ya casi son una realidad: 1.- Que en la zona alta de la tabla se impondría los vinos “intelectuales”, vinos de diseño en donde se revisarán las pautas de lo que es un “vino bueno y vino malo” en relación con los sabores y aromas “establecidos” y a favor de la personalidad dentro del equilibrio. 2.- A corto plazo habrá más incidencia de las cepas autóctonas y menos presencia de las globales en las marcas más señeras. 3.- La garnacha se impondrá como estereotipo español imponiéndose a la tempranillo en el ámbito internacional de calidad. 4.- Se redescubrirá el concepto atlántico materializado en los tintos gallegos como paradigma de lo varietal y mineral. 5.- A corto plazo se consolidará la noción de terroir, es decir, que al margen de la calidad del vino que se da por supuesta, se pondrán de moda los vinos con personalidad marcada no solo por la variedad sino por el entorno vegetal (flora y plantas silvestres) y por el sustrato mineral y animal o microbioma del espacio edafológico del suelo en donde se extienden las raíces de la cepa. 6.-aumentará y se generalizará la selección de levaduras autóctonas. 7.- se tendrá más en cuenta una mayor precisión de los aromas característicos de la variedad huyendo de los aromas confitados de la hipermaduración de los racimos aun a costa de adelantar la vendimia. 8.- se generalizará la elegancia y finura en los tintos y la intensidad de color no será un factor comercial. 9.- En los blancos no importará que sean más coloreados. 10.- En la crianza se volverán a los depósitos de cemento pulido sin vitrificar, incluso asomará alguna tinaja de barro y se generalizará la utilización de barricas de roble de varios usos y tamaños que permitan la microoxidación consecuente, pero sin la rémora del sabor a roble y habrá un reencuentro con variedades catalogadas como rústicas y que poco a poco se vayan introduciendo en los ensamblajes en sintonía con las tendencias biodinámicas y ecológicas que se irán extendiendo. 11.- A medio plazo en los vinos de diseño o “Premium” se pondrá el acento aún más en el equilibrio de sus componentes  sin que importe tanto la presencia moderada de elementos negativos (bret, TCA y notas de evolución oxidativa) como algo intrínseco en el vino siempre que se hallen en armonía con sus valores positivos, al tiempo que no oscurezcan la personalidad y no capitalicen el gusto 12.- A medio plazo habrá menos prejuicios en la adición de blancos a los tintos con proporciones más estudiadas que no afecten el carácter del vino. 13.-Menores prejuicios en ensamblajes de añadas. 14.- En cuanto a los vinos populares habrá mayor interrelación entre más calidad y menos precio con inferiores costes de producción fruto de una mayor optimización de los rendimientos que serán más elevados dentro de un concepto de vino-bebida de trago fácil. 15.- Se generalizarán las variedades globales (cabernet sauvignon, tempranillo, syrah, merlot y sauvignon blanc) para vinos placenteros de beber, ligeros y frutosos, vinos más competitivos producidos por grandes corporaciones y conglomerados de bodegas según las pautas novomundistas.

Próximo capítulo:

¿Cómo serán los vinos en los próximos años Veinte?

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