Finca Villacreces, el vecino ilustre de Vega Sicilia

Para hacer buenos vinos no es necesario contar con una tradición familiar. Últimamente, los empresarios son los que se llevan el gato al agua en proyectos vitivinícolas con una exigencia de calidad sin dejar de ser un negocio. Me refiero a Gonzalo Antón (1950), que desde que en 1987 fundara la bodega Izadi continuó con Vetus en Toro, Orben en la Rioja y Villacreces en la Ribera del Duero. Lo que ya no es corriente es que todos sus vinos alcancen en la Guía Peñín cotas de valoración de 90 puntos para arriba.

Gonzalo (Lalo para los amigos) es ante todo un restaurador. Una figura hoy en regresión cuando los protagonistas son los cocineros que en su mayoría externalizan su ego. Es propietario del Restaurante Zaldiarán de Vitoria y su porte y maneras en la sala se halla en la estela de Claude Terrail de Tour D’Argent, Jesus Oyarbide, Clodoaldo Cortés, Otto Horcher, José Luis o Lucio.  

A Gonzalo Antón le conocí en 1991 cuando organizaba en su restaurante el Congreso de Cocina de Autor con la coordinación de Rafael García Santos. Fue el primer hito de los congresos gastronómicos de España con cocineros ejecutando en la propia cocina de este fogón vitoriano. Me invitó como jurado de los premios que concedía a los mejores cocineros. Su generosidad no tenía límite hasta el punto de invitarnos a un grupo de periodistas a volar de Biarritz a París y cenar en Robuchon y al día siguiente almorzar en L’Arpege. Hace unos días me contó que su viaje de vuelta de París acompañado de Rafa Santos recaló en el entonces desconocido Bulli. En aquella ocasión, Ferrán Adriá, más tímido en aquellas fechas, no se atrevía a salir a la sala. Cuando García Santos probó sus platos vaticinó que El Bulli sería el número uno de España.

Casi rodeado por el Duero

Hablar de Gonzalo Antón es no parar. Pero en esta ocasión me referiré a su segundo proyecto Finca Villacreces, que adquirió en 2004 y que se alza entre la carretera Aranda Valladolid junto a Vega Sicilia.

A finales de los años 90 tuve la ocasión de visitar Villacreces de la mano de Peter Sisseck.  Me confesó que tenía vino guardado en una pequeña nave alquilada y un viñedo de nombre Flor del que años más tarde nacería Flor de Pingus. En otra visita que hice con José Antonio Mijares tuve la ocasión de conocer a su propietario entonces, Pedro Cuadrado, un empresario textil un tanto desengañado del mundo de la moda con precios a la baja por condicionarse a la mano de obra del tercer mundo. La evolución que estaba tomando el negocio sobrepasaba su mayor inclinación hacía un trabajo de proveedores cercanos. La bodega se llamaba Hermanos Cuadrado y elaboraba solo la marca Villacreces con una puntuación de 85+ en la Guia 1998 (una evaluación bastante normal en los vinos ribereños de entonces) cuatro años después de la fundación de la bodega. Una firma que apenas llamaba la atención porque, de sus 35.000 litros, exportaba el 80 por ciento. Siempre me extrañó que la finca fuera frontera de Vega Sicilia sin que este vino mítico echara sus tentáculos para quedarse con la propiedad. 

Gonzalo Antón, con la experiencia riojana de Izadi, compró en 2004 la finca de 110 hectáreas con 64 de viña, bodega y casa de esparcimiento por dos mil millones de pesetas (12 millones de euros). Pensé que ese precio tan asequible incluso en aquellos años, era resultado de viñedo limitado al estar instalado en la llanura aluvial del Duero con agua a muy baja profundidad y heladas tempranas o tardías. Viñedos que en gran parte arrancó Pablo Álvarez en su finca de Vega Sicilia para concentrarlos en la zona del Carrascal, la ladera que mira al norte del valle. La historia de Vega Sicilia cuenta que toda esa zona llana y aluvial era más propicia para pastos y que formó parte de varias fincas, una reproducción de una explotación agrícola desde tiempos del catastro del Marqués de la ensenada.

Sin embargo, a pesar de la corta  distancia de vecindad, existe una diferencia entre los suelos de la zona llana de Vega Sicilia, que son más ricos en materia orgánica, y la zona llana de Villacreces, que son suelos de sedimentación y por lo tanto más pobres, lo que facilita una mayor aptitud vitícola. Un trabajo con la cordura no solo del hijo de Gonzalo, Lalo, dirigiendo el cotarro, sino también de un equipo competente y fiel conocedor de los vericuetos vitícolas del valle del Duero, con Javier Vicente en las viñas y Lluís Laso en la enología (trabajó 5 años con Tomás Postigo en Carraovejas). Una comunicación con la naturaleza desde una filosofía orgánica capaz de controlar los rendimientos en unos suelos capaces de mayores volúmenes. A vista de pájaro se puede ver cómo el Duero rodea por la parte norte y este la finca como un semi meandro cuando este río parece acercarse a la carretera de la llamada “milla de oro” vallisoletana. Para lograr el culmen de calidad y carácter se fueron a la localidad de Olmedillo de Roa, donde compraron un poco más de una hectárea para vinificar el tinto Nebro.

Vinos de pedestal

¿Qué hubiese dicho Robert Parker si supiera que los 20 dólares que vale en los EE.UU. el tinto Pruno (al que calificó como uno los mejores tintos del mundo por precio-calidad) cuesta algo más de la mitad en España? En la Guía Peñín la cosecha 2017 aparece con 91 puntos, que a 11€ es un excelente precio. ¿Qué es lo que identifica a Pruno? O antes, ¿cuál es la etimología de Pruno? Si os digo que es un árbol que pertenece en su denominación taxonómica a la división de las fanerógamas, clase de las dicotiledóneas, puede ser que os durmáis. Es un ciruelo silvestre que os orienta sobre la relación de la fruta madura de la ciruela y su toque silvestre con la juventud y frutosidad del vino, que es la principal identificación del tinto. Pruno 2018, cuyos viñedos se hallan en la propia finca, es un excelente trabajo fruto de la madurez del tempranillo y la frescura y genio del cabernet sauvignon. Además, está criado con 12 meses en roble, un tiempo bien medido que apenas le cede ligerísimas notas de cacao, el resto es fruta y fresca acidez. Con un rendimiento de 5.500 kg/ha., los suelos arenosos y en algunas parcelas con canto rodado, corresponden al terreno aluvial que requiere un trabajo extra para ajustar la higrometría de la vid. Un suelo en donde es más fácil plantar pinos, como es costumbre en Castilla.

Al tinto de gama superior, Villacreces 2016 (93 puntos GP), además de estas dos variedades, se le añade un 4 por ciento de merlot y dos meses más de barrica. Pertenece a unas parcelas de la misma finca con una selección de racimos en un rendimiento aproximado de 3.000 kg/ha.

Nebro, la “prima donna” de la casa, proviene de Olmedillo de Roa, un punto de encuentro de otras bodegas que buscan en esta localidad la cúspide de la gama. El terruño es más telúrico y silvestre, con personalidad, con menor retención hídrica, de viñas enlomadas muy viejas y cuyo rendimiento no sobrepasa los 2000 kg/ha. Lo que más me llama la atención de Nebro es que su mayor peso y concentración no resta un ápice su complejidad y elegancia disparándose la puntuación a 95.

En estos meses la bodega celebra el 25 aniversario cuando para mí los 10 primeros años con la familia Cuadrado fueron solo una casi travesía del desierto. Prefiero recordar los 15 últimos de la familia Antón.

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