Chateau Petrus, el misterio indescifrable

Hace más de treinta años entrevisté para El País a Christian Moueix, el propietario de Chateau Petrus, para indagar qué tiene de valor para ser el vino más caro de Burdeos sin llegar a pertenecer a la sagrada lista de los Grand Cru Classè. Un artículo al que hoy no se le quita ni se añade una coma porque Petrus sigue igual, como los grandes misterios indescifrables.

Lo único que el tiempo transcurrido ha hecho cambiar es el color del pelo de Christian, el precio del vino y el gran tinglado empresarial de la firma Jean-Pierre Moueix como negociant de lujo. Además, hay que incluir el inevitable traspaso de responsabilidades de padre a hijos e, incluso, de Jean-Claude Berrouet, su legendario enólogo, a su hijo Olivier, hoy su responsable técnico. Todos estos cambios que impone el calendario, en nada afectan a la figura inamovible de esta joya del Pomerol. Lo trascendental es que no ha habido nada trascendental más allá de su condición de mito. Chateau Petrus es un monumento estático que sigue con su sobria edificación escondido en la planicie de Pomerol. Solo el nombre resuena en las bodegas privadas de medio mundo: el medio mundo rico, claro.

La marca puede más que el vino. Cosechas, como una de las peores, 1979, a la que el mismo Robert Parker apenas le dio 86 puntos y Wine Spectator 90, o la añada de tres años más tarde, 1982, a la que ambos le dieron 98 y 96 respectivamente. Un vino que, actualmente, se cotiza a 5.700 € la botella, solo un poco más que la cosecha 2015 -excepcional y actualmente en el mercado- alcanza más de 4.300 €. Pocos vinos han fluctuado tanto su calidad como Chateau Petrus. Desde entonces he tenido la fortuna de charlar con Christian alguna vez más y catar en degustaciones verticales cosechas con valoraciones que van desde los 90 a los 99 puntos. No obstante, la memoria retrata la etiqueta con su trazo barroco e impactante más que el recuerdo sensorial.

A continuación, reproduzco un resumen de mi artículo.

PETRUS, EL MISTERIO DE LA ARCILLA NEGRA (Dominical El País 23.10.88)

En la vida de cualquier persona nunca habrá un momento glorioso para celebrarlo con una botella de Chateau Petrus. Ese instante siempre será menos trascendental que el vino. Por eso, rara vez se bebe y solo unos pocos afortunados lo conservan como obra de arte.

Chateau Petrus, un vino del Pomerol a 30 kilómetros de Burdeos, ocupa el primer lugar en el palmarés de los vinos más caros de Burdeos. Tres veces más que Chateau D´Yquem y diez más que un Vega Sicilia. Su poder está en su precio. Solo en las mejores tiendas de Burdeos se vende la cosecha 1981 a 44.000 pesetas botella y la de 1982, la mejor de los últimos tiempos, ni se sabe.

Pero Petrus no tiene el suntuoso columnario de Chateau Margaux, ni los jardines versallescos de Chateau Latour, ni el carisma de Chateau D´Yquem, ni está incluida en la legendaria clasificación de 1855, todavía vigente y podio de los mejores vinos de Burdeos, que es tanto como decir del mundo. Chateau Petrus es casi nada. No hay perros con pedigrí que correteen por sus jardines, no nos recibe un barón ni la vieja dama impregnada de jazmines y Chanel. No se ven muros inaccesibles ni visitantes ilustres. Un chateau que parece una estación de tren de provincias, donde los turistas, empapados de revistas especializadas, se estrellan en su pared gris azulina sin llevarse ni siquiera un mal recuerdo. Si acaso, fotografiar junto a la fachada una estatua de San Pedro con las llaves del Paraíso sentado en una barca rodeado de peces predicando la buena nueva. De ahí le viene el nombre de Petrus, de un origen desconocido por sus actuales propietarios y que motivó el colocar este icono marmóleo un tanto pretencioso. Tanto como su barroca y decimonónica etiqueta, que contrastaría en cualquier alacena.

¿Cuál es la razón de esta fiebre por Petrus? La clave está en su misterio, en su inaccesibilidad. La casa, cerrada al visitante, huye de las entrevistas como de la peste. En el aforismo de que los conocedores quieren que siga siendo desconocido, Petrus solo desea llegar a una serie de privilegiados y esnobs que opinan que un Margaux o un Rothschild es casi una vulgaridad. Son los que se guían por los asesores de imagen o los que asisten engominados a las subastas de Christie's. Fueron los americanos los que, después de la Segunda Guerra Mundial, procuraron desintoxicarse de su propio americanismo llevándose de la vieja Europa el refinamiento de los grandes vinos. Aquellos dos o tres restaurantes de Nueva York que acogían a la saga de los Kennedy elevaron a Petrus a la cúspide del mito.

Por lo tanto, toda popularidad significaría la desbandada de esa élite, la única que puede pagar estos precios. Son 4000 cajas que, probablemente, engrosan las colecciones particulares. Es difícil encontrar alguno que quiera perder ese privilegio por el gustazo de bebérselo. Por eso Petrus está fuera de la ruta turística de los grandes vinos de Burdeos. “Ya ha visto que el lugar es muy modesto y no queremos recibir a la gente -sentencia Christian Moueix, su propietario-. No es nuestra política, aunque vivamos en la era de la comunicación. Para nosotros el vino es un deseo de investigación, no una meta. Para nosotros es un acercamiento intelectual, un esfuerzo. No queremos ir al público, solo a los profesionales que entiendan, ya que el vino por naturaleza es halagador".

Cristian Moueix, en una fotografía de 2001

Christian Moueix, 41 años, pulcro, aunque con el recato estético de la hermética sociedad vinatera de Burdeos, se permite una concesión deportiva calzando unos impecables zapatos de lona azul. Sus respuestas están medidas como las distancias de los objetos de su mesa. Dirige los 18 chateaux del grupo Moueix, del que Petrus es el buque insignia.

La propiedad pertenece a su padre, Jean Pierre Moueix y a Madame Lily Lacoste, ambos fuera de escena por su avanzada edad. Aunque Moueix es la quintaesencia del negociante de vinos bordelés de prestigio, existe una atmósfera financiera y mercantil que resta fastuosidad al nombre de Petrus, un chateau abierto en horas de oficina y utilizado como locomotora para vender los vinos de las otras marcas pertenecientes al Grupo. En su conjunto, el fin es prestigiar con estos chateaux el apellido Moueix, aunque la rentabilidad de los grandes y prestigiosos Crus se ponga en duda al cambiar de dueños constantemente.

Christian confiesa que Petrus es rentable directa e indirectamente. "En España ocurre lo mismo con Vega Sicilia, ¿no? Aunque es un vino, por cierto, me gusta mucho, que se vende muy tarde, nosotros por el contrario vendemos los vinos en 'primeur'. El 87 está agotado y obtenemos, por tanto, ingresos inmediatos y, en consecuencia, tenemos facilidad para jugar con los capitales”. Christian parece no entusiasmarse con la conversación. Se halla incómodo de no poder deslumbrar con alguna respuesta brillante y, por otro lado, no suelta prenda que pudiera trastocar el espíritu de discreción e inaccesibilidad de la casa.

La bodega está enclavada en la zona de Pomerol, al norte del área vitivinícola de Burdeos. La fama de los pomeroles surgió en los años 40 cuando madame Loubat, llamada la gran dama del Pomerol, impulsó la calidad y rango de la zona hasta que en 1961 murió, dejando su herencia a su nieta madame Lacoste y a su sobrino monsieur Lignac, este último vendería las acciones a Jean Pierre Moueix que, desde 1964, viene llevando los destinos de la santa casa.

EL MISTERIO DE LA ARCILLA NEGRA

Los escasos turistas que recalan en la bodega, ya que Petrus algo les debe sonar, no reparan en lo verdaderamente excepcional que es el suelo. Un horizonte auténticamente de lujo donde Jean-Claude Berrouet, el enólogo más prestigioso de Burdeos, estampa su firma. Él es el responsable de que la cosa esté a la altura de las circunstancias. Llamado el joven Peynaud, alusivo al gran santón de la enología francesa, contrata de un plumazo a 180 vendimiadores para que en tan solo dos tardes dejen sin racimos las mimadas cepas de merlot, que se erigen sobre una extraña arcilla negra que se pega a la suela del zapato y que cubre sus casi 11 hectáreas. Así se logra la exacta proporción de azúcar en todas las cepas.

Más que en un campo de golf neozelandés y más que en un jardín palaciego, cepa a cepa y casi racimo a racimo se pone la máxima atención a su desarrollo vegetativo. Algunos se quedan atónitos al ver cómo una excavadora levanta la fina capa de arcilla y remodela, como si fuera un colchón de plumas, la capa de grava del subsuelo que permitirá el drenaje justo. Nunca se vendimia por la mañana para que el agua del rocío no se diluya con el mosto de la uva cuando llegue el momento de la elaboración. Las uvas deben entrar en bodega perfectamente secas. "En la vendimia pasada los racimos estaban en perfecto estado hasta que un día, a las 10:35 h, empezó a caer una lluvia muy fina. Teníamos que seguir vendimiando porque no nos gusta que se interrumpa. Tuve una idea genial y fue alquilar un helicóptero para que a baja altura y con el viento de sus aspas pudieran secar las uvas".

Es el lujo para el más importante vino del mundo. ¿Es acaso el mejor? A estas alturas es difícil precisar cuál es, no solo uno, sino incluso los tres o cuatro mejores. ¿Cuál sería el perfil medio de todos ellos? La cara favorecedora de Petrus quizás sea que su estilo no es tan austero como los medocs donde se asientan los también míticos Margaux, Lafite y Latour. La uva merlot da unos vinos más acariciantes, menos secos y más carnosos, más fáciles para paladares no tan sofisticados como los de los americanos, que siguen sin rechistar las recomendaciones del gran crítico de vinos Robert Parker, auténtico fan de los vinos pomeroleses.

Este enviado especial ha tenido la excepcional suerte de catar los vinos, concesión dada solo a los profesionales del asunto. La cosecha 1986, todavía no puesta en el mercado, aparecía con la maravilla de los contrapesos, entre la suavidad de su textura y un esqueleto que le augura larga vida. Tiene rasgo terroso que recuerda la trufa, combinado con un punto resinoso del roble nuevo que se estrena en cada cosecha. El color es intenso con un fondo cereza y granate, aunque no tan luminoso como los tintos cabernets de Burdeos. Rozando los 12 grados, son bien visibles unas lágrimas en la copa que muestran su riqueza en glicerina, factor que confiere su gran suavidad. Dejando aparte estas descripciones concretas que pueden constituir una simplificación engañosa, lo que mejor se graba en la memoria es su aroma, casi un perfume, muy parecido a los muebles antiguos ingleses.

El vino es sin duda extraordinario, pero ¿merece la pena pagar tanto por una botella? "¿Por qué no? -señala Christian-. Las obras de arte se adquieren por el valor en el mercado. Mi vino es una inversión o una obra de arte, más que un lujo".

El anecdotario de Petrus está en las tiendas, en las bodegas de los coleccionistas o en las salas de las subastas. En el chateau, en cambio, hay silencio y quietud, una bodega sin botellas, que por razones de seguridad dormitan en la sede central de la casa Moueix en Libourne. "Nosotros somos personas muy clásicas. No nos gusta el aspecto folclórico de las cosas. El aspecto es privado o mejor, el secreto es muy importante. Si queremos mantener un mito no debemos decir mucho si no el mito se destruye. Las palabras deshacen el mito. Por esa razón somos muy discretos, muy reservados. El vino habla por sí mismo; yo, por ejemplo, ya estoy hablando demasiado”.

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